Columna de opinión
Bugarín y la paradoja de la doble nacionalidad
Fred Alvarez Palafox
“La respuesta está en el viento”..B Dylan…
Por Fred Alvarez Palafox
X: @fredalvarezp
El 27 de octubre de 1986, en los pasillos del Hospital East Los Angeles Doctors, en California, nació una niña con raíces profundamente ancladas a más de dos mil kilómetros de distancia. Jasmine Bugarín Rodríguez, hija de un campesino y una ama de casa originarios de la sierra de La Yesca, Nayarit, heredó de sus padres la sangre mexicana y, por los azares de la migración, un acta de nacimiento estadounidense.
Hoy, casi cuatro décadas después, ese origen al norte de la frontera es el epicentro de la mayor ironía política del momento.
Hace unos días, en un anuncio que sacudió el tablero en Nayarit, Bugarín fue ungida como la candidata de la Cuarta Transformación a la gubernatura. Su designación aterrizó envuelta en una profunda contradicción: fue nombrada justo cuando el Senado se preparaba para votar una reforma diseñada, estrictamente, para impedir que aspirantes con doble nacionalidad compitan por este tipo de cargos.
Este miércoles 30 de septiembre, la paradoja alcanzó a Palacio Nacional. La mañanera transcurría con su ritmo habitual hasta que el caso Nayarit saltó a la mesa. Desde el atril, la presidenta Sheinbaum escuchó el cuestionamiento sobre el estatus binacional de Bugarín. En un momento de inusual espontaneidad, la mandataria hizo una pausa. Lejos de ofrecer una respuesta prefabricada, giró hacia su equipo buscando certezas jurídicas en tiempo real:
—”Habría que revisar la Constitución de Nayarit, qué es lo que dice de nacimiento… Chéquenle la Constitución de Nayarit, por favor”, pidió.
Tras confirmar que la ley estatal exige ser ciudadano mexicano por nacimiento, Sheinbaum dejó claro que la pelota no estaba en su cancha. Con tono tajante, deslindó al Ejecutivo de los enredos partidistas: “Que lo aclare Morena, ¿no? Yo no tengo por qué andar aclarando. O sea, ellos, y que lo aclare también Jasmine”.

Enseguida, Sheinbaum aprovechó el momento para defender la reciente reforma sobre la nacionalidad exclusiva, otorgándole un peso de soberanía nacional: “Solamente es a quien quiera ser Presidente o Gobernador. ¿Por qué? Porque en tiempos de injerencias es muy importante que los mexicanos tengan claridad de que sus representantes populares más importantes sólo tienen una nacionalidad”.
Hace apenas un par de días, Bugarín intentó calmar las aguas con una promesa audaz: entregar públicamente su pasaporte estadounidense. Sin embargo, la ley local es de una terquedad inquebrantable y no se dobla ante discursos de campaña. Las verdaderas cartas sobre la mesa las dicta el artículo 62 de la Constitución nayarita, que exige textualmente para gobernar: “Ser ciudadano mexicano por nacimiento, hijo de padres mexicanos, nativo del Estado o con vecindad efectiva…”.
Y es aquí donde la biografía choca de frente con la política. Por azares del destino, ella nació en California. Aunque posee una doble ciudadanía a la que perfectamente puede renunciar mediante un trámite, el dilema va más allá de un papel. El texto constitucional es implacable, recordando que la voluntad personal no siempre basta cuando la ley cuestiona el origen de nacimiento.
La lectura política de este episodio es reveladora. Evidentemente, Bugarín no era la candidata originada en los despachos de Palacio Nacional, lo que sugiere un margen de autonomía —o de crudo pragmatismo negociado— por parte de Morena y sus aliados.
No hay que olvidar el método detrás de su ascenso. Bugarín obtuvo la designación amparada en el criterio de paridad de género. Quien realmente ganó la encuesta interna, dominando todos los atributos evaluados, fue el morenista Héctor Santana. Pese a los números, la Comisión Nacional de Elecciones le entregó la estafeta a la senadora con licencia del Partido Verde.
El futuro de la candidatura de Jasmine Bugarín, como diría Bob Dylan, está flotando en el viento…
¡Para la historia inmediata!
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