Luis Farías Mackey
Con todo su academismo a cuestas, los reyes filósofos de nuestro sueño de democracia apostaron todo a acuerdos cupulares, a una apariencia de asepsia y civilidad políticas, a espacios burocráticos conquistados y a una alternancia hechiza y vendible; pero seis años después se espantaron de sus logros cuando “un peligro para México”, jugando con sus propias reglas -“haiga sido como haiga sido”- se les coló por peteneras: “¡Y yo que me la llevé al río creyendo que era mozuela!”
Ya con el monstruo en casa apostaron a las artes y negocios de Televisa: un galán inventado, un amor de revista de escándalo y la artista más taquillera del momento. ¡Qué podía salir mal!
Para la tercera ocasión ya no hubo artes al alcance ni del dinero ni de la impostura, y los reyes filósofos de nuestra democracia solo vieron sombras en la caverna y no sintieron a los Hunos adentro de la cama, todo y todos habían sido doblados por el peligro para México, así que el galán de Televisa, ya muy venido a menos, pactó impunidad en la impudicia y entregó el poder antes de tiempo.
Todos creyeron que el peligro se contentaría con remar con lo que pudiese por seis años y como el figurín de telenovela pactaría un retiro dorado. Se equivocaron.
Para Gramsci quien controla la cultura controla la política, pero el peligro para México piensa al revés: quien manda en política gobierna la cultura. Para el primero no es hacerse del poder político sino cambiar lentamente lo que llama
“hegemonía cultural”, nótese de entrada que el vocablo hegemónico está cargado de dominio y subordinación. Pues bien, para él no se requiere un golpe de timón sino por la paciente y sutil inoculación de un conjunto de valores, narrativas, categorías y marcos interpretativos diversos a los considerados como legítima normalidad. Para ello propone una inteligente y gradual batalla cultural en cinco frentes e igual número de instituciones que generan cultura:
La educación, el más importante de todos los frentes, porque en él se transmite la visión del mundo imperante, lo que en una sociedad se considera de sentido común; de allí la necesidad de controlar los contenidos, planes y materiales de estudio, por igual la docencia, acomodar la historia a su favor, construir villanos e instaurar guerras santas.
Los medios de comunicación en tanto amplificadores y consolidadores de lo que la educación siembra; los medios por cuanto administradores del humor social, monopolio de la atención y distracción de la opinión pública, generadores de la hegemonía comunicacional, controladores de las categorías del lenguaje (traidores, conservadores, racistas, clasistas, neoliberales) y árbitros y jueces de la conversación (bien y mal, pueblo bueno y comentócratas).
El arte y la cultura, el más sutil de los frentes porque en él no se impone, se muestra, enamora, emociona, obnubila, se sueña.
La religión, un frente bastante desmejorado más importante, a Gramnsci le importa no tanto por su doctrina sino por la fuerza de sus creencias, la febrilidad de su feligresía, la certeza de una conquista trascendente. La religión política, como lo fue el nazismo, es prueba de ello.
Finalmente, la familia como un espacio de transmisión de valores al margen del Estado, la religión, los medios, el arte y la educación; un espacio privado y consolidado por la tradición y los prejuicios, razón por lo cual es el más difícil de conquistar, pero indispensable. Gramsci propone transformarla gradualmente ampliando su definición hasta borrar sus fronteras, hasta hacerla un espacio público, luego cuestionarla en tanto transmisora de valores por su carácter hegemónico y autoritario, por su naturaleza conservadora y mojigata, y, por último, transferir al Estado funciones formativas propias del ámbito familiar.
López Obrador es testarudo, pero no paciente, No se tardó doce años en recibirse construyendo una gran formación, sino dilapidándola, no tenía el tiempo, la disposición ni la capacidad para encabezar una revolución cultural, prefirió asaltar la democracia desde dentro y ya en el poder, no inocular una transvaloración cultural, sino imponerla descuadernada y desesperadamente.
Pero no solo adolece de paciencia, orden y tiempo, también de equipo, así, ya en el poder su cambio educativo fue re-entronizar a la CNTE como escudo, encargar los libros de texto a ¡Marx Arriaga! y la educación a Esteban Moctezuma, Delfina Gómez y Leticia Robles. El control de medios lo encargó al bañagatos y a su mozo de espadas, Villamil; en materia de arte y cultura descuellan la poetisa Müeller, Taibo y Epigmenio, se me olvidaban Elenita y Jesusa; en religión se basta solo y en materia de familia la bombardeo con becas, abrazos al crimen organizado y privándole de todo servicio público y apoyos sociales y comunitarios para obligar a todos sus miembros a comer de su mano cual mascotas.
Desesperado, ya fuera de su sexenio, impuso reformas sin implantación social, viabilidad ni destino.
Imposible que López haya leído a Gramsci, bueno, que haya leído, punto. De haberlo hecho sabría que la ruta que escogió condena a sus reformas y legado a corta vida y larga mala historia.
Pero hemos de reconocer que durante 90 años -Gramsci muere en 1936 en una cárcel en Roma- el gramscismo ha avanzado paciente y silente en los cinco frentes designados y ello en gran parte explica las crisis que nos aquejan globalmente, un cambio cultural impuesto e inacabado.
Ante ello nos quedan dos caminos y un conocimiento, el primer camino es entender que la guerra es cultural y no se va a resolver ganando una elección, de haberlas aún en México, y que debemos hacernos a la idea de que será una lucha larga y a contracorriente. Empezando por revolucionar el lenguaje y las categorías del entendimiento para poder hacer frente al lenguaje y categorías impuestas por ellos (dominación, explotación, clasismo, conservadurismo). Lo segundo es tener presente que el cambio de “hegemonía” cultural, de valores aceptados como normales, no ha sido en nuestro caso del todo exitoso ni completo, gracias a que desoyendo a Gramsci apostaron por el asalto al poder y luego desde él imponer a rajatabla un cambio cultural; finalmente, y no es un camino, pero si una realidad, que La Chaira no tiene valores que imponer a cambio, tampoco gente que lo pudiese hacer y menos capacidades para hacerlo.
Uno de sus grandes cambios culturales impulsados por el gramscismo es que ya no enseña a pensar sino qué pensar (Scruton), aquí en México a La Chaira le han dicho qué pensar, pero es incapaz de generar pensamiento y valor, por ende un cambio cultural, porque el pensamiento no se compra como a un Yunes o un Murat, de otra suerte, tras siete años en el poder y veintiséis en la brecha, ya hubiesen podido pergeñar un miserable ensayito que los explique.