Por David Martín del Campo
Barítonos y sopranos, todos en el salón de clases nos esmerábamos por ser el que mejor entonara las estrofas apuntadas en el pizarrón. La leyenda decía que el poeta había sido encerrado por su novia, hasta que no completara los versos que compondrían esa propuesta de “himno nacional” en el concurso de 1854 convocado para el caso.
Y en esas estábamos hasta que un compañero, el rebelde del grupo, alzó la mano preguntando:
–Maestra, ¿por qué la palabra “guerra” se repite siete veces en el Himno?
La respuesta (que no la hubo) reside en que el ambiente nacional de entonces, después de la guerra con los Estados Unidos que perdimos (y que nos costó la cesión de los territorios del norte, de California a Tejas), era del todo vindicativo. Sí, que nadie osase plantar el pie extranjero en la Patria dolida, porque se le irían encima bridones y rugidos de cañones.
El teórico militar Carl von Clausewitz lo explicó en las páginas de su famoso tratado: la guerra “no es más que la continuación de la política por otros medios” …más explícitos que la discusión parlamentaria.
De los “alegres años veintes” del siglo pasado, a los de este XXI, el panorama se ha trastornado. Los países que hoy están en guerra suman una decena (Ukrania, Rusia, Pakistán, Afganistán, Estados Unidos, Israel, Irán, Kuwait, Irak, Palestina) por lo menos, sin contar los conflictos e intervenciones militares localizadas, como ha ocurrido en Caracas y en Tatalpa, Jalisco.
Todo lo cual lleva a concluir que la visión idealista de un mundo en permanente paz, es por demás ilusa. El espíritu guerrero habita desde siempre en nuestras arterias, y no ha habido lapso de la historia sin uno o dos conflictos de ese tipo. Desde los murales de Cacaxtla hasta las pinturas de Eugene Delacroix, son exaltadas las batallas donde el vencedor impone la propia causa. El siglo pasado fue un hervidero de guerras, algunas internas referidas como “revoluciones”, que abarcó a los cinco continentes. Así que ahora no nos debemos llamar a escándalo.
El presidente Donald Trump así lo ha entendido, y asumiéndose como heredero intervencionista de las dos guerras mundiales, la de Corea, la de Vietnam, la de Irak, hoy ha decidido abrir un nuevo frente en la antigua Persia, estrangulada por el régimen de los Ayatolas. La única diferencia es que anteriormente se requería del desplazamiento de batallones y artillería por miles, cuando que hoy la guerra se está decidiendo con el disparo de cohetes teledirigidos y drones.
El gran temor es que alguno de los contendientes resuelva defenderse con armas de orden atómico, lo que dislocaría por completo el acuerdo tácito que se mantiene, otorgando a las grandes potencias sus parcelas de influencia. Estados Unidos, Rusia y China, en primer orden, y detrás Francia, Reino Unido, Corea del Norte, Israel, India y al parecer ya no Irán.
Es algo de lo que ya no se habla con la efusividad de los años 60, cuando la “crisis de los misiles” mantuvo al planeta suspendido de un hilo, con los teléfonos calientes de Nikita Kruschev y John F. Kennedy.
Ahora las imágenes de Gaza arrasada, luego de la declaración implícita de guerra del 7 de octubre de 2023, cuando tropas de Hamas atacaron territorio de Israel, se han vuelto la estampa que suple a las fotografías de Vietnam o las de la “la madre de todas las batallas” en Irak.
El talante belicoso de míster Trump no es muy distitnto al del presidente Richard Nixon en 1970. El enemigo de entonces era el avance del comunismo, el de ahora es el del empoderamiento islámico, y de refilón la guerra contra el terrorismo de los cárteles, que se habrían apoderado de cierto país que no lo reconoce.
La continuación de la política por otros medios, bien lo decía Von Clausewitz, de modo que malamente nos estamos acostumbrando a las imágenes de la guerra, como si fuesen un capítulo más de la entrega de los Óscares.
En todo caso nos queda el Himno para liberarnos de cualquier afrenta, y los patrios pendones, ¡guerra, guerra!, en las olas de sangre empapar.




