Eduardo Sadot
El Grito de Independencia no es propiedad de un partido, de un gobierno ni del gobernante en turno. Es una ceremonia de la nación. Por eso, después de lo ocurrido el pasado 15 de septiembre, cabe preguntar si conservamos su solemnidad o asistimos a su frivolización.
México puede celebrar. El problema aparece cuando la fiesta desplaza el significado de la ceremonia y el símbolo nacional termina convertido en escenario de promoción política o partidista.
El Grito es para México, no para Morena.
La Independencia no la hicieron los morenistas, porque Morena no existía; tampoco los panistas, priistas, perredistas o emecistas. La hicieron mexicanos de distintas condiciones, ideas y regiones. Por eso ningún partido puede apropiarse de sus símbolos. Además muchos mexicanos evidencian su ignorancia cuando aparecen con símbolos revolucionarios de 1910y no independentistas de 1810.
Después de la ceremonia, la presidenta Claudia Sheinbaum cuestionó a gobernantes de oposición que no mencionaron a héroes de la Independencia. Al introducir la disputa partidista en una ceremonia nacional, se corre el riesgo de convertir la memoria histórica en confrontación política. Pero convenientemente no dijo nada de quienes gritaron ¡Viva Claudia Sheinbaum!
Hay otro fenómeno que merece atención: utilizar el Grito como oportunidad para alabar al presidente en turno.
Los gobernadores y presidentes municipales representan a todos los ciudadanos, no deben convertir una ceremonia institucional en homenaje personal a quien ocupa temporalmente el poder. Cuando el acto cívico se transforma en escenario de elogios al gobernante, aparece una vieja enfermedad de la política mexicana: el servilismo.
Y el servilismo es terreno fértil para el culto a la personalidad.
El gobernante no es la patria. Ni el pueblo de MORENA es la soberanía. La presidente no es México. El gobernador tampoco es el estado y el presidente municipal no es el municipio. Son servidores públicos temporales, sujetos a las instituciones y a la Constitución.
La bandera y la ceremonia pertenecen al pueblo.
También debe preocupar que el acto solemne quede subordinado al espectáculo. Conciertos, pirotecnia y verbenas pueden formar parte de la celebración; pero debe existir una frontera entre fiesta y ceremonia. Bueno si hay quienes no saben distinguir entre conmemoración y celebración, con eso está dicho todo.
El Grito no debe convertirse en concurso de consignas, adulaciones o lealtad política.
La Independencia significó romper con el sometimiento y afirmar la libertad. Sería una paradoja histórica que una ceremonia nacida de la lucha contra el poder absoluto terminara utilizada para exaltar al poder de turno.
El patriotismo no consiste en gritar más fuerte el nombre del gobernante. Consiste en respetar a México, sus instituciones y su pluralidad, sobre todo a la totalidad del pueblo de México no el pueblo de MORENA piensen como piensen.
El Grito debe convocar, no dividir; recordar nuestra historia, no apropiársela; exaltar a México, no al poder.
Cuando una ceremonia nacional parece partidista y el aplauso al poder sustituye al respeto por las instituciones, el problema ya no es solamente la frivolización.
Es la confusión entre patriotismo y partidismo, entre representación y servilismo.
Y la pregunta resulta inevitable:
¿SOLEMNIDAD O FRIVOLIZACIÓN DEL GRITO?
sadot16@hotmail.com
Twitter: @eduardosadot
TikTok: eduardosadotoficial
Face: Eduardo.Sadot