Anahí García Jáquez
Siglo XIX. Mark-Alem ha estado buscando empleo y por fin lo encuentra: trabajará en un ministerio del gobierno donde se lleva a cabo una labor muy particular. El joven se somete a una experiencia que cambiará no sólo su vida, sino la de muchas otras personas.
El Palacio de los Sueños es un trabajo del escritor albanés Ismaíl Kadaré, quien sitúa esta historia en el Imperio Otomano y, a través de un narrador en tercera persona y estructurando este texto en siete capítulos, nos presenta a su protagonista, un veinteañero que es miembro de la familia Köprülü, que pertenecía a la nobleza de Albania. Al tener un tío que ostenta el cargo de Ministro del Exterior, es fácil para Mark-Alem entrar a trabajar a una oficina gubernamental llamada Tabir Sarai, que es la que se encarga de escuchar los sueños de la población y proceden a interpretarlos.
El autor, utilizando la técnica del roman à clef (la cual consiste en retratar personales o circunstancias reales pero cambiándoles el nombre o algunas de sus características para así hacerlo pasar por ficción) pretende mostrar la situación que vivía en aquel entonces su país de origen pero sin nombrarlo como tal, aunque podría ser cualquier otro país que viva un régimen de índole totalitaria. Se nos cuenta que en el Tabir Sarai los sueños son escuchados y analizados, esto con el propósito de encontrar en alguno de ellos algún indicio de una posible rebelión y, de ser así, poder cortar de raíz cualquier intento de sublevación. Nuestro protagonista contribuye a construir esta especie de base de datos para que el Gran Soberano decida hasta dónde pueden llegar aquellos que tengan ideales de independencia.

Y es aquí donde el autor toca los sueños, esa parte del ser humano en la que se nos permite desfogarnos y escapar de la realidad aunque sea por momentos, por lo que los sueños se convierten en la mayor de las libertades pero que, desafortunadamente, es tomada presa por los poderosos. Así mismo, se le plantean al lector una serie de preguntas que inevitablemente llevarán a la reflexión: ¿qué son los sueños?, ¿de qué están hechos los sueños?, ¿por qué soñamos lo que soñamos?, ¿lo que soñamos puede materializarse?, ¿qué tanto reflejan nuestro sentir o pensar?, ¿qué tan nuestros deben permanecer?, ¿cuándo se convierten en un problema?, ¿debemos temerles?
El Palacio de los Sueños posee, sin duda alguna, una fuerte carga de crítica social y ésta comienza con los individuos que forman parte de la burocracia y que le hacen el trabajo sucio a los de arriba, convirtiéndose así en simples peones que son sacrificados cuando dejan de ser útiles. Y en cuanto a los gobernantes, son mostrados como seres capaces de meterse con, si no lo más sagrado, la parte más íntima de una persona reduciéndola a un informe detallado en el cual se desmenuza cada elemento para saber qué tan perjudicial es para el régimen o si, simplemente, es un sueño que no tiene la más mínima importancia.
Este texto, que recurre a elementos oníricos por momentos, posee un lenguaje claro que nos va ilustrando como Mark-Alem se convierte en un vigilante al servicio del Estado a la vez que se hace consciente de ello y los alcances que puede tener. La atmósfera claustrofóbica que el autor ha construido nos recuerda lo asfixiante que es el vivir con el miedo y terror constante pues la represión está presente en todo momento y en todo lugar, inclusive al irse a acostar.
El Palacio de los Sueños. Ismaíl Kadaré. 1981. Editorial Alianza Editorial.




