NEMESIS
Fernando Meraz Mejorado
La educación en México no es un solo río que fecunde parejo la tierra, son dos corrientes que nacieron del mismo manantial histórico, pero que hoy corren por cauces distintos, con aguas que ya no se tocan ni se mezclan. Es como un árbol que partió su tronco en dos mitades desiguales: una crece bajo el sol áspero de la intemperie, abatida por vientos y sequías; la otra se alza en un jardín cercado, regada con esmero y resguardada de las tormentas.
Las escuelas públicas —la promesa que la Nación hizo a todos sus hijos— son en mayoría edificaciones de adobe y ladrillo que se alzan en barrios, pueblos y orillas. Muchas parecen templos olvidados: muros que guardan la huella de las lluvias, techos que gotean las tardes de aguacero, pupitres marcados por generaciones que pasaron, aulas donde el aire huele a tiza vieja y a esperanza sin más equipaje que las ganas.
Allí los maestros son sembradores que echan grano en suelo con frecuencia pobre, con herramientas desgastadas, bajo un cielo que pocas veces les da todo lo que necesitan. La enseñanza aquí se amasa con lo que hay, se comparte lo poco que llega, se inventa lo que falta, se sostiene con la voluntad como único muro firme. Es la educación que lleva en sí la memoria colectiva, la que soñó hacer de cada niño un ciudadano, sin más título que su humanidad. Pero hoy carga con el peso de la indiferencia, como un libro al que le han arrancado páginas, le faltan libros, le faltan manos, le falta el abrazo de un Estado que parece haber olvidado su propia palabra.
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Al otro lado del muro están las escuelas privadas, en edificios suntuosos, con puertas de vidrio y herraje pulido, patios verdes, radiantes, bibliotecas que parecen tesoros, espacios donde cada quien tiene su lugar y su atención. Allí el saber se cultiva como en un huerto cuidado cada planta recibe su dotación puntual de agua justa, el sol adecuado, el tiempo para desplegarse. Se abren puertas al mundo, se prepara para andar caminos que el poder y el dinero han reservado para unos pocos. Es un pasaje hacia orillas donde las oportunidades no escasean, pero cuya luz rara vez alcanza los rincones donde la mayoría crece.
Esta división no es solo de muros o materiales, es una herida que atraviesa el alma nacional. La educación pública responde a la idea de que el saber es un derecho —como el aire que respiramos o la tierra que pisamos—; la privada funciona como un privilegio, una mercancía al alcance de quien tiene medios.
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Socialmente, es como si el país hubiera escrito dos destinos, uno para quienes nacieron con la carencia por compañera, otro para quienes contaron con el amparo de la abundancia. Políticamente, revela nuestra gran contradicción: decimos ser una república igualitaria, pero mantenemos un sistema que separa a los hijos de México en dos mundos.
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La educación debió ser la norma igualitaria, el alba que despierta a todos por igual; se ha convertido en un espejo que nos devuelve nuestra propia desigualdad. Sin embargo, en cada aula, sea de adobe o de cristal, late la misma semilla: la posibilidad de otro mañana. El problema no es que haya distintas formas de enseñar, sino que hayamos permitido que el porvenir de un niño dependa de cuánto cabe en su bolsillo, y no de cuánto brilla su mente y su corazón. Porque una patria verdadera no es aquella que tiene buenas escuelas para unos cuantos; es aquella que cuida con la misma ternura y el mismo empeño el pensamiento de todos sus hijos.–oOo