* Conversé con algunas madres de hijos desaparecidos, y lo que vi, sentí, percibí, fueron ojos vacío, miradas perdidas, voces convertidas en llanto, y llantos transformados en lamentos, y éstos que vislumbran ese abandono de los que se niegan a vivir, porque lo perdido, lo desaparecido, lo ido, es irrecuperable, a pesar de la fe, y de dejarse ir en el ensueño de reunirse en una vida eterna. Esos niños o adolescentes que dejaron de soñar con ir a conocer Tokio, desayunar en los mejores comederos de Europa, tener casa en Tepoztlán, o de perdis en ese Acapulco tan destruido que nunca más será igual, porque México dejó de ser lo que fue
Gregorio Ortega Molina
Las variaciones de la reflexión en torno al dolor, su duración, su intensidad y la manera en que incide en la vida de quienes lo padecen o lo sufrieron, si sólo se limitó a lo físico por enfermedad, accidente o tortura son muchas, pero no infinitas. Todo se modifica cuando ese sufrimiento incluye alguna pérdida y desborda lo moral, lo espiritual. El consuelo únicamente reside en la fe.
Imposible medir el costo del daño causado por los gobiernos de la 4T, sobre todo el que crea ese vacío por los seres queridos que se deben considerar desaparecidos, porque se fueron -o los fueron- sin dejar rastro, perdidos en las fosas clandestinas, en las aguas del drenaje profundo y los ríos contaminados, o convertidos en composta para compensar las restricciones en el uso del agua.
En algún momento aspiré a construir un libro, un recuerdo, una evocación de los familiares desaparecidos, y dediqué tiempo a conversar con madres buscadoras, con padres adoloridos, con esos huérfanos que de pronto dejaron de saber dónde quedó su lugar en el mundo.
Es la oquedad creada por la ausencia de autoridades capaces de garantizar esa seguridad constitucional para vivir en paz, para conservar el aliento y la confianza en lo que fue promesa de vida, en las instituciones que debieran darnos salud, educación, empleo, hogar, y no sólo un plástico del bienestar que nada más sirve para desfigurar ese término, porque de bienestar nada.
Conversé con algunas madres de hijos desaparecidos, y lo que vi, sentí, percibí, fueron ojos vacío, miradas perdidas, voces convertidas en llanto, y llantos transformados en lamentos, y éstos que nos hacen vislumbrar ese abandono de los que se niegan a vivir, porque lo perdido, lo desaparecido, lo ido, es irrecuperable, a pesar de la fe, y de dejarse ir en el ensueño de reunirse en una vida eterna que, si no todos, muchos anhelamos, pero que nadie intuye, es capaz de explicar en palabras, sentimientos, sensaciones, porque todo se lo lleva el vacío del ser querido arrebatado.
Esos niños o adolescentes que dejaron de soñar con ir a conocer Tokio, desayunar en los mejores comederos de Europa, tener casa en Tepoztlán, o de perdis en ese Acapulco tan destruido que nunca más será igual, porque México dejó de ser lo que fue.
@OrtegaGregorio




