Magno Garcimarrero
Algunos géneros literarios han creado personajes ficticios, que una vez conocidos y admirados por quienes gustan de la lectura, pasan de la ficción a la duda de su presencia, y es posible que lleguen a la afirmación categórica de su existencia real.
No es un fenómeno casual ni aislado, ha sido recurrente a través de la historia de modo que, en la actualidad, muchos hablamos de ellos concediéndoles lugar y tiempo de vida y, no sólo eso, sino que hay quienes se valen de ellos para obtener ganancias; esto sucede ejemplarmente con “La ruta del Quijote” que, si bien obedece a la descripción de un sitio real en la novela de Cervantes, habrá quien la camine convencido de que está hollando sobre los pasos de ese personaje ficticio.
No es remoto que el James Bond (007) de Fleming, se convierta en unos cuantos años, en un anciano a quien puede visitársele en su casa o en el manicomio, como ocurrió con el Tarzán que se le incrustó en el cerebro a Johnny Wissmuller, quien murió creyéndose el personaje de las películas realizadas a partir de la novela de Edgar Rice Burroughs. No dudo que haya quien crea que Juan Tenorio existió y que vivió en una época en que se hablaba en verso.
Guillermo Shulemburg Prado, abad durante 33 años, de la basílica de Guadalupe en México aclaró en una carta al Vaticano, que “la existencia del indio Juan Diego, no ha sido demostrada”. Ciertamente, otros investigadores han encontrado que el tal Cuauhtlatoatzin era (tal como el nombre náhuatl lo expresa) solamente un comediante, usado para hacer las representaciones teatrales de las apariciones de María, con las que Zumárraga consiguió convertir a los indios al catolicismo. La polémica que ocasionó la carta en 1996, precipitó la canonización del personaje para restañar el posible daño causado a la fe.
No podemos perder de vista que, el teatro como los cantares de gesta, fueron géneros literarios ofrecidos a quienes no sabían leer ni escribir, en épocas en que la alfabetización popular no era preocupación de quienes gobernaban, muy por el contrario, mientras las religiones se confundieron con el poder político, se proscribió el aprendizaje que no fuera de lo que los religiosos enseñaban, sin tolerancia de otras artes y ciencias que no fueran de acuerdo con la fe profesada.
No es casual que Gutenberg, para inaugurar su invento hubiera impreso el Misal de Constanza en 1449 y después la Biblia en 1456. La imprenta dio a la cultura de occidente la posibilidad de popularizar la literatura en todos sus géneros, arrebatándosela de las manos a los copistas enclaustrados que durante todo el periodo medieval oscurantista, produjeron a cuentagotas para unos cuantos que sabían leer.
Por alguna razón los seres humanos sufrimos un encanto con los personajes ficticios, nos apasionan las aventuras de Sherlock Holmes como las del pato Donald; educamos a nuestros hijos para que crean en los santos reyes y en santa Claus, se nos riega la baba con Superman y con el hombre araña, nos entretenemos con los Simpson y Bob esponja.
Hemos llegado al absurdo de ofendernos si alguien niega la existencia de algún personaje de ficción en el que creemos, e incluso hay personas que consideran útil y necesario engañar a los niños con los ridículos personajes que reparten regalos en navidad y reyes.
Los últimos descubrimientos científicos respecto a los libros “sagrados” en los que todavía creemos, conducen a la duda razonable de la existencia de los cuatro evangelistas, lo que pondría a los evangelios en la categoría literaria de dramas trágicos anónimos.




