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Un narcomecanismo perfecto llevó al poder a Rocha Moya y a “los chapitos”

ESENCIA DE MUJER

POR YAZMÍN ALESSANDRINI

 

Decía el prodigio literario William Shakespeare que “siempre es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras”, un aforismo del cual seguramente jamás escuchó hablar el hoy exgobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, hoy caído en desgracia por arrogante, por soberbio, por corrupto y por trabar amistad con narcotraficantes. Pero sobre todo por no saber tener pico de cera.

Agosto de 2021: Nuestro colega y amigo Salvador García Soto, entrevistó al flamante gobernador sinaloense, Rubén Rocha Mocha, quien completamente obnubilado por la dopamina que le intoxicó los sentidos tras su triunfo electoral (sucio, por cierto) le comentó en corto al columnista de “El Universal”: “Pues, mira Salvador, no nos hagamos pendejos. Aquí todo mundo sabe cómo está la cosa. Yo fui y hablé con ellos (se refería a los hijos de Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán Loera, el líder del cártel de Sinaloa), los conozco porque soy de Badiraguato. Y yo fui a pedirles su apoyo (¡y vaya que lo apoyaron!). Quien te diga que quiere gobernar Sinaloa y no tiene el visto bueno de ellos, te miente. Así es la cosa aquí, para qué nos hacemos pendejos”.

A confesión de parte, relevo de pruebas…

No sé si fue arrogancia, no sé si fue estupidez, no se si fueron ambas, pero alguien en los Estados Unidos acabó por escuchar o leer semejante confesión. ¿Quién?, eso tampoco lo sé, pero lo que sí puedo asegurar es que a casi cinco años de distancia de ese episodio involuntario de diarrea oral nos trajo hasta la actual coyuntura, con Rocha Moya y nueve de sus secuaces prácticamente con el agua hasta el cuello, porque no es poca cosa que las autoridades de nuestro vecino de norte (y principal socio comercial) le soliciten a sus homólogas mexicanas la detención, con fines de extradición, de 10 fulanos enquistados en la administración pública que se aliaron con el crimen organizado, primero, para llegar al poder en el estado de Sinaloa y, después, para entregarle una entidad entera a un cartel del narcotráfico para que éste hiciera (y siga haciendo) lo que se le pegue su regalada gana.

Y no, no se equivoquen, éste no es un asunto de partidos políticos. Tampoc se trata de golpetear al régimen o de intentar desestabilizar un proyecto de nación nomás porque sí.

Así que no se vale que nadie salga a desagarrarse las vestiduras guindas, azules, naranjas, tricolores… Éste es un tema súper delicado, súper complejo y súper serio que demanda de toda las partes involucradas un compromiso total. Hay mucho en juego y no se vale que nadie salga a defender a malandrines sólo porque “son camaradas que pertenecen al movimiento”.

Por eso, es muy importante que, desde ya, las autoridades mexicanas se despojen de amiguimos y sesgos, y le pongan el reflector encima a todos los implicados en esta investigación: Rubén Rocha Moya (gobernador), Enrique Inzunza Cazares (actual senador y exsecretario estatal de gobierno), Juan de Dios Gámez (alcalde de Culiacán), Enrique Díaz Vega (exsecretario estatal de finanzas), Dámaso Castro Saavedra (vicefiscal estatal), Mraco Antonio Almanza (exjefe de la Policía de Investigación), Alberto Jorge Contreras (sucesor de Almanza en la Policía de Investigación), Gerardo Mérida Sánchez (exsecretario de Seguridad Pública de Sinaloa), José Antonio Dionisio Hipólito (exsubdirector de la policía estatal) y Juan Valenzuela Millán (comandante de la policía de Culiacán), todos acusados en Estados Unidos por conspiración para traficar fenanilo, cocaina y heroína; sobornos millonarios, y conspiración para traficar armamento de alto poder.

Investiguen y lleguen hasta las últimas consecuencias… caiga quien caiga.

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