Rodolfo Villarreal Ríos
La semana anterior, abordamos como fue que, al emplear los preceptos de la Doctrina Monroe en Cuba, los EUA pasaron a formar parte de las potencias mundiales. Eso, sin embargo, era apenas el paso inicial. En ese entorno, tras de la muerte del presidente William McKinley, arribó a la presidencia de esa nación su vigésimo sexto mandatario, Theodore Roosevelt (1901-1909), quien estaba decidido no solamente a consolidar a su país como una potencia, sino convertirla en el número uno. Partamos a dar una revisión a lo ocurrido en aquellos tiempos.
Roosevelt era un hombre de acción quien creía que el libre albedrio y la capacidad individual eran los elementos vitales que podían generar el cambio social. Estaba convencido de que era necesario regular la competencia y de esa manera evitar el desorden. Roosevelt deseaba el orden y la paz, al mismo tiempo que ejemplificaba la política exterior estadounidense post 1890s. Esto implicaba una inclinación a utilizar la fuerza como un medio para obtener el orden, enfatizar la responsabilidad especial que recaía sobre los hombros de los EUA para garantizar la estabilidad en América Latina y Asia, y la creencia de que los valores anglosajones y el éxito que al amparo de ellos se había tenido, daba a los estadounidenses el derecho de manejar una política exterior bajo esas premisas.
En ese entorno, el político neoyorkino estimó que los enunciados establecidos en la Doctrina Monroe requerían ser reforzados y procedió en consecuencia al elaborar el conocido como Corolario Roosevelt. Conforme a lo citado por Walter Lafeber, en “The American Age: United States Foreign Policy at Home and Abroad Since 1896” (1994), ese Corolario establecía como falso que los Estados Unidos “estuvieran hambrientos por adquirir posesiones territoriales nuevas o considerara cualquier proyecto al respecto para otras naciones del hemisferio occidental, excepto la búsqueda de su bienestar.
Todo lo que [los EUA] deseaban para sus naciones vecinas, citaba LaFeber, es estabilidad, orden y prosperidad…” Acto seguido venía la admonición preventiva. Sin embargo, de persistir “situaciones equivocas crónicas o la impotencia que den por resultado la pérdida de vínculos con la sociedad civilizada puede en América [entendida como el Continente Americano], como en cualquier otro sitio, requerirse la intervención de alguna nación civilizada…”
Y como por estos rumbos ya sabemos quién representa eso, indicaba claramente: “En el hemisferio occidental, la observancia por parte de los Estados Unidos a los principios de la Doctrina Monroe podría forzar [a que esta nación], aun renuentemente, en los casos en que persistieran las situaciones equivocas y/o la impotencia flagrante, tuviera que actuar como un poder policiaco internacional…”.
Pero no fueran a creer que aquello se daría de forma automática, “[Los EUA] intervendrían en [América Latina] únicamente como un recurso último, y solamente si fuera evidente que su incapacidad u oposición a impartir justicia en casa y hacia el exterior hubieran violado los derechos de los Estados Unidos o bien se hubiera recurrido a llamar a otras fuerzas externas de agresión, lo cual generara el detrimento de todo el conjunto de las naciones [del Continente Americano].” Para algunos era la puesta en práctica de las palabras que Roosevelt pronunciara años atrás: “speak softly and carry a big stick, you will go far” (habla suavemente y carga un garrote, así llegarás lejos). Si bien la Doctrina y el Corolario parecían un elemento unificado, existían algunas diferencias.
La Doctrina apoyaba las revoluciones en América Latina, el Corolario se oponía. Esto se explica ya que, a inicios de los 1800s, los enemigos eran los europeos quienes desafiaban la predominancia estadounidense en el hemisferio occidental. En los albores del Siglo XX, las revoluciones podían estallar para combatir la intervención de los EUA en el área.
Monroe demandaba la no intervención de fuerzas externas, incluyendo los EUA, en esas revueltas, Roosevelt declaraba que intervendría para mantener el orden civilizado. Cuando Monroe proclamó su Doctrina, los EUA no poseían un ejército fuerte para intervenir en esas insurrecciones, era mejor prohibir cualquier intervención. Pero una vez que poseía un apoyo militar poderoso, no iba a permitir que nadie iniciara un fuego en la puerta de su casa.
La Doctrina había visto el poder económico actuando en un mercado tradicional, comprando y vendiendo de acuerdo con las reglas establecidas por el país de origen. El Corolario planteaba usar el poderío económico del país para controlar esos mercados y revertir el dominio ejercido por el país de origen para que fuera desplegado por los EUA. O, como se dice, quien tiene el oro escribe las reglas, una potencia tiene capacidad para dictar los términos de intercambio.
Monroe argumentaba que, al mantenerse alejado de los asuntos internos de América Latina, no requeriría una intervención militar. La propuesta de Roosevelt implicaba que, si las cosas no se daban correctamente, en función de los intereses de los EUA, en esa región o en uno de los países de esta entonces había que hacer uso de la fuerza para corregir el problema.
La Doctrina establecía abstención. El Congreso no tenía un rol específico y el presidente no tenía que preocuparse por problemas constitucionales con la legislatura. Roosevelt siguió un camino que constitucionalmente requería la aprobación del Congreso, pero lo ignoró cuando se le oponía.
Con respecto a quien debería de conducir la política exterior estadounidense, no obstante, su profundo respeto por la Constitución, Roosevelt no tenía duda alguna de que debería ser responsabilidad única del presidente. Roosevelt nunca percibió que sus acciones en el terreno de asuntos foráneos fueran una muestra de actividades imperialistas. Para él, simplemente, se trataba de actividades que tenía que desarrollar quien se asumía como un guardián encargado de mantener el orden entre pueblos menos civilizados.
Sí algo caracterizó la presidencia de Roosevelt fue su accionar frenético. Lo mismo buscó poner en orden a los grandes consorcios que se instauró como el padre del ecologismo estadounidense lo cual le valió que su política interna fuera catalogada de progresista. Y para quienes hoy se alarman porque el jefe del Ejecutivo de los EUA firma decretos para avanzar su agenda, vale mencionar que, durante su administración, Roosevelt firmó 1081decretos.
En el contexto externo, perdió interés en las Filipinas y en seguir incrementando las posesiones en Asia. A la par, entendiendo su condición de potencia mundial, se dio a la tarea de acrecentar su poderío naval y, para finales de su segundo término, solamente Gran Bretaña lo superaba en el número de embarcaciones de batalla. Asimismo, estrecho sus lazos con Gran Bretaña, logrando que, el 18 de noviembre de 1901, se firmara el Tratado (John Milton) Hay–(Lord Julian) Pauncefote, el embajador británico en los EUA, que vino a sustituir al Tratado (John Middleton) Clayton–(Henry Lytton Earle) Bulwer, firmado el 19 de abril de 1850, el cual prohibía a ambas naciones colonizar o controlar algún país en América Central y por consiguiente impedía a los EUA construir un canal que conectara al Pacifico con el Atlántico.
Dado que para edificar el canal era necesario lograr que Panamá retornara a su estatus original separado de Colombia, pues a iniciar una revuelta militar para lograrlo. Y así, dio inicio la Guerra de los Mil Días que concluyó el 3 de noviembre de 1903. Diez días después, los EUA reconocen a la República de Panamá. Cinco días más tarde, el secretario de estado estadunidense, John Milton Hay, firma con Philippe Bunau-Varilla, un inversionista francés quien se asumió como representante de Panamá, un tratado para la construcción del Canal que iniciaría en 1904 y finalizaría en 1914.
En igual forma, Roosevelt solucionó el problema de los límites de Alaska. Sin embargo, asumiendo la postura de que encabezaba a una de las grandes potencias, actuó como mediador para lograr finalizar la guerra entre Rusia y Japón mediante la firma del Tratado de Portsmouth. Con esta acción obtuvo el Premio Nobel de la Paz en 1906. Posteriormente, finalizó las disputas de los EUA con Japón mediante el Acuerdo de Caballeros (1907).
En la opinión de Henry Kissinger, lo que Roosevelt hizo fue utilizar las reglas del equilibrio de poderes. Esto implicaba querer debilitar a Rusia, pero sin llevarlo a un grado en que fuera derrotado y los japoneses se convirtieran en la amenaza sustituta de los rusos. En el llamado Tratado de Portsmouth, los arreglos se basaron en la premisa de un equilibrio de poder asiático en el cual Japón, apoyado por la Gran Bretaña, compensaría a Rusia, mientras los Estados Unidos mantendrían el balance final entre las dos partes de Asia, tanto como Gran Bretaña preservaba el equilibrio en Europa.
Para el presidente Roosevelt, el futuro de los EUA no estaba solamente en el hemisferio occidental, había una oportunidad muy importante en Asia. Los estadounidenses tenían que conquistar el mercado más grande del mundo que ofrecía la mano de obra más barata. El presidente estadounidense trató de garantizar la política de puertas abiertas al mercado chino mediante el apoyo otorgado a Japón, mientras obstaculizaba los intentos de Rusia por colonizar Manchuria y controlar Corea. Al final, Roosevelt fue capaz de sentar en la mesa de negociaciones a ambas partes, Japón y Rusia lograron un acuerdo de paz el cual colocó al gobierno ruso en una situación tal que años más tarde concluyó, en 1917, con la erupción de la Revolución Bolchevique.
Quien sucedió a Roosevelt fue, otro Republicano, William Howard Taft (1909-1913). Su ritmo de trabajo fue lo opuesto a su predecesor en términos de dinámica, lo cual no significó que cayera en la inactividad. La política externa de Taft quedó en manos del secretario de estado, Philander Chase Knox, de quien un diplomático británico dijera que concebía los asuntos internacionales en igual forma que la práctica de la abogacía. Para Knox, un tratado era un contrato, la diplomacia era un litigio, y los países involucrados son partes en una demanda.
Bajo esa suposición, Knox and Taft creían que no era necesario el uso de la fuerza para continuar la consolidación del poder estadounidense en el mundo. Acorde con su perspectiva, era suficiente con utilizar el capital creciente del país e invertirlo en otras altitudes. A esa política se le llamó “Dollar Diplomacy.” De acuerdo con el presidente Taft, mediante su implantación, sería factible crear sociedades ordenadas al ayudar a industrializar las naciones y a la vez generar utilidades para los inversionistas estadounidenses. La realidad habría de hacerle ver que aquello funcionaba mejor si le aderezaba un poco de orden. El empleo de la “Dollar Diplomacy” en China casi termina en catástrofe tanto para los chinos como para los EUA.
Durante la era de la “Dollar Diplomacy,” específicamente en 1909, se propuso un tratado de reciprocidad el cual implicaba disminuir las tarifas en el intercambio comercial con México y Canadá. Sin embargo, la propuesta se vino abajo debido a los desacuerdos surgidos entre Republicanos conservadores quienes demandaban tarifas más altas y los Progresistas quienes apoyaban a Taft. Asimismo, la diplomacia promovida por Taft fue puesta en práctica en América Central. En Costa Rica y Honduras, la United Fruit jugó un papel importante en las plantaciones de plátano y los ferrocarriles, lo cual le permitió extender su control sobre el trasporte de carga, la banca y el gobierno.
El presidente Taft, se preocupaba por ver cuál era la situación de los negocios estadounidenses en el mundo. Creía que los préstamos y la inversión de capital generarían orden, estabilidad y prosperidad a las naciones. Prefería esperar los resultados en lugar de ir a buscarlos o implantar medidas para lograr que se presentaran conforme a los planes. No obstante, todas esas acciones, estallaron revoluciones en México y Nicaragua. Mientras tanto, en Europa, el sistema sustentado en el equilibrio de poder mostró una estabilidad muy endeble lo cual conduciría a la Primera Guerra Mundial, pero este es un asunto para tratar en otra ocasión,
Como se puede observar a lo largo de esta colaboración, las políticas implantadas por los EUA a principios del Siglo XX iban encaminadas a convertirse en la primera potencia mundial. En estos nuestros días, las medidas tomadas por el presidente Trump buscan recuperar el papel predominante de los EUA en el entorno mundial, un liderazgo que se ha visto minado por las políticas erróneas implantadas por administraciones anteriores cuyos titulares trataron de quedar bien con todo el mundo sin importarles el deterioro que enfrentaban, todo para que no fueran a considerarlos imperialistas. O como dirían por ahí, “déjate jo… para que te miren como buena persona…”, y conste que lo mencionamos alejados de considerar que los EUA posean un alma piadosa.
En ese entorno, China pasó a tomar un lugar preponderante bajo el disfraz de ser campeón de la globalización y el libre comercio lo cual aplicaban solamente por una vía. Mientras tanto, en ese contexto, unos claman tirarse a los brazos de los asiáticos para vengarnos de los estadunidenses, otros desean verse como vasallos de estos últimos. Somos pocos quienes continuamos insistiendo que la receta más adecuada es volver al Nacionalismo Pragmático, al amparo del cual nació el Estado Mexicano Moderno, ese que permitía reconocer fortalezas y debilidades y a partir de ahí armar las relaciones con el exterior. vimarisch53@hotmail.com
Añadido (26.04.10) Vaya sorpresa. Nos enteramos de que las huestes del ciudadano Prevost Martínez estaban muy preocupadas por la suerte que pudiera correr el Putrefacto (a) maduro y ya le conseguían en donde pudiera asilarse. ¿Pues que no nos habían dicho que la multinacional más antigua no defiende tiranos? ¿De dónde les $urgió tanto amor por ese sujeto?
Añadido (26.04.11) Seguramente, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, desconoce las lecciones elementales de historia y, en función de ello, fue a China para convertir a su país en vasallo de los asiáticos y así protegerse de la “maldad” de los EUA. Muy recomendable sería que le preguntara a Japón lo que significa estar bajo el yugo de ese imperio. La historia siempre tiene guardada una lección para quienes andan envalentonados por el mundo ganándose el aplauso fácil con discursos efectistas.
(Anadido26.04.12) Una vez más, México y España se asemejan. En esta ocasión por la ineptitud de la izquierda al momento de operar los ferrocarriles.




