Magno Garcimarrero
Para divertirse en un carnaval jarocho debe uno ser gente habitualmente reprimida, es la mejor manera de participar en la abolición provisional de las normas, que no es otra cosa el carnaval; este es el modo de encontrar la risa en un mundo al revés donde los vasallos se truecan en reyes, los hombres en mujeres, las recatadas en libertinas, las libertinas en monjas, los pecadores en curas, los curas en pedófilos descarados y la burla se agasaja con quienes representan la seriedad, el poder, la formalidad, la solemnidad.
El carnaval es una fiesta colectiva (como todas, no hay modo de imaginar a Robinsón Crusoe carnavaleando solo en su isla desierta), pero en verdad está lejos de ser un espectáculo como pretendidamente lo han querido oficializar. La mejor parte del carnaval es la que no vemos en los medios de comunicación.
El desfile de carros alegóricos por mucho que lo presidan semiencueradas y ridiculones, forman parte de un espectáculo organizado que choca con el verdadero espíritu carnavalesco. La fórmula es simple: donde haya orden no está el carnaval, éste está en el desorden, en el relajo, en el desmadre.
El relajo conlleva necesariamente la ausencia de orden, no es posible pensar en un relajo organizado y respetuoso de las normas; el carnaval debe necesariamente romper con los valores con los que asociamos invariablemente el orden: contra el silencio, estrépito; contra la tranquilidad, violencia; contra la lentitud, velocidad o viceversa; contra la pulcritud, desaliño; contra la sobriedad, ebriedad; contra la soledad, tumulto; contra el erotismo, condones; contra el sueño reparador, los reparos de trasnochada; contra la seriedad, carcajadas. Juntemos todos los elementos negativos y tendremos el carnaval definido por sus partes: tumulto hilarante, ebrio, desaliñado, violento, impermeabilizado, noctámbulo y escandaloso. No es de extrañar que al finalizar la fiesta muchos de los celebrantes amanezcan en chirona o en la fila de la iglesia para tomar ceniza.
La Dirección de Turismo del Estado, ayuda al lucimiento del carnaval jarocho haciendo propaganda en toda la República, invitando a venir al “mejor carnaval del mundo” desde luego sin contar el de Río de Janeiro, el de Venecia, el de Mazatlán y el de Coyolillo que por supuesto son mejores. El más fuerte competidor es el del puerto sinaloense ya dicho, porque como Sinaloa es la mera mata del narco, pues en vez de alcohol rueda de manera fácil la droga que, como atractivo es mucho más fuerte que el nalgódromo veracruzano.
El Gobierno, preocupado por el éxito de fiesta tan tradicional, concede a sus burócratas los días lunes y martes de carnaval en todas las oficinas gubernamentales, asunto muy explicable en el bullanguero Puerto Jarocho que en esos días no permite ni andar, menos asistir a la oficina. Tal vez también se explica en Xalapa, centro burocrático por excelencia donde nomás estamos queriendo coger carretera.
En los últimos carnavales el gobierno se preocupó por repartir condones, desde luego con la intención plausible de evitar contagios que atentan contra la salud pública, no se piense que el propósito ha sido impedir la concepción de más jarochitos, que éstos son siempre bienvenidos… aunque nazcan fuera de los linderos del Estado.
M.G.




