Juan Luis Parra
La política siempre se cuida a sí misma. La diferencia es cómo lo hace.
En Estados Unidos, Kamala Harris vendió su lista de correos al Comité Nacional Demócrata por 6.5 millones de dólares para cubrir deudas de su campaña presidencial. Millones de simpatizantes, pequeños donantes, activistas digitales. Todo convertido en un activo.
Ella necesitaba liquidez. Se hizo el trato y se acabó.
No es romántico. Es práctico.
Allá, si una campaña se endeuda, enfrenta el problema. No lo maquilla. No lo esconde. Lo paga.
Política convertida en activo. Militancia transformada en mercancía. Sí. Pero también responsabilidad directa.
En la política estadounidense hay consecuencias. Hay cuentas que cerrar.
Ahora miremos a México.
Aquí la discusión no es cómo asumir pérdidas. Es cómo garantizar posiciones. La reforma electoral de Sheinbaum se enreda en las plurinominales. Morena habla de abrir el mecanismo. El Verde y PT defienden que las listas sigan bajo control de las dirigencias.
Es decir, que los lugares seguros sigan siendo seguros. Y que esos lugares sigan repartiéndose arriba.
En Estados Unidos el sistema puede ser frío, incluso cínico. Pero obliga a competir y a asumir errores. Si fallas, pagas. Si no logras respaldo, te debilitas.
En México, como en la LigaMX, el sistema protege. Puedes jugar mal, administrar peor, no meter goles ni ganar nuevos fans y aun así recibir financiamiento público constante del INE. Hay dinero asegurado. Hay espacios blindados por diseño.
Allá hay riesgo. Si no vendes, pierdes.
Aquí hay colchón. Si pierdes, negocias.
Allá el poder se sostiene con respaldo real y recursos propios. Aquí se sostiene con reglas que blindan a los partidos de su propio desgaste.
Y luego viene el discurso sobre democracia participativa.
Mientras en Washington resuelven deudas con una transacción directa, en Ciudad de México se debate cómo no tocar las cuotas internas. Allá el problema es financiero. Aquí es estructural.
Uno enfrenta sus costos.
El otro los diluye entre sus gobernados.
Tal vez por eso el sistema estadounidense, con todos sus defectos, parece más honesto en su crudeza. No promete pureza. Promete competencia.
El mexicano promete cambio. Pero protege a los mismos.
Y esa diferencia pesa más que cualquier reforma.





