Por Deborah Buiza
Tengo varias semanas en las que no me “fluyen” las palabras como habitualmente lo hacen; no es la primera vez. En algunas ocasiones me salen en otros formatos, como la poesía o el cuento, y suelo guardarlos para mí. Sin embargo, pensé que tal vez podría ser un buen momento para compartir algunos de ellos en esta columna. Dice mi admirado Jorge Bucay que “los cuentos son para dormir a los pequeños y para despertar a los adultos”. Yo, la verdad, no pretendo despertar a nadie, sólo compartir.
Hoy te presento: “Lía, la ardilla chismosa”.
En el corazón del Bosque del Viento Vivo, donde los árboles susurraban secretos al viento, vivía una ardilla llamada Lía.
Lía era pequeña, con orejas muy grandes, espíritu curioso, memoria sorprendente, una imaginación muy vivaz, veloz como ninguna, y con una lengua tan mordaz que descolocaba con frecuencia a sus interlocutores. Todos en el Bosque conocían a Lía; sabían que, donde ella iba, detrás dejaba una estela de rumores y malos humores. Y es que la pequeña ardilla tenía un mal hábito que se potenciaba con su falta de empatía: no podía guardar un secreto.
Si Lía escuchaba algo, aunque fuera al pasar, no tardaba en correr de rama en rama contando a todos lo que supuestamente “sabía”. Nunca comprobaba lo que escuchaba: sólo lo repetía y, por supuesto, le agregaba elementos de su cosecha, pensando que así sería más fabulosa la historia que contaba.
No lo hacía por maldad —o eso creía y eso decía—, sólo “comentaba”. “¿A poco no tenemos derecho a decir lo que sabemos?”, contestaba si alguien la cuestionaba. Pero lo que Lía llamaba “contar lo que oyó” pronto empezó a causar daño.
“Dicen que el búho ya no ve tan bien…”, “Me contaron que la zorra es astuta, pero floja…”, “Escuché que el castor robó ramas…”. Eran cosas que Lía decía, como si fueran nueces que debía repartir.
Al principio, algunos animales reían o fingían sorpresa. Pero pronto comenzaron las consecuencias. El búho dejó de hablarle, la zorra no la invitó más a sus fogatas y el castor le cerró el paso por su puente.
Animales que eran amigos dejaron de confiar entre ellos y empezaron a verse con suspicacia; algunos perdieron oportunidades y otros, incluso, fueron expulsados de sus grupos. Todo por palabras que no eran suyas… pero que salieron de su boca.
Nadie confiaba en Lía, pero a ella parecía no importarle.
Una noche, al pie del viejo árbol, apareció la Lechuza Sabia.
—Las palabras pueden construir nidos o incendiar bosques —le dijo—. Has usado tu voz para dividir, no para unir. Has hecho del chisme tu alimento, pero dejas hambre de verdad. Por cada palabra lanzada como piedra se rompe una rama del árbol de la confianza. Y ya has quebrado muchas.
Lía intentó reír, como si fuera una exageración, pero nadie rio con ella. Por primera vez, se quedó sin palabras que decir.
Esa noche perdió algo más que amistades. El bosque la oyó… y la marcó. Desde entonces, cada vez que abría la boca para hablar de otro, le salían espinas en la lengua. No eran visibles para los demás, pero ella las sentía. Cada palabra venenosa dolía al salir. Y dolía porque sabía que ahora estaba sola.
Desde entonces, Lía camina sola, en silencio. Aprendió que ser escuchada no siempre es bueno si lo que sale de la boca daña. Y en el Bosque del Viento Vivo nadie olvida el eco de un chisme… ni la soledad que deja.
Y así es que te lo cuento: que en todos los reinos hay algo que no se perdona fácilmente, como la traición disfrazada de “sólo estaba diciendo”.




