InicioFernando Meraz MejoradoEl "Efecto Cucaracha": sombra repulsiva que preocupa a Durango

El “Efecto Cucaracha”: sombra repulsiva que preocupa a Durango

NEMESIS

 

Hoy recorre Durango un atroz escalofrío: la vecindad con Sinaloa, Zacatecas y San Luis Potosí, devuelve ecos que parecían apagados. Resuenan de nuevo los gritos ahogados, el estruendo de las huidas, las balaceras nocturnas los rostros preñados de lágrimas —madres, abuelas, hermanas— y la estela de hombres, muchachos, casi niños, arrancados a la vida para engrosar las filas de aquel cártel despiadado que sembró el terror y la muerte, los Zetas. Como si el pasado no hubiera cerrado sus heridas, el estado se ve nuevamente amenazado por una marea humana que llega huyendo, pero también arrastrando el peligro que se cree dejado atrás.

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Aquella fue la cicatriz imborrable, la crisis de seguridad más profunda en la memoria duranguense, entre 2008 y 2012, bajo los gobiernos de Jorge Herrera Caldera y José Rosas Aispuro —hoy prófugos de la justicia, perseguidos por el peso de sus propios desfalcos y trapacerías—.

Fue el punto más alto de la violencia organizada en el noroeste mexicano: una ola sangrienta de homicidios, extorsiones, fosas clandestinas y un miedo que se pegaba a las paredes como humo difícil de disipar.

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Hoy, el gobernador Esteban Villegas alza la voz sobre el llamado “Efecto cucaracha”: cuando se pisa un nido de alimañas, estas no perecen, sino que se dispersan buscando nuevos rincones. Así llega la migración, junto a familias pacíficas que buscan refugio, se desplazan también bandas decididas a extender su dominio sobre toda la geografía del norte, sembrando su ley donde antes no imperaban.

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Sin embargo, frente a aquel ayer y ante esta amenaza que se cierne, existe una verdad que se erige como baluarte, hoy Durango es el estado mejor calificado en materia de seguridad pública. Un mérito fraguado a costa del sufrimiento y la resistencia de su gente. Mas la victoria no da derecho al descanso: es la vieja ley de Némesis —lo que se empuja a un lado reaparece por el otro, como satánica Cabeza de Hidra—.

La violencia no se extingue, se desplaza como fuego que salta de monte en monte. Y Durango, que ya conoció el infierno, debe custodiar con celo su posición, sabiendo que la sombra que creía haber vencido puede regresar con el mismo viento que dispersa a quienes huyen del caos vecino.

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