Columna de opinión
Diario / 190
Mauricio Carrera
Mauricio Carrera
Hace años murió mi madre. El mar me la recuerda, el aroma de algún estupendo guiso al pasar, las cerezas rojas en los helados, las escuelas todas y ciertas palabras como jacaranda y ánimo.
No había en ella engaño ni cansancio, jamás un corazón frío para sus hijos. Su ausencia me hace ver la luz que era, mi inmensa y amedrentadora orfandad. Si soy bueno y honrado, es por su don de mamá, de maestra, por su ternura implacable.
Le compro gardenias y las coloco frente a su retrato.
Recordarla es Navidad, mariposas en un bosque donde nos resbalamos divertidos, un Acapulco de playas y cine, una familia que tuve y ahora no, y albercas donde nadar el ocio y la dicha. ¡La extraño tanto!
A ratos, en momentos de sagacidad melancólica y cansancio metafísico, me reprocho: qué egoísta soy al estar tú muerta y yo tan en pedazos, triste, desconcertado y vivo.
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