Por Fred Alvarez Palafox
Era miércoles 2 de octubre de 1968. Han pasado ya 58 años y, como advirtió Pablo Neruda, “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Hoy, la bandera nacional ondea a media asta, un recordatorio institucional de una herida que, más de medio siglo después, se niega a cicatrizar.
El pliego petitorio de aquel movimiento estudiantil era claro y legítimo: libertad a los presos políticos, derogación del delito de disolución social (artículos 145 y 145 Bis) y la desaparición del temido cuerpo de granaderos. Un cuerpo que, nos dicen hoy, ya no existe.
Pero en aquel entonces, el Estado respondió mostrando los dientes. La represión escaló metódicamente, desde el bazucazo en la puerta de la Preparatoria 1 el 30 de julio, pasando por la dignidad estoica de la Marcha del Silencio el 13 de septiembre, hasta la toma militar de Ciudad Universitaria y del Casco de Santo Tomás en el Instituto Politécnico Nacional.
Aquel miércoles amaneció bajo la sombra de una amenaza presidencial. “No queremos vernos en el caso de tomar medidas que no deseamos, pero que tomaremos si es necesario”, había advertido Gustavo Díaz Ordaz.
Ningún medio daba cuenta de la reunión que sostendrían esa misma mañana representantes del gobierno y del Consejo Nacional de Huelga (CNH), donde las autoridades se negaron a aceptar condiciones para un diálogo público.
La verdadera respuesta llegó por la tarde. La Plaza de las Tres Culturas, con sus nueve mil almas congregadas, se tiñó de sangre.
¿Cuántos murieron realmente?
Se documentaron 2,360 detenciones y se habló, en cifras iniciales, de 40 muchachos asesinados. La periodista Oriana Fallaci, con la crudeza de quien ha visto la guerra de frente, aseguró que se recogieron “al menos 800 muertos”. Pero la verdad histórica la retrató con mayor precisión el poeta Jaime Sabines:
“Nadie sabe el número exacto de los muertos,
ni siquiera los asesinos,
ni siquiera el criminal…”
“La oscuridad engendra la violencia
y la violencia pide oscuridad
para cuajar el crimen.
Por eso el dos de octubre aguardó hasta la noche
Para que nadie viera la mano que empuñaba
El arma, sino sólo su efecto de relámpago”, escribió Rosario Castellanos en si poema Memorial de Tlatelolco..
Fue, con todas sus letras, un crimen de lesa humanidad.
Tuvieron que pasar 56 años para que, apenas hace dos, el Estado mexicano publicara en el Diario Oficial de la Federación un decreto ofreciendo una disculpa pública. El documento reconoce formalmente el crimen de Estado y, en su artículo cuarto, deja a salvo los derechos legales de las víctimas y sus familiares. Es un avance, sí, pero la memoria nos obliga a cuestionar: ¿Qué pasó con las carpetas de investigación abiertas por la extinta FEMOSPP? Siguen ahí, arrumbadas, acumulando polvo en los archivos de la impunidad. Hay una disculpa institucional, pero la justicia sigue pendiente.
Sin duda, hay un antes y un después del 2 de octubre del 68.
Quienes entonces éramos niños vimos nuestra vida, y la de toda una generación, marcada para siempre por esos hechos.
Si existe una imagen que dibuja de cuerpo entero la brutalidad de aquel día, es la fotografía donde se ve, a la izquierda, a Luis González de Alba, y a la derecha, a Florencio López Osuna. Florencio, un joven sinaloense originario de Agua Caliente de Gárate, fue el único orador en aquel mitin de Tlatelolco. También era hermano de mi entrañable amigo Faustino, a quien todos conocemos con cariño como el Pai.
La primera vez que esa desgarradora imagen vio la luz pública fue en la portada de la revista Proceso, en diciembre de 2001. Apenas once días después, Florencio fue encontrado muerto en una habitación de hotel en la colonia Santa María la Ribera, en circunstancias por demás misteriosas.

Ante la tragedia reiterada, el dolor se hizo verbo. Faustino le dedicó a su hermano un conmovedor poemario, comparto con ustedes estos párrafos de la sección II 1968, que retratan el inicio del horror:
“…Con los juegos olímpicos en puerta
la tentación de reprimir fue dándose
tras abortarse el camino del diálogo
que se había convocado días antes.
Así fue convocado el 2 de octubre,
en Tlatelolco, un mitin por la tarde
contemplando que habría tres oradores
siendo el primero tú, hermano. Acabaste
tu intervención y, en eso, un helicóptero
lanzó una extraña bengala, iniciándose
con francotiradores apostados
desde los edificios circundantes,
el aniquilamiento inconcebible
del pueblo, asesinado por chacales.
Así fue la respuesta del gobierno
a la demanda de los estudiantes.
Así se deslegitimó ese régimen
martirizando la inocente sangre”.
Ese mismo octubre del 68, Faustino se encontraba estudiando en Sofía, Bulgaria. Desde allá, a la distancia y con la impotencia a cuestas, escribió unos versos que años más tarde retomaría Elena Poniatowska en el periódico La Jornada:
“Si has de sobrevivir
haz el bien en la tierra,
si te dan a elegir
haz la paz, no la guerra.
Vive para el amor
y que el amor te colme
y que nunca el rencor
quede unido a tu nombre”.
Aquel estudiante sinaloense jamás fue olvidado. En octubre de 2010, el Congreso de Sinaloa le rindió un merecido homenaje a Florencio. Su voz, la del único orador de aquella tarde manchada de sangre, sigue resonando hoy con la misma fuerza.
Porque, el dos de octubre no se olvida.