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Ruido ruso barato

Juan Luis Parra

 

Con 283 mil dólares se compraron más de 250 artículos en medios argentinos, según 76 documentos internos rusos que detallan pagos, instrucciones editoriales y hasta firmas inventadas, y lo verdaderamente inquietante no es la operación en sí, sino lo poco que costó y lo fácil que resultó ejecutarla.

Porque mientras el discurso oficial se llena la boca hablando de soberanía, independencia y dignidad informativa, en la trastienda aparecen facturas modestas, encargos temáticos y textos que no escribe nadie pero publica cualquiera, como si la frontera entre información y encargo se hubiera vuelto tan difusa que ya ni siquiera incomoda cruzarla. Chayote, pues.

Y entonces conviene detenerse un momento, no en Moscú, ni en Buenos Aires, no atribuir todo al Kremlin porque tiene la ventaja de la épica pero el inconveniente de la coartada, ya que presupone un enemigo sofisticado cuando lo que revelan los papeles es algo bastante más pedestre, una cadena de medios dispuestos a aceptar contenido empaquetado, a veces sin preguntar demasiado, a veces preguntando pero mirando hacia otro lado, lo cual plantea una cuestión menos interesante y más incómoda, que no es quién intenta influir sino quién se deja influir y bajo qué condiciones.

Ahí es donde el caso deja de ser exótico y se vuelve cercano, porque si el problema fuera exclusivamente externo bastaría con señalarlo, denunciarlo y, en el mejor de los casos, sancionarlo, pero cuando el mecanismo funciona precisamente porque encuentra un periodismo fragmentado, precarizado y acostumbrado a sobrevivir como puede, entonces la responsabilidad ya no se puede cargar a Rusia tan fácilmente.

Mientras tanto, en México, donde no hay filtración espectacular ni documentos que desaten titulares, aún, el mismo fenómeno adopta una forma más estable y menos escandalosa, y quizá por eso más eficaz, ya que en lugar de comprar piezas sueltas se construye un circuito entero de difusión en el que medios como RT o Sputnik no irrumpen sino que se integran, se retransmiten y se normalizan hasta volverse parte del paisaje informativo nacional.

El ejemplo más incómodo, por lo que tiene de institucional y de cotidiano, es el del Club de Periodistas de México, cuya producción incorpora en gran medida contenido procedente de medios estatales extranjeros mientras mantiene vínculos públicos y recursos que en teoría deberían sostener un ecosistema informativo propio, lo cual introduce una ironía difícil de digerir, la de un país que financia indirectamente narrativas que no controla y cuya lógica estratégica ni siquiera comparte.

Y como si ese circuito no bastara, aparece la dimensión humana del asunto, que ya no descansa en bots ni en cuentas anónimas sino en más de mil influencers latinoamericanos formados para amplificar determinados mensajes, lo que transforma la desinformación en algo más parecido a una red social orgánica que a una operación encubierta, con rostros, voces y seguidores reales que legitiman lo que replican sin necesidad de ocultarlo.

Uno de ellos, un personaje creado al vapor por los propagandistas del Peje, se volvió comentario en redes durante el Fin de Semana Santo a causa del escándalo argentino, pues el hoy colaborador del portal Sendero del Peje (SDP) presumía en 2022: “Camaradas, me les voy tres semanas a un congresode periodismo en Rusia”. Ni para dónde hacerse.

Llegados a este punto, la reacción política en Argentina resulta tan previsible, porque Javier Milei denuncia espionaje y corrupción mediática y, casi en el mismo gesto, utiliza ese diagnóstico para justificar el corte generalizado de la pauta oficial, lo que introduce una segunda capa de contradicción, ya que combatir la manipulación externa mediante la asfixia interna de los medios plantea una pregunta incómoda sobre si se está resolviendo el problema o simplemente reemplazándolo por otro más conveniente.

De modo que la historia, que en apariencia trata sobre Rusia, termina siendo un espejo bastante preciso de las debilidades del periodismo actual, porque muestra hasta qué punto la influencia extranjera no necesita imponerse cuando puede simplemente insertarse en una industria que ya operan al límite, donde la urgencia económica, la fragmentación editorial y la polarización política crean el caldo de cultivo perfecto para que cualquier narrativa bien financiada encuentre su lugar en el pobre periodista.

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