Magno Garcimarrero
En la liturgia católica, el día uno o primero de enero de cada año, se celebra “La Octava de Navidad”. “La Circuncisión del Señor”, y la “imposición del nombre de Jesús”. Nuestra abuela Guadalupe, tan creyente, de niños nos llevaba anualmente a la iglesia a dar gracias, pero cuando le preguntábamos que era la circuncisión, nos decía: “SSSHHH… eso no se pregunta”, y nunca nos explicó de qué se trataba el asunto. Con el tiempo y el estudio, supimos a que se refería esa celebración y… y siguieron las preguntas: ¿circuncisión del señor? ¿Pues qué no era niño y no señor a los ocho días de nacido?
¿Pus qué creció de un tirón en ocho días? Ninguna explicación satisfactoria. Finalmente nos enteramos, ya nosotros señores hechos y derechos, que la Iglesia dispuso manejar con discreción el asunto, después de que en su entorno se bordaron tantas mentiras, vergüenzas y desvergüenzas. Primero el prepucio de Cristo que alguna vez fue reliquia reclamada por papas, antipapas, templos, monasterios múltiples, Coronas y estirpes regias, se perdió. Carlo Magno para ganar méritos soltó el cuento de que, al visitar los lugares santos, bajó del cielo el arcángel Gabriel y depositó en su mano el prepucio de Cristo.
Luego en las guerras papales aparecieron varios prepucios en templos de Italia, Francia… se sabe que hasta los Habsburgo compraron un relicario dentro del cual estaba el “verdadero” prepucio, según quien se los vendió por un precio estratosférico.
Un tal Leo Allattius, (1586-1669) bibliotecario del Vaticano, le obsequió al Papa Alejandro VII (1655-1667), un libro de su autoría titulado: “De Preoputio Domini Nostri Jesu Chisthi Diatriba” que, contenía un ensayo teológico explicando que el tantas veces mentado, perdido y buscado prepucio, habiendo sido cortado a tan temprana edad del nazareno, no subió a los cielos cuando él así lo hizo, sino que viajó solo, pudiendo verse, con el entonces resiente invento de Galileo: el telescopio, como el anillo del planeta Saturno. No obstante, los penitentes creyentes, no tan creídos de semejantes cuentos, siguieron creyendo y buscando las verdaderas reliquias dejadas por Jesús y, perdidas en toda la geografía de este planeta. El prepucio, el santo grial, las espinas de la corona, los clavos, la verdadera cruz.
Cuando los europeos llegaron al Anáhuac y “la descubrieron” y “conquistaron” creyeron también haber encontrado la verdadera cruz… la vera cruz… Veracruz… Para entonces la búsqueda del prepucio ya daba vergüenza… propia y ajena. Prefirieron suponer que habían hallado en tierras del Anáhuac vestigios de la vera cruz y no de otra reliquia buscada; gracias a eso nosotros presumimos de ser veracruzanos y no prepucianos, ¡que aquí, santos prepucios, sobran!
M.G.




