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¿Qué festejamos los mexicanos?

El Ágora

Octavio Campos Ortiz

 

Llamamos a septiembre el mes patrio, como los romanos impusieron al octavo mes -para ellos era el sexto-, agosto en honor de su primer emperador, Cayo Julio Octavio Augusto, y conmemorar sus triunfos militares, quien quiso emular a su tío Julio César, honrado con otro mes calendario.

¿Pero qué celebramos nosotros? Cierto, el inicio del movimiento de Independencia, aunque debiéramos de conmemorar la expulsión de los españoles y la firma de los Tratados de Córdoba en agosto de 1821 entre Agustín de Iturbide y Juan O´Donojú, el cual ya no fue virrey, sino jefe político superior de la Nueva España; o mejor aún, festejar la firma del Acta de Independencia en septiembre de 1821, la cual decretó el surgimiento de una nueva nación y la abolición del virreinato en estas tierras. Vale la pena recordar que el documento fue firmado por 35 notables, como Iturbide, la alta Iglesia y políticos novohispanos, con la ausencia de los últimos insurgentes como Vicente Guerrero.

¿Qué festejamos? La independencia de quién. Unos españoles y criollos expulsaron a otros hispanos, renegaron del gobierno local, pero reconocían a la Corona española. Los nuevos mexicanos no tuvieron acceso inmediato al poder, se interpuso un efímero imperio que no permitió el desarrollo político de un Estado moderno y autónomo. Continuas asonadas militares y civiles crearon un siglo de inestabilidad social y económica, que posibilitaron otro imperio y varias intervenciones.

Tuvimos tres constituciones decimonónicas que no pudieron dar rumbo firme al país. La ambición por el poder pudo más que la construcción de una nación y una nacionalidad. Curiosamente, vivimos décadas de estabilidad política y desarrollo económico bajo la dictadura del héroe de la batalla del 2 de abril, Porfirio Díaz, quien ayudó a entronizar al Benemérito de las Américas. Un viejo político e historiador oaxaqueño dijo: ¿Qué hubiera sido de Juárez, sin la espada de Diaz?

La Revolución Mexicana tampoco nos dio identidad nacional. Más golpes de Estado, asesinatos políticos, ambiciones de grupos impidieron que nos consolidáramos como país y que adquiriéramos la ciudadanización plena. Nuevamente, los menos democráticos nos dieron institucionalidad y un presidencialismo omnipresente, pero con estabilidad.

Crecimos con el nacionalismo revolucionario e incluso conocimos la apertura democrática, la alternancia en el poder y la ciudadanización de las elecciones. Pero los mexicanos no somos libres, independientes ni autónomos. Nuestro sistema de partidos ha reducido la democracia, como sistema de vida, a una lucha mercenaria y encarnizada por el poder. Los institutos políticos buscan mantenerlo o arribar a él para satisfacer intereses de grupo.

¿Qué nacionalismo podemos tener los mexicanos, si hemos abdicado en nuestra lucha ciudadana por fortalecer un Estado moderno y exigir un gobierno con políticas públicas que procuren el bien común y el desarrollo compartido, más allá de populismos o programas asistencialistas? Estamos en un marasmo social donde no nos importa que las nuevas generaciones carezcan de educación de calidad, la que los haga competitivos y de excelencia académica para acceder a las mejores posiciones en un mundo laboral altamente globalizado y tecnificado. Ya no necesitamos del yugo español ni las invasiones gringas, cuando se promueve el intervencionismo ideológico cubano con la importación consciente de maestros isleños.

Nada qué festejar. La mediocridad es nuestro destino. Dejémonos de hacer reclamos pírricos a las monarquías. Si fuéramos todavía sus súbditos, como dice el ingenio mexicano, cuando menos seríamos campeones mundiales en el futbol.

Apostilla: Como parte de las conmemoraciones del mes patrio y a un año de creado su movimiento político Resistencia, la alcaldesa Alessandra Rojo de la Vega, en el Ángel de la Independencia, llamó a los mexicanos a asumir la responsabilidad de cuidar la libertad y construir, desde la vida cotidiana, el país que quieren para las siguientes generaciones. “México no tiene dueños, no le pertenece a una persona o a un gobierno ni a ningún partido político. México le pertenece a su gente”, dijo la titular de la alcaldía Cuauhtémoc, quien agregó que a una nación no lo construyen solamente sus autoridades, la construyen sus ciudadanos.

Rojo de la Vega destacó: la libertad que hoy existe fue conquistada por mujeres y hombres, quienes decidieron que México tenía derecho a elegir su propio camino y que ningún poder debía ser eterno. La política capitalina precisó que amar a México es hacernos responsables de nuestro país, es cuidar nuestra ciudad, respetar la ley y cuidar nuestro patrimonio. También sostuvo la edil que los grandes cambios comienzan con las decisiones de cada persona y la participación ciudadana, por lo que invitó a dejar de esperar que alguien más resuelva los problemas y preguntarse qué puede hacer uno mismo para mejorar su entorno.

Ale Rojo de la Vega llamó también a reconocer la pluralidad del país y entender que las diferencias políticas, ideológicas, sociales o económicas no tienen que impedir que las personas compartan una misma nación.

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