José Luis Parra
La caída de Caracas fue solo el inicio del segundo acto. Mientras en la mañanera se hacen malabares retóricos, en los pasillos de Palacio Nacional suena música de funeral. No es para menos: Washington no pidió explicaciones, exigió cabezas.
Donald Trump, siempre histriónico pero rara vez desinformado, acusó sin anestesia: “Los cárteles gobiernan México”. Y añadió con tono de sheriff en película de mediodía: “Vamos a tener que hacer algo con México”. La amenaza dejó de ser velada. Y mientras más la niega Claudia Sheinbaum, más se confirma: hay lista, hay nombres, y hay nervios.
Ya no es cosa de especulación que diputados, senadores o gobernadores amanezcan un día con grilletes y en una celda federal, cortesía del Departamento de Justicia estadounidense. En Culiacán ya huelen el aire espeso de la traición. El entorno del gobernador Rubén Rocha Moya cuenta los días como presos en espera de sentencia. Y con razón.
El viejo Zambada –que no se hacía preso ni en las crónicas del narco más imaginativas– cayó. Confesó. Y ahora espera sentencia, quizá con una biblia en una mano y una libreta de contactos en la otra. Si canta, no será corrido, será ópera. Y los nombres que salgan de su garganta podrían ir acompañados de documentos, fechas, transferencias y más de un testimonio de “buenas relaciones” con autoridades en funciones.
Rocha Moya se está desdibujando. La gobernabilidad se le escurre entre pleitos con Coparmex y frases sobre robos de autos que suenan a autoengaño. No ve la tormenta que se le viene: cuando el Mayo cante, no habrá paraguas que alcance.
Y mientras tanto, en Baja California, la gobernadora Marina del Pilar se encomienda a la FGR con una fe que ni la madre Teresa. El problema no es ella, sino su exmarido, Carlos Torres, acusado de ser recaudador del Cártel de los Rusos. El expediente lo señala como receptor de 150 mil dólares mensuales, pieza de una maquinaria de extorsiones, lavado, tráfico de armas y compra de bienes raíces en Estados Unidos.
El divorcio entre Marina y Torres fue sentimental, pero no necesariamente financiero o político. El PAN lo formó, Morena lo promovió, y ahora un anónimo lo pone en el banquillo. Si esto no fuera México, parecería guión de House of Cards, con sombrero.
Todo esto ocurre mientras en Palacio Nacional se distraen con reformas constitucionales, centralización del poder y campañas electorales de plastilina. Creen que aún pueden controlar la narrativa. Pero afuera, la realidad ya no se deja guiar por discursos. La DEA no necesita invitación, y Trump no necesita diplomacia.
Si el Mayo canta, el efecto dominó será regional, nacional e incluso electoral. Y no faltará quien, viendo el final cerca, busque negociar con información. Cuando los pactos se rompen, hasta los confidentes se vuelven confidentes del enemigo.
La 4T, ocupada en dinamitar al Poder Judicial y jugar a los soldaditos con las Fuerzas Armadas, quizá olvidó una lección básica: la DEA escucha, archiva y actúa… cuando le conviene.
Y ahora le conviene.





