Nuestra historia, está cubierta de páginas de orgullo y gloria, momentos que definieron un pasado que hoy, chovinismo aparte, ha consolidado la grandeza milenaria de México. Aquí surge el esplendor precortesiano, el magnífico periodo Novohispano que forjó nación, lengua y raza, la epopeya de un siglo XIX construyendo un Estado soberano, el siglo XX con los postulados revolucionarios y el Desarrollo Estabilizador así como el actual reto que representa está centuria, con la asignatura pendiente de pacificar al país y robustecer el desarrollo económico y social.
Al igual que sucede en todos los rincones del planeta, hay páginas históricas que son de honra, pero también de vergüenza y no podemos mirar al pasado, sin tener presente, a ambas caras de la moneda. Hay que mirar a los actores del pasado, como lo que fueron, hombres de carne y hueso, con yerros y virtudes. La consumación de la Independencia de México, fue particular en muchos sentidos.
El impasse que representó el periodo de la Resistencia, parecía haber apagado la llama insurgente. La aprehensión y fusilamiento del General Morelos, fue una estocada casi mortal, y todo indicaba que las autoridades virreinales habían logrado su cometido con éxito. Desafortunadamente para los realistas, su esfuerzo mermó por la propia inestabilidad y los tiempos convulsos que vivió España en aquella segunda década del siglo XIX. En México los rescoldos que ardían se limitaron a Guadalupe Victoria sobreviviendo como un Robinson Crusoe en Veracruz, a Francisco Xavier Mina, héroe de España y México, con su fallida expedición y a Vicente Guerrero, invencible en la serranía del territorio que con justicia lleva su nombre.
Agustín de Iturbide era el prototipo del criollo acomodado, a su sangre vasca se añadió el orgullo y arraigo a su tierra nativa. Fue en una opinión personal, el mejor soldado del rey en México, tan solo por detrás de Félix María Calleja. Iturbide no sólo rechazó el ofrecimiento de Hidalgo de mandar tropas insurgentes, sino que fue el artífice de la victoria que marcó en la Lomas de Santa María el principio del fin para su paisano vallisoletano José María Morelos. Iturbide era el jefe nato del Regimiento de Celaya, unidad de élite que fue dueña del Bajio, ahí el joven coronel, se forjó una fama de arrojado y magnífico jinete, pero también de hombre cruel, de cometer excesos en contra de los civiles y de malos manejos de los recursos que le suministró el virrey. Tanto así, que fue separado temporalmente del mando.
El Ejército Virreinal, no podía vencer a Vicente Guerrero, afrodescendiente, soldado talentoso, maestro en el arte de guerrillas, antiguo arriero y armero. El virrey era dueño de un gran territorio, pero no podía jactarse de haber pacificado la joya de la corona española, en tanto los insurgentes aún combatieran en el sur. La decisión entonces, fue la acertada, enviar a Iturbide a combatir a los surianos. A partir de ese momento los acontecimientos se precipitaron. En la Ciudad de México, los criollos instaron a Iturbide a emancipar a la Nueva España. Iturbide, militar al fin, también comprendió que derrotar a Guerrero era imposible, conocía cada centímetro de la serranía como la palma de su mano. Entonces ya convencido de independizar a México, pasó a la acción, y en vez de luchar contra Guerrero, le propuso unirse para independizar a la Nueva España.
Juntos en febrero de 1821, promulgaron el Plan de Iguala, unieron sus fuerzas formando el Ejército Trigarante y con un mínimo derramamiento de sangre alcanzaron la victoria. En agosto de 1821, Iturbide suscribió con Don Juan de O’Donojú, el recién llegado virrey, con título de jefe Político Superior de la Nueva España, el tratado que consumó la independencia de México. El 27 de septiembre de ese mismo año el Ejército Trigarante desfiló triunfante por las calles de la Ciudad de México, semanas después O’Donojú murió en la capital del Imperio Mexicano.
Lo que vino después, es ampliamente conocido, Guerrero era un hombre campo, de costumbres sencillas, ajeno al boato de la corte. Iturbide en cambio era ambicioso, se movía como pez en el agua por los salones del palacio virreinal. Maniobró bien, desplazando a Guerrero y logrando que el Regimiento de Celaya y el pueblo lo proclamaran Emperador de México, siendo coronado el 21 de julio de 1822. Su imperio, a pesar de todo, era genuinamente mexicano. El imperio fue efímero e Iturbide, fue derrocado en 1823, México a partir de entonces fue República. Partió al exilio, volvió a México en 1824, fue capturado casi de inmediato y fusilado en Padilla, Tamaulipas el 19 de julio.
Guerrero, fue nombrado miembro del gobierno provisional a la caída de Iturbide y después ministro de guerra y marina con Guadalupe Victoria. Compitió para la presidencia en 1828, siendo derrotado por Manuel Gómez Pedraza, entonces encabezó un golpe de estado y se hizo Presidente en abril de 1829. A fines de ese año, fue depuesto por su vicepresidente Anastasio Bustamante, de talante conservador. Guerrero huyó y se internó en sus serranías sureñas, donde jamás lo podrían vencer. Sus enemigos entonces le tendieron un ardid y lo capturaron, trás un farsa de consejo de guerra, lo fusilaron en Cuilapan, Oaxaca el 14 de febrero de 1831.
Más allá de sus luces y sombras, de sus ideologías opuestas, Iturbide monárquico, Guerrero republicano, es innegable que ambos personajes consumaron la independencia y son padres de la Patria. Sus muertes fueron excesivas e innecesarias, dos parricidios que marcaron el derrotero de una joven nación. No en vano, Vicente Riva Palacio, nieto por línea materna de Guerrero, destacado militar, historiador, diplomático, intelectual y convencido republicano, siempre manifestó que el fusilamiento de Iturbide, primero aliado y luego rival de su abuelo, había sido una mancha oprobiosa en la naciente etapa del México independiente. Hoy Iturbide descansa en la Catedral de México y Guerrero en la columna de la Independencia.




