POR FERNANDO PESCADOR GUZMÁN.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha abrazado como recurso discursivo el concepto de soberanía desde que tomó posesión del cargo el 1° de octubre 2024. A partir de esa fecha ha utilizado el término en casi 200 ocasiones en diferentes contextos.
De particular relevancia es el uso, cada vez más indiscriminado del término de soberanía, para zanjar las exigencias norteamericanas de acción directa en contra de los cárteles de la droga. En un inicio se entiende que se apele a la soberanía como principio limitante a las ansias extraterritoriales de las fuerzas armadas norteamericanas. No obstante, hay otra lectura, preocupante, porque la soberanía se convierte en el escudo de sangrientas organizaciones criminales.
A medida que avanza el sexenio se aprecia una creciente percepción de que, al buscar mantener la autonomía frente a Estados Unidos, en realidad se estaría urdiendo una velada defensa de los cárteles y su cruenta forma de ejercer el control en vastos espacios territoriales que van desde Sinaloa a Michoacán, partes de Guerrero y otros tantos rincones de nuestro país.
El mensaje de las encuestas es mixto. Por un lado, la opinión mayoritaria con 78% está a favor de mantener fuera del territorio nacional a las fuerzas armadas norteamericanas [1]. Sin embargo, al mismo tiempo la evaluación ciudadana es negativa en cuanto a la situación de seguridad pública (53%) y combate al crimen organizado (76%) [2].
¿Entonces de que hablamos cuando nos referimos a la “soberanía nacional”? La teoría de la soberanía de Jean Bodin, formulada en el siglo XVI para fortalecer al Estado frente al caos de las guerras de religión, adquiere una resonancia relevante cuando se contrasta con la situación actual de numerosos municipios en México.
El ideal bodiniano de un poder absoluto, perpetuo e indivisible por parte de las instituciones del Estado se ve erosionado precisamente en la base de la división territorial y organización política y administrativa, de acuerdo con la Constitución, el municipio. Es ahí en donde autoridades operan bajo la influencia, cuando no la imposición directa, de grupos criminales.
¿Qué hacer en estos espacios, cuando la capacidad de dictar normas, asignar recursos o garantizar seguridad no responde al Estado, sino a intereses abiertamente criminales? La soberanía, en términos prácticos, se comparte o se disputa, y en muchos lugares la soberanía y su aspecto práctico, la autoridad, no es exclusiva de los funcionarios electos, sino que se comparte, o de plano se renuncia, a favor de organizaciones que no tienen el bien común entre sus prioridades.
La captura criminal de instituciones locales genera ciclos de control que dependen de pactos informales, lealtades forzadas o amenazas, no de la estabilidad institucional. La permanencia del poder estatal se sustituye por la volatilidad de arreglos ilegales.
La indivisibilidad e inalienabilidad de la soberanía es quizá el punto donde el contraste es más evidente. En regiones donde el crimen organizado regula actividades económicas, impone “normas” de convivencia o administra justicia informal, la soberanía se fragmenta. El Estado deja de ser el único titular del poder coercitivo y normativo, cediendo de facto parcelas insustituibles de autoridad.
Finalmente, el origen y límite del poder soberano, sometido a leyes fundamentales y principios superiores, se desdibuja cuando autoridades locales incumplen la Constitución, vulneran derechos o permiten violencias sistemáticas. La colusión rompe el vínculo entre legitimidad jurídica y ejercicio del poder, dejando a la población en la más infame desprotección.
Bodin buscaba un soberano fuerte para restaurar el orden. En México, la lección se invierte: el debilitamiento consciente del Estado ha permitido que intereses delictivos llenen el vacío. La teoría sigue siendo útil, no para justificar centralismos, sino para recordar que, sin un poder público capaz de ejercer autoridad legítima, la soberanía deja de ser un principio jurídico y se convierte en una ficción.
Las tensiones al interior de la Cuarta Transformación producto de los pactos criminales de sumisión como el visto en Tequila, Jalisco, en el que el ahora preso presidente municipal, Diego Rivera, habría comprometido 40 millones de pesos a un poderoso cártel de la droga, y el esquema criminal desde el gobierno de Tabasco con “La Barredora” con el subalterno del senador Adán Agusto López Hernández, evaporan el sentido de la soberanía en México.
Nadie quiere la acción militar norteamericana en México. Pero no le llamemos “soberanía” a la colusión con criminales a cambio de esquemas de control electoral. La presidenta Claudia Sheinbaum tiene la oportunidad de sanear su movimiento en ese sentido: quién la deba, que la pague. Porque México no puede reducirse a ser el botín de una cábala de criminales sangrientos y políticos sin escrúpulos.
SAGRADAS ESCRITURAS: Proverbios 1:10-19
Si los pecadores te quisieren engañar, no consientas.
Si dijeren: Ven con nosotros; Pongamos asechanzas para derramar sangre, acechemos sin motivo al inocente; Los tragaremos vivos como el Seol, Y enteros, como los que caen en un abismo; Hallaremos riquezas de toda clase, llenaremos nuestras casas de despojos; Echa tu suerte entre nosotros; Tengamos todos una bolsa.
No andes en camino con ellos. Aparta tu pie de sus veredas, porque sus pies corren hacia el mal, y van presurosos a derramar sangre.
Porque en vano se tenderá la red ante los ojos de toda ave; Pero ellos a su propia sangre ponen emboscadas, y a sus almas tienden lazo.
Tales son las sendas de todo el que es dado a la codicia, la cual quita la vida de sus poseedores.
Fuentes:
[1] https://www.elfinanciero.com.mx/nacional/2026/02/04/mexicanos-rechazan-propuesta-de-que-ejercito-de-eu-combata-a-carteles/
[2] https://www.elfinanciero.com.mx/nacional/2026/02/03/obtiene-sheinbaum-69-de-aprobacion-en-enero/




