Por David Martín del Campo
Como somos superiores (arios, portadores del martillo de Thor), deberemos convencer –y conquistar– al resto del mundo. Fue la tesis que esgrimió el partido Nacional Socialista de los Trabajadores, Nazi, para lanzarse a ocupación de las naciones adyacentes… Austria, Checoeslovaquia, Polonia, Francia, Hungría, Rumanía, todo con el propósito de erigir el Tercer Imperio (Reich).
El ejército comandado por Adolfo Hitler logró sorprendentes éxitos en los primeros años del conflicto, 1940, 1941; después vendría la debacle, que duró hasta la ocupación de Berlín el 30 de abril de 1945. Lo demás, es historia.
Los marxistas afirman que la lucha de clases ha sido la clave del acontecer histórico: esclavos contra patricios, siervos contra patrones, proletarios contra hacendados. Ha sido la clave de algunos movimientos políticos fundados en la imposible reconciliación social. Sin embargo el acontecer reciente nos recuerda que otra interpretación, igualmente válida, es la de los imperios en pugna. Imperios que se han apoderado de la mitad del mundo, imponiendo su estatus, su religión, su idioma, y obligando al ineludible tributo, cuando no la cesión territorial. Así ocurrió con el imperio de Alejandro, la Roma del César, el imperio Otomano, la invasión mongola de Gengis Kahn, la expansión musulmana, el imperio de Carlos V (“donde nunca se ponía el sol”), el imperio británico, el japonés, ya no se diga la Europa soviética resultado de la II Guerra Mundial.
La reciente bravuconada de Donald Trump, advirtiendo que en algún momento se apoderará de Groenlandia, no hace sino confirmar la tesis que esgrimía Fidel Castro en cuanta tribuna se le presentaba. Su lucha, la de la pequeña Cuba socialista, era contra “el imperialismo norteamericano”, así cuando en lo personal disfrutase de beberse diariamente dos cocacolas.
Aupado por la campaña MAGA que lo llevó al poder por segunda ocasión (Make America Great Again), el republicano ganador pareciera empeñado en “conformar” el entorno occidental a su gusto y conveniencia. La sustracción del presidente (usurpador) Nicolás Maduro, en una operación militar que merecerá traducirse en película de Netflix, se inscribe en esa visión totalitaria. A Maduro se le acusó (desde luego) de narco-terrorista, cabecilla de un cartel que enviaba a los Estados Unidos embarques cotidianos de cocaína. Ahora, en la cárcel federal de Brooklin, el ex mandatario venezolano deberá esperar la defensa que haga su abogado. No es probable que vuelva a mirar el sol en libertad.
Los imperios, por definición, imponen sus reglas en todo territorio dominado. Luego del “evento Maduro” es previsible cualquier otro tipo de acción similar. ¿En Cuba, en Nicaragua, en Colmbia? ¿Otro país? La argumentación podría ser igualmente sólida (o endeble) pues la situación lícita de algunos de sus líderes no es (a simple vista) del todo pulcra. Máxime que ahora es posible acusar libremente a cualquiera, casi a cualquiera, de “narco-terrorismo”.
Quien dio luz verde a los nuevos desplazamientos imperiales fue Vladimir Putin con la invasión a Ucrania en febrero de 2022, cuando acusó a sus dirigentes de ser “neo-fascistas”. Así que neofascistas o narco-terroristas, ¿cuál es la diferencia a la hora de resolver una intervención militar? Otras invasiones imperiales, muchos siglos atrás, se decidían por acusar a sus indefensos pobladores de infieles, antropófagos, enemigos de la civilización.
Groenlandia tiene la tercera parte de los pobladores de Tulancingo, así que su ocupación será, ante todo, estratégica. Una nueva “frontera” ante los otros dos imperios en pugna, el ruso, el chino, que igualmente hacen planes de movilización al hallar cualquier excusa punible. Sería el caso de Taiwan, el de Rumania, como lo fue el Tibet en 1950, acusado de sufrir un gobierno de “despotismo feudal”.
Primero fue Canadá, hace un año, pero los canadienses (que suman 40 millones) dijeron que nanay. Así que ahora el imperialismo norteamericano –que no es imperio, sino república monroeísta– anuncia la probable modificación de sus fronteras estratégicas hacia la enorme isla, casi despoblada, que administra Dinamarca.
Habrá que ver, toda vez que ya, desde los años cincuenta, somos partícipes de esa cultura imperial (que también es nuestra) que incluye a Micky Mouse, la Serie Mundial, el Rock, Marilyn Monroe, la pizza, el jazz, Marlon Brando, Hollywood, las Torres Gemelas y Madonna.
¿Tenía razón Fidel? No sé.




