José Luis Parra
En Morena inventaron las encuestas para evitar el dedazo.
Y ahora resulta que las encuestas podrían servir para perfeccionarlo.
Claro, modernizado.
Digital.
Científico.
Y con gráficas que, según versiones de participantes en el proceso, pasan tan rápido que apenas alcanzan a verse.
Así cualquiera pierde.
O gana.
Depende de quién tenga el control remoto.
La sucesión de 2027 empieza a mostrar algo que tarde o temprano tenía que ocurrir en Morena: los gobernadores también quieren heredar.
No necesariamente el cargo a un familiar. Eso sería demasiado evidente.
Quieren heredar el poder.
De las 17 gubernaturas que estarán en juego el próximo año, Morena gobierna actualmente 12. Y en varias de ellas los personajes seleccionados como coordinadores —antesala tradicional de la candidatura— tienen relaciones políticas estrechas con los mandatarios en funciones.
Nada ilegal por sí mismo.
Tampoco sorprendente.
La política mexicana cambió de colores, siglas, discursos y hasta vocabulario.
Pero algunas costumbres gozan de cabal salud.
Antes se llamaba candidato del gobernador.
Ahora puede llamarse coordinador estatal de la Defensa de la Transformación.
Suena más bonito.
Hasta revolucionario.
En Michoacán quedó Carlos Torres Piña, personaje cercano al gobernador Alfredo Ramírez Bedolla, mientras Raúl Morón quedó fuera de la carrera. La disputa fue leída públicamente como un enfrentamiento entre grupos internos del propio Morena.
En Campeche apareció Pablo Gutiérrez Lazarus.
En Colima, Rosa María Bayardo.
Ambos fueron presentados oficialmente por Morena desde agosto como coordinadores estatales.
En Quintana Roo está Eugenio “Gino” Segura, cercano políticamente a Mara Lezama; en Zacatecas, Verónica Díaz, ligada durante años al grupo de David Monreal; y en Sinaloa, Imelda Castro, compañera de fórmula de Rubén Rocha Moya al Senado en 2018, aunque ella misma ha buscado marcar autonomía política respecto del gobernador.
Hasta aquí los hechos conocidos.
Luego vienen las versiones.
Y esas son más sabrosas.
Según la información que circula entre integrantes de Morena y sus aliados, algunos gobernadores habrían advertido a la dirigencia nacional que, si sus cartas quedaban fuera, tampoco existiría demasiado entusiasmo para sacar adelante la elección.
Traducido al castellano político:
¿No quieres a mi candidato?
Perfecto.
A ver cómo le haces con la elección.
La versión es grave y, mientras no exista prueba pública, debe tratarse precisamente como eso: una versión atribuida a fuentes partidistas.
Pero nadie que conozca mínimamente la política mexicana podría declararse sorprendido de que un gobernador pretenda influir en su sucesión.
Lo sorprendente sería lo contrario.
Porque un gobernador controla estructura, operadores, alcaldes, diputados, presupuesto político, relaciones territoriales y buena parte de la maquinaria necesaria para movilizar una elección.
Mucho amor al movimiento.
Pero primero los amigos.
De confirmarse además que la presidenta Claudia Sheinbaum decidió mantenerse al margen de esta batalla interna, el fenómeno sería todavía más interesante.
Porque dejar correr libremente las fuerzas locales tiene una consecuencia elemental:
Los gobernadores llenan el vacío.
Y varios parecen haber entendido perfectamente el mensaje.
La dirigencia nacional enfrenta entonces un pequeño problema.
Morena nació alrededor de un liderazgo presidencial extraordinariamente concentrado.
Pero conforme pasan los años empieza a parecerse a cualquier partido dominante: aparecen tribus, gobernadores poderosos, grupos regionales, aliados incómodos y aspirantes convencidos de que la encuesta solamente es democrática cuando ellos la ganan.
Normal.
La transformación también envejece.
Y aparecen las arrugas.
El verdadero riesgo para Morena rumbo a 2027 quizá no esté en la oposición.
Puede estar dentro de Morena.
Son demasiados aspirantes, demasiados intereses y demasiados gobernadores tratando de cuidar el día después.
Porque entregar una gubernatura no significa solamente dejar Palacio.
Significa abandonar posiciones, contratos, estructuras, expedientes y cientos de funcionarios que de pronto descubren una profunda vocación por la continuidad.
Por eso una sucesión estatal nunca es únicamente una elección.
También es una mudanza.
Y algunos quieren dejar al nuevo inquilino hasta las llaves del cajón.
Faltan todavía definiciones importantes, entre ellas Sonora, donde el proceso mantiene especial interés por el peso político nacional del gobernador Alfonso Durazo y por la cantidad de personajes vinculados, en distintos momentos, con su administración.
Ahí veremos si Morena mide popularidad.
Lealtades.
Grupos.
O todo junto.
Porque las encuestas pueden medir muchas cosas.
Lo que difícilmente pueden medir es cuánto pesa un gobernador cuando amenaza con cruzarse de brazos.
Y quizá esa sea la encuesta que realmente importa.