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El presidente estadunidense quien rompió su silencio habitual y se negó a invadir México

Redacción Por Redacción
31 enero, 2026
en Rodolfo Villarreal Ríos
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Rodolfo Villarreal Ríos

 

Vivimos los tiempos en que un día sí, y otro también, no falta quien augure que mañana habremos de tener a los marines en México. Eso, sin embargo, carece de sustento.  Estamos convencidos de que las acciones serán de tipo “quirúrgico” con objetivos bien definidos, todo en un ambiente de “cooperación”. Además, recordemos que las pérdidas de territorio o invasiones militares que se han dado en Mexico han sido cuando al norte del Bravo ha gobernado un miembro del Partido Demócrata, Andrew Jackson, James Polk, Franklin Pierce y Woodrow Wilson. Claro que no han faltado otros presidentes quienes recibieron demandas para que nos enviaran a sus muchachitos. Uno de ellos fue el mandatario número treinta, John Calvin Coolidge (1923-1929) quien es poco mencionado, pero cuya relevancia es significativa no solamente para los EUA, sino, también, para México. Comentemos al respecto.

Coolidge era conocido como “Silent Calvin”, pero ello no implicaba que le temblara la mano a la hora de tomar decisiones. Un ejemplo de esto se dio cuando era gobernador de Massachusetts.  En abril de 1919, al cuerpo policiaco de Boston se le ocurrió sindicalizarse, algo que el jefe de la corporación, Edwin U. Curtis, consideró ilegal. La policía se fue a huelga y, durante un par de días, se suscitaron actos violentos y robos en la ciudad. El alcalde, Andrew Peters, llamó a la Guardia Nacional, pero como las cosas no mejoraban, Coolidge tomó el control de la situación, cesó a todo el cuerpo policiaco, lo sustituyó con miembros de la Guardia Nacional y abrió convocatoria para reclutar personal nuevo. Cuando el líder sindical de la AFL, Samuel Gompers, le reclamó que se negaba un derecho a los policías, Coolidge respondió que no existía justificante para la huelga y que su decisión se quedaba. En ese instante, pasó a ser una figura nacional como defensor de la ley y el orden.

Un año después, en 1920, se convirtió en candidato a la vicepresidencia de los EUA acompañando a Warden Gamaliel Harding en la boleta Republicana que resultó ganadora y accedió al poder en 1921.

En medio de la fama de Harding como mujeriego, bebedor y jugador, Coolidge representaba la ecuanimidad. En agosto de 1923, mientras el primero se iba de gira por el Oeste estadunidense, el segundo se fue a su natal Vermont para visitar a su padre. Todo era tranquilidad, en la vivienda no había electricidad, ni teléfono, hasta que la madrugada del día 3 llaman a su puerta para entregarle un telegrama. Al leerlo, se entera que Harding había fallecido, aún ahora no termina de dilucidarse si fue un infarto o recibió ayuda de una mano no tan piadosa. Pero, entonces, no había lugar para elucubraciones, ni silencios. El cargo no podía quedar vacante y Calvin solicitó a su padre quien era notario público y juez de paz que, alumbrado por una lámpara de queroseno, le tomara la protesta mientras posaba su mano sobre la Biblia familiar.

En lo interno, Coolidge heredaba una administración cuestionada por los escándalos de corrupción. En lo externo, entre otras cosas, debería aceptar o rechazar los acuerdos que los representantes de los gobiernos estadounidense y mexicano habían tomado durante sus reuniones en la casona de Bucareli 85 en la ciudad de México.

Para finales de agosto, Coolidge y el presidente Álvaro Obregón Salido ya habían aceptado los términos establecidos en los llamados Tratados de Bucareli, los cuales el escritor Martín Luis Guzmán Franco, en venganza de las derrotas de sus admirados Villa y De La huerta, se dio a la tarea de mitificar como una supuesta entrega de nuestra nación al vecino. Y a partir de ahí echar a rodar la leyenda sin sustento alguno que se repitió hasta quedarse en el imaginario popular como una realidad. Solamente unos cuantos hemos osado demostrar que eso era una patraña. Aquello no fueron sino acuerdos para reconocer deudas y pago a los ciudadanos de ambos países por estropicios sufridos sobre sus personas y pertenencias, lo demás es nacionalismo trasnochado, ahí están los documentos para probarlo. En igual forma dichos acuerdos implicaban el reconocimiento diplomático del gobierno estadounidense al nuestro, lo cual se anunció en México y los EUA el 1 de septiembre de 1923. A partir de ahí dio inicio una era nueva.

Antes de adentrarnos en lo concerniente a como  Coolidge actuó con respecto a México, hemos de mencionar que su administración se caracterizó por tiempos de bonanza económica y entre los factores que contribuyeron a esto fue la instrumentación de su política fiscal desarrollada a través del secretario del tesoro, Andrew Mellon, quien al reducir los impuestos generó inversión e incremento de los ingresos gubernamentales, una lección intemporal que los duros de entendimiento no terminan por asimilar.

Como una paradoja, el presidente Coolidge, caracterizado por su silencio, fue quien transformó la comunicación política al ser el primer presidente en transmitir por la radio, el 6 de diciembre de 1923, su “State of the Union”. En 1925, su discurso de toma de posesión alcanzó una audiencia de 23 millones de personas. Ni duda cabe, el silencio también se escuchaba. Y ya en eso de la comunicación, don Calvin fue quien inauguró las llamadas trasatlánticas vía telefónica al enlazarse, el 14 de octubre de 1928, con el rey de España Alfonso XIII, aquel cuya foto, los despistados, siempre, confundimos con la del general mexicano Ramón Corona Madrigal. Ahora sí, vayamos a la relación Coolidge-México.

Hace exactamente un siglo, en relación con su vecino hacia el sur, el mandatario estadunidense enfrentaba las demandas de dos grupos. Uno, los dueños de las empresas petroleras que operaban en México exigiendo presionar al gobierno del estadista Plutarco Elías Calles Campuzano para que los eximiera de pago impositivo alguno. Coolidge les recomendó negociar directamente con el gobierno mexicano. Otro, los Caballeros de Colón, investidos en defensores de la fe, demandando levantar el embargo de venta de armas a grupos no gubernamentales mexicanos y enviar tropas. Iniciemos por revisar esto último.

A principios de agosto de 1926, se reunieron, en Philadelphia, Pennsylvania, los Caballeros de Colón para efectuar su convención nacional. Recordemos que esta organización llegó a ser conocida como “el brazo derecho fuerte de la Iglesia Católica,” cuyo esplendor se dio durante el papado de Ambrogio Damiano Achille Ratti, Pío XI (1922-1939). Para entonces, la reyerta inútil ya casi daba inicio y sus patrocinadore en todos lados buscaban como la curia se alzará con la victoria. En ese contexto, al inaugurarse el evento, el Caballero Supremo, James A. Flaherty, declaró que “antes de que concluya esta convención vamos a tratar de una manera inequívoca la situación [el problema religioso] en México”. Encarrilado, espetó: “la crisis presente es una de las cosas más importantes que tendremos que considerar”.   Escuchando la perorata, sentados en la primera fila, estaban cuatro representantes de los católicos mexicanos a quienes se dirigió y les dijo: “Ruego a Dios que al concluir esta convención puedan regresar a su país natal y les sea permitido entrar.” Para ver quien eran estos Caballeros, citaremos a uno de sus expresidentes, Edwin L. Hearn, quien tras destacar el papel de Benito “el Duce” Mussolini como figura sobresaliente de Europa, añadió que “el mundo, aun cuando no se percate de ello, tiene una deuda con Mussolini…Cualquier cosa que extinga su liderazgo en Europa permitiría que la hiedra que crece en Moscú se extienda y domine el mundo. Él habrá de proporcionar una ayuda única a Italia, mejor que ningún otro estadista. Él ha hecho un gran servicio a Italia, pero más que nada al mundo civilizado”.

Podríamos decir que la percepción que los Caballeros tenían acerca del Duce estaba en línea con la del ciudadano Ratti quien negociaba lo que culminaría, el 11 de febrero de 1929, al firmarse los Tratados de Letrán que dieron origen al Estado Vaticano. Como dirían años después los estadounidenses respecto a los gorilas centro y sudamericanos, la jerarquía católica pudo haber mencionado: “pues sí, Mussolini es un hijo de la chi….., pero es nuestro hijo de la chi…..” y vaya que les salió generoso el protegido. Volvamos a la convención de los Caballeros.

Para el segundo día de la reunión, aquello se enfocó en los ataques que, según los convencionistas, habían sufrido ciudadanos estadounidenses en México. Un tratamiento que, decían, en nada se parecía al que los estadounidenses otorgaban a los mexicanos que acudían a territorio estadounidense. Por ello, demandaron al presidente Calvin Coolidge que tomara las medidas pertinentes para que el gobierno de México se condujera con civilidad.  Como muestra de que aquello iba en serio, los Caballeros de Colón autorizaron otorgar un millón de dólares para emprender una campaña educativa, eufemismo bello para encubrir el apoyo destinado a la compra de armas y municiones, para terminar con la influencia soviética que se desarrollaba en México. Sin duda, era un acto pleno de bondad cristiana.

Ante ello, demandaban que el presidente y el Departamento de Estado actuaran firmemente, léase enviaran los marines, para poner fin a esa situación. Las autoridades estadounidenses declararon que efectivamente en el Departamento de Estado habían sido recibidas un buen número de quejas al respecto, mismas que habían sido remitidas al, embajador, el peor en toda la historia apuntamos nosotros, estadounidense en México, James Sheffield para que las investigara. No obstante, el presidente Coolidge declaró que a él no le había llegado directamente ningún lamento por parte de los Caballeros de Colón, pero que de llegar a recibirlo lo analizaría.

El 12 de agosto, la petición de intervención fue recibida por el secretario de estado Frank Billings Kellogg quien daría audiencia a los representantes del grupo. Durante ella, les comunicó que la política estadounidense seguiría siendo la misma. Sin embargo, se concertó una cita entre cuatro miembros del Consejo Supremo de los Caballeros de Colón y el presidente Coolidge.

Así, el 1 de septiembre de 1926, esas almas pías fueron a ver al presidente quien les mencionó que no tomaría ninguna decisión respecto a México hasta no conocer el reporte del embajador Sheffield. El 8 de septiembre, el presidente Coolidge anunció que los EUA mantendrían una política de “manos fuera” respecto al conflicto religioso en México, el cual era un asunto interno del país vecino al sur. “El gobierno estadounidense no habrá de responder afirmativamente a la propuesta de los Caballeros de Colon de enviar tropas a México para resolver la disputa.” Al día siguiente, los Caballeros recibirían la noticia de que toda su correspondencia a México estaba prohibida como consecuencia de sus ataques a las autoridades mexicanas.  Sin embargo, ahí no pararon. A mediados de mes, el jefe del Comité el Fondo de Ayuda para México, John A. Reagan envió un comunicado a los miembros de la agrupación pidiéndoles su cooperación para juntar el millón de dólares prometido. Con ello buscaban armar a 800,000 hombres quienes irían a derrocar al “gobierno bolchevique.” La colecta no tuvo el éxito esperado y el millón de dólares quedó en simple promesa.

La actitud de Coolidge, también, tenía motivos domésticos. Ya se perfilaba que el posible candidato presidencial de los Demócratas podría ser el gobernador de New York, Alfred Smith quien, en 1928, se convertiría en el primer católico en contender por la presidencia de EUA. Al no tomar partido, Coolidge evitó que el fanatismo religioso se avivara y fuera un elemento decisorio en la contienda presidencial.

Coolidge, sin embargo, se topaba con la ineptidud de su embajador en México, James R. Sheffield quien, con una serie de desatinos, tema que tratamos en nuestro libro próximo que aparecerá a más tardar este verano, llevó las relaciones al punto de quiebre. En octubre, Coolidge corrigió su error y envió al más destacado de cuantos embajadores estadunidenses hayan sido acreditados ante nuestro gobierno, Dwight W. Morrow. A pocos días de su arribo solucionó el conflicto petrolero. En abril de 1928, consiguió que Elías Calles y el sacerdote paulista y secretario general de la National Catholic Welfare Conference, John J. Burke, se encerraran durante cuatro horas en el Castillo de San Juan de Ulua, tras de lo cual, como hombres plenos de pragmatismo e inteligencia, encontraron una salida al conflicto religioso. Posteriormente, la alta curia mexicana se incorporó a las negociaciones, pero se toparon con el fanatismo y los intereses del ciudadano Ratti quien aún no llenaba su cuota de sangre mexicana y lo que pudo haberse solucionado dos meses después, tomó un año más.

El caso mexicano fue un ejemplo de cómo Coolidge desarrolló una política diplomática alejada de estridencias, pero generosa en resultados. La prosperidad y tranquilidad de su vecino al sur eran un elemento primordial para evitar importar problemas. A través de Morrow, apoyó la construcción del edificio que albergaría al Estado Mexicano, ese que ofreció algo más que bendiciones a sus ciudadanos y al amparo del cual México creció y se desarrolló a pesar de lo que hoy nos quieran vender los cortos de memoria

Hasta aquí este pasaje de las relaciones entre México y los EUA en el cual se demostró que el silencio es un instrumento de política muy poderoso cuando se sabe administrarlo adecuadamente, algo que hoy debería leerse con detenimiento al norte y al sur del Río Bravo. vimarisch53@hotmail.com

 

Añadido (24.05.13) Aquí hemos sido muy críticos de la forma de actuar del francesito Macron. En esta ocasión, sin embargo, estimamos que toma una medida correcta al prohibir que los menores de 15 años tengan acceso a las redes sociales.

Añadido (24.05.14) Los ministros del acordeón, quienes hacen ver a La Tremenda Corte de Tres Patines como un ejemplo de seriedad, no tuvieron sino optar por regresar, eso dicen que harán, los vehículos de lujo que se habían adjudicado como una muestra de la humildad que poseen.

Añadido (24.05.15) Que descorchen la champaña, la economía mexicana creció, durante 2025, 0.7 porciento. Pero como no celebrarlo, si esperaban el 0.4. ¿Alguna duda del éxito de las políticas gubernamentales? Faltaba más, para eso tienen al otrora respetado INEGI que sabe cómo hacerle para que el sector primario crezca. Aleluya y que siga la fiesta.

Añadido (24.05.16) Hay algo que los analistas en Mexico dejan de lado a la hora de revisar los acontecimientos en Minnesota. Olvidan mencionar el fraude escandaloso, se habla de nueve mil millones de dólares, que se generó con respecto a los fondos federales destinados para el cuidado de infantes y programas de bienestar que en lugar de ser utilizados en dicha entidad terminaron en Somalia. En ese asunto aparece como presunto involucrado el gobernador Tim Wallz y otros funcionarios de su gobierno. Asimismo, no mencionan que se investiga como fue que la representante de origen somalí, por el 5º Distrito del ese estado, Ilhan Abdullahi Omar, logró súbitamente que, en dos años, su fortuna personal creciera en 3500 por ciento hasta alcanzar un monto de 44 millones de dólares.

Añadido (24.05.17) De acuerdo con lo que apunta el comentarista televisivo Bill O’Rilley, quien financia la “insurrección” en Minnesota es el multimillonario Neville Roy Singham quien vive en Shanghái y es leal al gobierno de China. Acorde con dicha información, esta persona utiliza una organización no lucrativa, “Breakthrough News”, para enviar millones de dólares a grupos como “Democratic Socialists of America” y “Minnesota Immigrant Rights Action Committee”.  ¿Así o más espontaneas las protestas?

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