Arrancamos 2026 con una paradoja muy clara: el gobierno está convencido de que todo va bien, que su “modelo” funciona y que el rumbo es el correcto.
El problema es que ese optimismo no se basa en productividad, innovación ni crecimiento real, sino en control político, gasto público y narrativa. Parece broma que, mientras el poder celebra su paupérrimo desempeño, la economía global avanzó en 2025 impulsada por tecnología, automatización y mercados, no por decretos presidenciales, subsidios ni discursos. No es que la izquierda tema un colapso económico global; es que se siente cómoda administrando un sistema donde el Estado decide, reparte y controla, aunque eso signifique un claro estancamiento que sufrimos todos los ciudadanos.
Los gobiernos de izquierda estuvieron ocupando su tiempo en discursos, subsidios y regulación inútil, mientras la inteligencia artificial, la automatización y la digitalización hicieron lo que el Estado nunca ha podido hacer bien: producir, optimizar y generar valor real.
La izquierda insiste en reducir la inteligencia artificial a una “moda pasajera”, a ChatGPT, a videos de gatitos o a amenazas imaginarias. La realidad es otra: la IA es una máquina de eficiencia que está dejando en evidencia lo que muchos ya sabíamos: el gobierno es lento, caro y extremadamente ineficiente.
Los números no mienten, aunque nuestros políticos se esfuercen por ignorarlos. El Banco Mundial lo deja claro: los países de ingreso alto generan el 67 % del PIB global y concentran el 87 % de los modelos de IA más relevantes. Además, producen el 86 % de las nuevas empresas de inteligencia artificial y dominan el 66 % de las patentes de IA generativa.
¿Casualidad? No. Libertad económica, mercados abiertos y menor intervención del Estado.
La paradoja es impresionante: la mayoría de la población mundial vive en países donde el Estado es enorme, la burocracia es excesiva y la productividad es mísera.
¿Y por qué los países en desarrollo no despegan si la tecnología ya existe y está al alcance de todos? Porque la tecnología es, por naturaleza, el enemigo de la izquierda: reduce intermediarios, elimina burócratas, expone ineficiencias y premia el mérito por encima de la lealtad política. Un software no reparte favores, no cobra mordidas y no reparte becas a cambio de votos.
Eso es lo que espanta a la izquierda. Para el populismo, una ciudadanía productiva, digitalizada e independiente es una amenaza existencial. Un ciudadano que genera valor ya no depende del subsidio, del programa social ni del discurso victimista. Y un ciudadano que no depende del gobierno es un ciudadano sobre el que no se tiene control.
Por eso la respuesta de los gobiernos de izquierda siempre es la misma: más regulación. No regulan para protegerte; regulan porque tienen miedo. Miedo a plataformas que no pueden censurar, a innovación que no entienden y a modelos económicos que no pueden manipular. La regulación tecnológica se ha convertido en el refugio del político de mente chica.
Chequen este dato: los países desarrollados concentran el 97 % del financiamiento para startups de IA. En muchos países en desarrollo, la “estrategia” oficial es poner trabas, crear permisos, inventar impuestos y proteger estructuras burocráticas. Prefieren mantener secretarías inútiles. Saludos, Citlalli Hernández. Antes que liberar el talento de su gente.
La derecha entiende algo que la izquierda nunca aceptará: la riqueza no se reparte, se crea. Y la tecnología es hoy la herramienta más poderosa para hacerlo. Inversión, educación, conectividad, infraestructura y colaboración con el sector privado: esa debería ser la agenda. Pero eso implica soltar control, y la izquierda vive de controlarlo todo.
2026 será un año de definición. No es casualidad que varios países estén girando hacia gobiernos de derecha que apostaron por libertad económica, disciplina fiscal y tecnología como motor de crecimiento. En Chile, la victoria de José Antonio Kast marca uno de los virajes más claros hacia la derecha en décadas, después de años de gobiernos y coaliciones de izquierda que no resolvieron ni la inseguridad ni el estancamiento económico.
Esos países avanzarán. En contraste, los países que siguen aferrados al populismo y al Estado obeso, como México, Venezuela o Cuba, continúan en un círculo vicioso de bajo crecimiento, informalidad y fuga de talento, repitiendo el libreto de siempre: culpar al “neoliberalismo” mientras el resto del mundo nos rebasa.
La tecnología puede democratizar la riqueza, pero solo si el gobierno deja de estorbar. Y eso, para muchos políticos de izquierda, es totalmente inaceptable.




