- Más allá del discurso, gobierno debe fijar rumbo de país y no de secta
*Miguel A. Rocha Valencia*
Cabe la esperanza de que en algún momento la 4T decida pensar en México como país y no como un botín al que se va a aferrar para hacerlo suyo de manera permanente; si no lo hace, la división interna entre buenos y malos, cuatroteros y “los demás” no sólo va a continuar debilitándonos, confrontándonos sin esperanza de reconciliación ni defensa de soberanía.
Hasta hoy el discurso oficial no ha variado, quien no se somete a las directrices de la 4T es prácticamente un enemigo de un proyecto que ni siquiera se define porque frente al dicho de “primero los pobres”, se contrapone el axioma explícito del profeta de que los pobres son sólo una estrategia política para mantenerse en el poder.
Por ello, quien piensa diferente y denuncia ante foros internacionales los excesos de poder de los cuatroteros, incluyendo su corrupción cínica y explícita que llega a complicidades criminales, resulta para el oficialismo, un traidor a la patria, modernos conservadores que por esos hechos se presume que buscan en el extranjero un nuevo archiduque que nos venga a gobernar.
En el fondo y en nuestra ignorancia, millones desearíamos saber a dónde nos llevan, cual es el plan de la 4T, que si fuera una transformación como la marca la historia, entonces busca llevarnos a un cambio que en otras ocasiones nos llevó al enfrentamiento armado, donde finalmente se impuso una facción que no siempre fue la mejor, sino la más autoritaria y es antecedente de lo que somos hoy.
Un cambio real que inicia un discurso de verdades aunque duelan, que reconozca fallas y no aplauda falsas conquistas y aciertos que en todo caso, son parte de su responsabilidad; planteamientos que partan de hechos y números comprobables, sin color ni partido ni tengan como fondo el justificar la permanencia en el poder sino en todo caso, la realización de un buen gobierno donde estén quienes más saben y no quienes mejor se agachen ante el poderoso.
Información real no para lamentarnos sino para mejorar, cambiar lo que está mal, corregir errores donde gobernar no sea una contienda política sino un quehacer institucional; no importa el signo si al final del camino derecha e izquierda proclaman lo mismo como fin: generar las condiciones de crecimiento y desarrollo para el bien estar de la población y no la permanencia en el poder.
Que en todo caso seguir en el poder sea resultado de un buen gobierno y no de la compra del agradecimiento popular con dinero sin respaldo de alguna actividad económica que sólo se finque en la demagogia pero que hunde a los países en deudas impagables y gravitan sobre aquellos que se dicen beneficiarios y que tarde o temprano, habrán de pagar ese “beneficio” a través de impuestos, disminución en la calidad de los servicios y un gobierno mediocre.
De ahí que gobernar no se trata de una competencia política entre morena y oposición o entre malvado de derecha contra revolucionarios de izquierda, sino de asumir responsabilidades con los mandatarios mediante el fortalecimiento de instituciones, economía, educación, seguridad y demás servicios públicos.
Recientemente lo dijo el director de Georgetown American Institute Alejandro Werner: “México debe basar su estrategia de crecimiento económico en políticas internas, que den claridad a la inversión, sobre todo si se considera la incertidumbre que puede acarrear la política comercial de Estados Unidos. Nuestra palanca de crecimiento tiene que voltear a las reformas estructurales internas, competencia, desregulación, educación, infraestructura, y no un Plan México, que es todo y no es nada”.
Claro, se dirá que es un discurso de “derecha” pero es la verdad pues un Plan México sin inversión, no es nada, salvo un catálogo de buenas intenciones.
Urge un gobierno que piense en México como país, no como botín de una secta llamada Morena que se abra a la inversión, revise números reales, hable con claridad y asuma responsabilidades con estadistas al frente que resuelvan y apliquen políticas públicas para revertir el miserable 0.3 por ciento de crecimiento que propicia caída en el empleo, mayor déficit público y endeudamiento.
Claro eso es lo deseable, pero quienes detentan el poder seguramente piensan distinto, en ellos, en su tribu y los demás, que se jodan, aunque al final, como país, todos perdemos.




