Por Deborah Buiza
Continuamos con el formato de cuento, simplemente por el deseo de compartir, hoy te presento: Mono Aurelio, el mono sabelotodo.
En el Bosque del Viento Vivo, vivía un animal al que todos conocían por su opinión. No por su oficio, experiencia, destreza o alguna otra cualidad sin igual, sino por su opinión.
El Mono Aurelio, era ágil de lengua y rápido para señalar. Donde hubiera una tarea en marcha, ahí estaba él, observando desde una rama alta, diciendo cómo debería hacerse.
—Eso no se hace así —decía.
—Yo lo haría mejor.
—Si me hicieran caso, esto funcionaría perfecto.
Opinaba del dique del castor sin haber tocado jamás el agua.
Criticaba el vuelo del halcón sin conocer el peso del viento.
Hablaba de liderazgo sin haber guiado nunca a nadie.
Mono Aurelio vivía con la convicción y seguridad inquebrantable, que pensar algo era lo mismo que saberlo, y, además, saber hacerlo.
Un día, la Lechuza Sabia lo llamó a su lado.
—La humildad —le dijo— es saber observar antes de hablar. Aprende primero cómo y por qué se hacen las cosas. Cuando sepas hacerlo, entonces podrás proponer. Criticar sin saber es ruido, no ayuda.
Mono Aurelio sonrió con suficiencia y un dejo de prepotencia.
—Si nadie dice lo que está mal, nada mejora —respondió, convencido.
Mono Aurelio desconocía el contexto, la historia, las razones y los por qués y cómos se hacían las cosas, él sólo tenía su punto de vista… y una soberbia enorme.
Su ignorancia no le permitía ver que algunas decisiones eran por logística. Que otras respetaban los tiempos del proceso o de las personas involucradas. Que muchas cuidaban la seguridad de todos o el ritmo de aprendizaje de los más jóvenes.
Mono Aurelio sentía casi que el propósito de su vida era ir dando opiniones y consejos no pedidos porque pensaba que “alguien les tenía que decir como hacer las cosas que se hacen mal” porque sólo el sabía como hacerlas bien, así que siguió externando su dicho, aquí y allá sin ton ni son, sin que nadie le hubiera pedido su opinión, al final todos tenemos libertad de expresión ¿no?
Los animales, cansados pero pacientes, solían darle por su lado. Hasta que un día, sin anunciarlo, se pusieron de acuerdo.
A la próxima crítica, habría reto.
No tardó mucho.
Aurelio se detuvo frente al dique del castor.
—Esa madera está mal elegida —dijo—. Así no se construye algo firme.
El castor lo miró en silencio y con calma respondió:
—Entonces haz uno tú.
Seguro de sí mismo, Aurelio aceptó.
Horas después, el agua corría libre, la madera flotaba sin orden y el dique no resistió ni un instante. Fue un desastre.
Pero ni siquiera esa experiencia bastó.
Luego opinó del nido, del sendero, del orden del trabajo colectivo… y en cada reto falló. Falló en todo.
Ahí entendió —por fin— que saber mirar no es lo mismo que saber hacer.
Que aprender exige observar, pero también callar, analizar.
Que opinar sin contexto no construye, sólo desgasta.
Y así es como te lo cuento: que para aprender se necesita humildad, y que antes de opinar más valdría, al menos intentar caminar con los zapatos del otro aunque sea un poco.




