Por Alejandra Del Río
Por años, el nombre de Nemesio Oseguera Cervantes —conocido como “El Mencho”— ha sido uno de los símbolos más incómodos de la crisis de seguridad en México. La muestra más evidente de que la estrategia de abrazos, no balazos de López Obrador o fracasó tajantemente o fue parte de un acuerdo tácito de no agresión a sus aliados de un narco-gobierno.
Su eventual muerte, captura o desaparición del escenario público no sería simplemente la caída de un líder criminal; es un terremoto político, militar y narrativo cuyas réplicas podrían redefinir el equilibrio entre el Estado y el crimen organizado.
Hoy, ante versiones y especulaciones que circulan con intensidad, vale la pena plantear escenarios posibles desde una lectura estratégica y no desde la emoción del momento.
El primer escenario sería el más institucional: una operación militar que concluya con la muerte del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, simple y llanamente, tras un enfrentamiento armado. En este contexto, el Ejército mexicano tiene un papel destacado y central.
Más allá de las posturas políticas, es innegable que las Fuerzas Armadas han sido colocadas en la primera línea de la estrategia de seguridad nacional, enfrentando riesgos reales en territorio dominado por estructuras criminales complejas y en muchas ocasiones con la orden de no tocar a los delincuentes ni con el pétalo de una rosa.
Reconocer la actuación del ejército, no implica ignorar el debate sobre la militarización; implica entender que son quienes ejecutan decisiones que nacen en las más altas esferas del poder civil.
Sin embargo, existe un segundo escenario que inevitablemente surge en el análisis público: la posibilidad de que la narrativa oficial presente al líder criminal muerto y no capturado vivo. No se trata de afirmar conspiraciones, sino de reconocer que, históricamente, la detención con vida de figuras de alto perfil ha generado temores dentro de las estructuras políticas debido a la información que podrían revelar sobre redes de corrupción, financiamiento ilícito o vínculos indirectos con actores del Estado.
En un país donde la desconfianza institucional es profunda, la pregunta inevitable sería si la muerte evitaría una caja de Pandora política en un momento donde los chapitos ya están despotricando sus lazos con el gobierno americano para obtener beneficios judiciales y el Mayo Zambada está sentado en la mesa de negociación en Nueva York, la posibilidad de entregar al Mencho vivo y echar más fuego al infiernito era casi nula.
Un tercer escenario sería el de la fragmentación. La desaparición del liderazgo central del CJNG podría detonar luchas internas muy intensas por el control territorial, generando una escalada temporal de violencia en diversas regiones del país. La historia reciente muestra que la caída de capos no siempre significa paz; a menudo abre una etapa de reacomodos más impredecibles quizá como en Sinaloa aún más violentos que el lance inicial.
Ya vivimos un fin de semana como salido del Apocalipsis, México entero enfrentando ataques, incendios y violencia, pero ¿Realmente cuanto más falta para que se restablezca La Paz?
También está el escenario simbólico: la construcción de un relato oficial que busque capitalizar políticamente el hecho.
En tiempos electorales y de polarización, la narrativa sobre quién “ganó” la batalla contra el crimen puede convertirse en herramienta de legitimación y asegurar la elección intermedia., Aunque la seguridad no debería reducirse a una victoria mediática y si mis cálculos no fallan abatir al Mencho les va a salir muy caro en sus indices de violencia y lejos de darles votos terminará quitándoselos.
Además de la evidente mejora en la visión del vecino del norte, al que ya se le estaba acabando la paciencia, aue hace unos días amenazó con incursionar en territorio nacional de no haber resultados tangibles en materia de narcotráfico y seguridad y que milagrosamente cambió la política de abrazos por muchos bien colocados balazos en un santiamén.
La pregunta de fondo no es solo qué pasaría con el crimen organizado tras la muerte de una figura como “El Mencho”, sino qué pasaría con la credibilidad del Estado. ¿Se fortalecería la confianza en las instituciones o crecerían las sospechas sobre lo que nunca sabremos?
México ha vivido demasiadas historias donde la verdad se queda a medias. Por eso, más allá de los titulares, el país necesitará transparencia, rendición de cuentas y una narrativa que no subestime la inteligencia de los ciudadanos.
Porque en la guerra contra el crimen organizado, las balas cambian el mapa del poder… pero las versiones oficiales siguen intentando cambiar la memoria colectiva de los mexicanos.





