* Hoy todo lo anterior dejó de existir, por considerarse que requerimos de una regeneración nacional, pero ¿hacia dónde? Transitamos de borrar la Revolución a manosear la Constitución y desaparecer la soberanía de los poderes. Nos regeneramos
Gregorio Ortega Molina
La reflexión y sabiduría de Emilio Uranga para comprender la historia y el presente, ayudarían a nuestro entendimiento de lo que hoy sucede en el mundo, y concretamente en este México de desconfianza mutua y descreídos.
Para nuestro infortunio los analistas de la hoy conocida como narrativa política -¿reinvención de la realidad para capturar confianza electoral?-, carecen de esa herramienta que Uranga administró con la precisión del neurocirujano: la axiología, lo que le facilitó conceptuar el ser mexicano y su manera de conducirse para aprender a vivir o, de plano, aislarse en esa actitud que permitió crear personajes como Pepe El Toro, o la antinomia de Jaime Sabines y José Alfredo Jiménez, para retratar el carácter nacional.
Ahora, y gracias a la lectura de La razón pendular de Emilio Uranga. Una historia del existencialismo mexicano, obsequiada a los lectores por José Manuel Cuéllar Moreno, nos aproximamos a la comprensión de esa conducta pasiva de millones de mexicanos, ante la desestructuración de las instituciones, la nulificación de la Constitución como origen de nuestras historia de la legalidad y la construcción de la confianza en las autoridades.
En esta nación nada se respeta, salvo a la virgen de Guadalupe. Podemos inquirir a García Harfuch si hace la procuración de justicia con pulcritud, y a Gertz Manero la verdadera razón por la cual adquirió la casaca de embajador, y a Ernestina Godoy qué tan lejos está la administración de justicia de ser instrumento del poder político, e incluso del económico. Todo cuesta. Todo se paga. Todo tiene precio.
Nuestro rostro -el ser mexicano- empezó a perfilarse hace muchos años. El doctor Cuéllar Moreno recupera para nosotros la puerta que Uranga abrió y de la que muy pocos desearon traspasar el umbral: ”En el nombre mismo de nuestro partido (gestado por la Revolución) hay la enseñanza y enseñanza simbólica. El primero se llamó Partido Nacional Revolucionario . Aquí se pone a la Revolución al servicio de una nación. Se hace tomar partido a la revolución en favor de una nación. Repárese: de una nación, no de una nueva patria. El segundo de los partidos es el de la Revolución Mexicana. A nuestro entender es el más hondo y comprensivo de los títulos que puede ostentar un partido de la revolución. Finalmente se habla del Partido Revolucionario Institucional. La revolución es en este caso creadora de instituciones, se ha solidificado, se ha oficializado. La revolución se invoca como garante de las instituciones…”.
Hoy todo lo anterior dejó de existir, por considerarse que requerimos de una regeneración nacional, pero ¿hacia dónde? Transitamos de borrar la Revolución a manosear la Constitución y desaparecer la soberanía de los poderes. Nos regeneramos.
@OrtegaGregorio




