Luis Farías Mackey
Las palabras no son ni verdaderas ni falsas, solamente significan, tienen un significado; el discurso ordena palabras que juntas expresan un significado más complejo. Somos seres pensantes y gregarios, pensamos dentro de nosotros y en silencio, y la única manera de comunicar nuestros pensamientos es con la palabra; por otro lado, necesitamos del otro para sobrevivir, y solo puedo comunicarme con él a través de la palabra. Hay por supuesto gestos y ademanes que comunican, pero jamás con la riqueza y complejidad de las palabras. Quien ha jugado dígalo con mímica lo sabe.
Cuando nombramos algo de la realidad le imponemos un significado, y ese significado no se aplica solamente a ese objeto concreto sino a su abstracción en nuestra mente: la palabra mesa abarca todas las mesas posibles en diseño, tamaño, colores, formas y materiales. Pero también cuando nombramos ficciones que no tienen existencia objetiva y que nosotros creamos en nuestra mente, como por ejemplo el unicornio o la sirena.
El problema empieza con la metáfora que nombra algo con otras palabras, pero con análogo significado, aunque diverso, como si las palabras adquiriesen vida propia y significasen y expresaran algo diferenciado. Dice Arendt que la metáfora consigue una traslación de un pensamiento a otro, traslación posible por la analogía que Kant entiende como una semejanza perfecta de dos relaciones entre cosas completamente desemejantes. Ernest Fenollosa (citado por Arendt) fue quien dijo que “la metáfora es (…) la substancia misma de la poesía”, porque sin ella “no habría existido puente por el que cruzar de la verdad menor de lo visible a la verdad mayor de lo invisible”.
Y aunque ya quedamos que las palabras no son ni verdaderas ni falsas, sólo significantes, Fenollosa dice bien porque en nuestra necesidad de creer, creemos por la metáfora de la poesía la existencia de algo inexistente, o bien vemos algo que nos es invisible. Las religiones y dogmas políticos están llenos de estas experiencias. Habrá que destacar que siempre es mayor la verdad de lo invisible, creencia o ficción, que la realidad misma. Una candidatura aunada a una situación desesperada, real o inoculada, puede hacer ver fuerte a un enclenque, sabio al ignaro, simpático al repulsivo, correcto al zafio, honesto al corrompido, capaz al inútil y cuerdo al loco de atar.
Hoy voy a hablar de la democracia poesía, la metáfora que de ella construimos en México.
Empecemos por recordar a la República de Weimar que desplantó su democracia parlamentaria sobre un subsuelo monárquico, autoritario, militar y de élites rurales e industriales, y en circunstancia de vencidos y deudores; sus coaliciones de gobierno fueron débiles, breves y cambiantes, de suerte que en una de tantas apuestas por acabar con el parlamentarismo e instaurar una presidencia autoritaria se les coló Hitler, incendió el mundo y dejó a Alemania en escombros. Nosotros, de un sincretismo prehispánico colonial, creamos en un solo acto declarativo al ciudadano, la Nación, la República, la democracia, los estados, la federación y la Constitución, todo de un jalón y sin implantación nativa.
El siglo XIX se nos fue en guerrear y tratar de convertir nuestra metáfora de Estado en realidad. Tres personajes lograron principalmente orientar el caos del México de entonces: Santa Anna, Juárez y Díaz. El siguiente siglo, el XX, empezó y terminó con lo que yo llamo la maldición del “Sufragio Efectivo”: bastaba con votar para resolver México, y se votó por Madero y lo mataron, luego vino la guerra civil, seguida por las rebeliones y finalmente la institucionalidad, no sin tumbos ni sin excesos. Se votaba y se crecía, pero subsistían los problemas.
En el 68, un sistema diseñado para controlar el poder desde el poder fue incapaz de entender, procesar y resolver las complejidades y demandas de una nueva sociedad, producto sin duda del crecimiento alcanzado. Y nuevamente todo giró en torno a la sucesión de los poderes presidencial y militar: Echeverría coció a fuego lento las paranoias de Díaz Ordaz y operó todo para que aquél creyera que lo había designado como su candidato, y en los ámbitos castrenses los nuevos militares, producto del Colegio Militar y la Escuela Superior de Guerra, dieron en Tlatelolco un golpe al interior del Ejército para desplazar a la gerontocracia de generales de la Revolución que se negaban a retirarse.
Uno y otros lograron sus ambiciones, pero el sistema quedó inservible al tiempo que el orden económico internacional entraba en crisis. López Portillo se vio obligado a hacer una reforma política mayor y abrió espacios, si bien acotados al 25 por ciento de la Cámara de Diputados, a las oposiciones ¡todas!
A lo largo de todo este tiempo, desde 1821 hasta entonces, y bien podríamos decir hasta hoy, jamás se hizo un esfuerzo por formar ciudadanía, el pollo en el caldo de pollo de la democracia.
De la Madrid, que nunca entendió nada de lo electoral, permitió a Bartlett imponer una contrarreforma que, mezclando dos sistemas que corrían por separado, nos ha llevado hasta donde hoy estamos: una sobremayoría robada y gigantesca, con una República a un tris de fallecer y los militares, corrompidos desde el poder, son tentados por el México de las rebeliones que creíamos superado desde el 28 del siglo pasado.
Salinas se vio más presionado que López Portillo para impulsar una reforma política y con ello desbocó la voracidad de jugadores que de demócratas sólo tenían el nombre. El siglo cerró con la versión actualizada del Sufragio Efectivo: la democracia sin adjetivos: que el pueblo vote y los votos se cuenten.
Pero ello era una abstracción modélica de democracia romántica y con olor a azares, manejada por personajes apolíticos, apartidistas, democráticos, desinteresados y angelicales, administrando una casa de citas tomada como plantón en Reforma por las aristocracias de los partidos.
Y la democracia se hizo al embrujó de tres reformas políticas, una alternancia y un rosario de reformas de chantaje postelectoral, pero no era una democracia real, la democracia es mucho más que votar, más que los votos se cuenten y más de una mesa en herradura. La democracia no puede ser sin adjetivos ni abstracta, debe ser concreta y a la medida de una sociedad específica y sus circunstancias. Pero sobre todo no puede haber democracia sin ciudadanos y al ciudadano se le debe formar no declarar.
No hicimos democracia ni ciudadanos, hicimos poesía democrática, en palabras de Fenollosa, cruzamos de la verdad visible a la verdad invisible y nos enamoramos de la metáfora. En lugar de formar ciudadanía amasamos clientelas pobres y votantes.
Nuestra metáfora de democracia no fue un cambio de palabras, sino de significado; una traslación con el mismo nombre de un pensamiento a otro, de significar algo a significar cosa diversa. No desconozco, sin embargo, los avances que se lograron en el perfeccionamiento de nuestro haber electoral y los cambios en la pluralidad, permeabilidad y circulación en las elites del poder, pero todos ellos juntos no fueron suficientes para tocar la esencia de la democracia que es el ciudadano, que vio disminuidas sus condiciones de vida digna, de igualdad y, sin duda alguna, de asociación y participación política: votaba y sus votos se contaban, pero su voto era coaccionado, comprado, alienado y, de ser necesario, anulado como forma de chantaje político.
Votaba, pero sus lazos intra e intercomunales se disolvieron; votaba, pero cada vez más solo ante el Estado y los poderes fácticos; votaba, pero sujeto a una dádiva diabólica; votaba para morir a manos del crimen organizado, pagar derecho de piso o dedicar su vida escarbando un México hecho cementerio en busca de los restos de sus desaparecidos; votaba para morir sin servicios de salud y medicinas. Y hoy vota, pero con acordeones, vota, pero el 54 por ciento de sus votos son una poética metáfora de 73 por ciento de curules. Vota, pero una gran mayoría de mexicanos ven casi desaparecidas sus libertades al depender existencialmente de las dádivas de una democracia no ciudadana sino asistencialista.
Nuestra democracia electorera de primer mundo no creó ciudadanos sino oligarquías partidistas, negocios demoscópicos, publicitarios y de expertos en imagen y guerras sucias, ya en la pudrición de la poesía una casta de vividores resentidos, sectarios, tribales, bárbaros y voraces con ínfulas mesiánicas, odios apaches, y delirios insuflados, son hoy, dicen, la democracia, la República, la Nación y el pueblo todo.
Casta que pugna por atornillarse en el poder destruyendo incluso aquella metáfora de democracia; otros, nostálgicos e ilusos, presentan iniciativas de reformas creyendo que se las van a leer, unos más apuestan a las elecciones intermedias, si es que hay, y algunos despistados se sientan a esperar que el obradorato implosione o bien rezan a Trump para que abduja a YSQ sin darse cuenta que a él no le interesa López, ni sus socios políticos ni del crimen organizado, ni los mexicanos, ni México, solo su poder y su peinado.
Cuando en el 2023 salimos a defender al INE —“El INE no se toca”— la metáfora se sublimó: INE no significaba ya INE, significaba democracia. Y cayó el INE y con él la democracia, mejor dicho, la poesía de democracia sin adjetivos.
Mencioné al inicio la caída de la democracia parlamentaria de Weimar por la similitud de circunstancias: el 30 de enero de 1933 Hitler asume la Cancillería (cabeza del gobierno, cual primer ministro en Gran Bretaña), el año anterior habían caído dos Cancilleres y gabinetes, el primero encabezado por von Papen, a quien el presidente Hindenburg encargó negociar un nuevo gobierno con las fracciones parlamentarias, con la idea —no expresa— de abrogar la Constitución y la democracia de Weimar, y exterminar el marxismo, dos de los objetivos del nacionalsocialismo de Hitler publicitados en su libro “Mi lucha”, el tercero era “expulsar” a los judíos, propósito que Hindenburg y su camarilla no compartían, pero sí en la centralización absoluta del poder para gobernar sin contrapesos, ni tener que negociar con el Parlamento.
Papen dijo que habían “contratado a Hitler para nosotros” e integraron lo que se conoció como el “gabinete de concentración nacional” con Hitler “contratado” como canciller, aunque todos creyeron que era un gobierno compartido por Hitler, como Canciller; Papen en calidad de Vicecanciller y Hugenberg al frente de los ministerios de economía y agricultura, y un gabinete mayoritariamente conservador y afín a Papen y Hindenburg. Dicha composición fue leída por Dorothy von Moltke como grave: “prácticamente todos los miembros del nuevo gabinete están decididos a violar la Constitución. Son una cuadrilla aterradora”. ¿Le suena?
En breve tiempo Hitler había desplazado a Papen en la confianza de Hindenburg y a Hugenberg lo hizo renunciar, por igual borró a los partidos opositores; Victor Klemperer dijo que “a las oposiciones se las tragó la tierra (…) (es el) colapso total de un poder que aún existía hace poco” y, corrige “No, su completa desaparición”. ¿Le suena? Para febrero del 33 el KPD (Partido Comunista de Alemania, siglas en alemán) se disolvía y por “decreto” del 21 de junio del 33 se prohibió el SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania, siglas en alemán), el resto de los partidos simplemente abandonaron la escena en silencio. Aunque Hitler ya tenía todo el poder por el Decreto llamado para la “Protección del Pueblo y del Estado”, mismo que suspendió las libertades y los derechos esenciales del ser humano tras el incendio del Reichstag en febrero 28 del 33), con la muerte de Hindenburg (agosto del 34), Hitler fusionó la presidencia y la Cancillería concentrado en el Füerer todo el poder.
Pues bien, hoy, no sólo se viola la Constitución, sino que el cuaderno de rayar de la 4T, y se prepara una reforma para acabar en los hechos con los partidos, la representación política, las libertades y derechos ciudadanos, y asegurar el poder a toda costa.
Tiempo es de concluir: Hoy sabemos que un gran evento, por más multitudinario, vistoso, replicado territorialmente y voluntarioso que sea no pasa de deslumbrar un instante a un pequeño rincón de la oscuridad, que todo lo político exige tiempo, paciencia, sacrificio, organización y acción continua y solidaria; que la crítica, mientras más ácida, arrabalera y estridente, más ayuda a esparcir la polarización y ahondar el desencuentro, y ¡claro! generar rating e ingresos, nada más, ni masa crítica ni acción concertada ni sentido perdurable; que no basta con manifestarse, necesario es actuar estratégica y coordinadamente sobre aquellos ámbitos del poder y económicos que verdaderamente cimbren al monstruo. Pero todo ello demanda una ciudadanía, no como estatus y menos de conductas amaestradas; no como metáfora, sino como forma de vida, como orden de convivencia interdependiente y recíproca, y como respeto a nosotros mismos.
Finalmente, tenemos que hacernos cargo que no es que nuestro lenguaje haya perdido significado, lo que se ha gastado es su contundencia y comunicalidad hasta terminar por ya no decir nada que sea importante, así lo sea en grado sumo; se ha banalizado y abaratado hasta dejarlo casi a nivel de ruido; necesitamos revolucionar el lenguaje e inventar nuevas y frescas formas de comunicarnos y de significar nuevos significados de nuestra convivencia y nuestras organizaciones políticas, a riesgo de que también nosotros perdamos significado.




