La libertad de expresión, es un desafío constante en un México que aún tiene asignaturas pendientes en el rubro. Lamentablemente la patria de Francisco Zarco, sigue siendo un lugar peligrosísimo para aquellos que ejercen el periodismo o expresan sus ideas. Quienes sostienen una pluma, no solo corren el riesgo en su integridad física, sino también son sujetos de amenazas por parte de actores políticos y lo peor, son llevados ante tribunales por el mero hecho de disentir en contra de un gobierno autoritario. Los casos no son pocos y la izquierda mexicana, que debería ser por natural vocación, un referente de libre expresión, hoy aplica una mordaza que haría palidecer al régimen priista.
La caricatura política que esté año cumple dos siglos en México, ha marcado el periodismo nacional. Las denuncias escritas tienen su origen en los pasquines virreinales, aquellos ingeniosos textos de autoría anónima que eran fijados en las fachadas públicas. En 1826, llegó Claudio Linati a México, el talentoso italiano que introdujo el grabado y nos mostró trajes y costumbres. Ese mismo año los periódicos “ El Iris” y “La Tiranía” publicaron cartones políticos, iniciando así una sólida trayectoria que afortunadamente subsiste a través de una tradición de sátira, humor, ingenio y protesta.
Les siguieron “El Calavera” liberal y en contra de Santa Anna y Lucas Alaman y el afamado “La Orquesta” también liberal, pero crítico de Juárez, entre otros destacados medios. Durante la Gran Década Nacional sobresalieron magníficos caricaturistas como Santiago Hernández Ayllón y Constantino Escalante. El primero de ellos fue un personaje singular, pues a su faceta de artista y cartonista político, se añade la de héroe, muy joven como cadete del Colegio Militar, concurrió a la Batalla de Chapultepec, a él se deben los retratos de sus compañeros de armas caídos en la gesta y fue a su vez, uno de los socios fundadores de la Asociación del Colegio Militar, que al día hoy subsiste con enorme prestigio y tradición.
Constantino Escalante, lamentablemente fallecido muy joven a causa de un accidente, fue alumno de la Academia de San Carlos, plasmó con su pincel las graves jornadas de la intervención y el imperio, pero sobre todo, dibujó certeros cartones censurando a la intervención y a Maximiliano, fueron épicas sus caricaturas de Napoleón III, a quien apodó “Napoleón el pequeño”.
Escalante fue ejemplo de un periodista crítico, que señaló a liberales y a conservadores, pero a la hora de la agresión extranjera, dejó de lado sus diferencias y sirvió con su talento a la República. Durante la República Restaurada y el Porfiriato, la caricatura política se consolidó con personajes de la talla de José Guadalupe Posada y medios como el legendario “Hijo del Ahuizote” y sus continuaciones a través de “El Colmillo” y el “Ahuizote Jacobino”. Es particularmente notable que un periodo donde no se admitía la crítica al gobierno, la caricatura política haya tenido un etapa de auge, aunque al final el “Hijo del Ahuizote” no se libró de la represión, y cerró sus puertas en 1902.
El periodo presidencial de Madero, quedó marcado por los duros ataques de la prensa al joven presidente revolucionario, quien fue profusamente ridiculizado por los caricaturistas, particularmente por su baja estatura, en este periodo destacó el talentoso Chango García Cabral. Trás la Revolución, el cartón político dejó constancia de la crítica social en medios como Excélsior, El Universal, Unomásuno, Proceso y la Revista Siempre de Pagés Llergo con sus formidables portadas dibujadas por Rafael “La Ranita” Freyre y el poblano Jorge Carreño, cuyo talento se ha perpetuado a través de su hijo Luis. La caricatura política del siglo XX, no solo continuó la herencia decimonónica, sino que se nutrió del talento de personajes como Abel Quezada, Rius, Rogelio Naranjo y Helio Flores.
Hoy la caricatura continúa a tambor batiente, en provincia a través de los certeros cartones de medios como La Jornada Morelos, que son ya un referente obligado de la vida pública en la tierra de Zapata, y a nivel nacional con Paco Calderón en Reforma. Calderón a quienes todos llamamos Paco, con una familiaridad que procede del reconocimiento y la simpatía pública, es un no solo un avezado cartonista y un crítico de primer orden, sino que también es, un hombre culto, conocedor de la memoria histórica de México, y como un blasón más a su personalidad, un consumado gourmand.
Hoy los cartones de Calderón, primero en blanco y negro, y ahora a color, son testimonio de la vida y la política en México durante las últimas décadas. Tiene la solvencia moral de denunciar lo que es irrefutable, es ajeno a filias y fobias partidistas, esto evidentemente lo ha convertido en un personaje incómodo para la Cuarta Transformación. Cuando Andrés Manuel López Obrador era un carismático opositor, una víctima del desafuero, y aun no mostraba su faz de nepotismo y falta de pericia al gobernar, Calderón con visión al futuro ya lo censuraba en sus cartones. Hoy Calderón, cada domingo nos regala un instante de buen humor y de la agilidad mental que es prenda en los mexicanos, pero también nos muestra la cruda realidad y el desencanto que significa a la izquierda gobernando los destinos de una nación que ya merece jornadas mejores. Evidentemente Paco, es un piedra en el zapato del régimen y por lo mismo en días pasados, los adeptos de la Cuarta Transformación emprendieron ataques feroces en su contra.
Estos embates, no solo engrosan la relación de agravios del gobierno a la prensa libre, sino que por fortuna han desatado una ola de simpatía y solidaridad con Paco en los medios, sobremesas y redes sociales. Lo que pretendió mermarlo, lo fortaleció, hoy Paco, no solo es una voz crítica y autorizada con respecto a los problemas nacionales, sino que con talento y dignidad, es el indiscutible sucesor de una tradición periodística que comenzó en 1826, nuestra solidaridad siempre con él.




