Rodolfo Villarreal Ríos
En estos días, escuchamos voces destempladas que demandan tomar el fúsil y/o envolverse en el lábaro patrio porque atraparon a uno de sus socios que más que Maduro estaba putrefacto o porque podrían venir por algunos de sus cofrades. A esos ciudadanos, será conveniente recomendarles que se serenen y den una vuelta por la historia para revisar como debe de comportarse un estadista ante las nunca fáciles relaciones con los EUA. Nos referimos a la conducta que observó en su tiempo uno de los tres personajes quien ejerció el mando bajo esa premisa, la de estadista, Venustiano Carranza Garza, los otros dos se apellidaron Juárez García y Elías Calles Campuzano.
Sabemos que únicamente usted, lector amable, habrá de ocuparse de dar un repaso a este escrito, ello es suficiente para remitirnos a aquellos días que dieron inicio cuando la ambición terrenal de la curia católica y su criatura Victoriano Huerta llevaron a la nación a una lucha fratricida en medio de la cual, el presidente Woodrow Wilson (1913-1921) buscó “salvarnos”.
En ese contexto, en abril de 1914, envió a las tropas estadunidenses a Veracruz. Dado que, para entonces, Carranza Garza encabezaba a los rebeldes, a don Woodrow, se le hizo fácil proponerle que apoyara la invasión y lo hizo a través del agente especial en Chihuahua, George C. Carothers quien solicitó a don Venustiano que apoyara la invasión.
El coahuilense respondió que aun cuando Huerta no representaba a México, la invasión violaba la soberanía nacional. Invitaba a Wilson a suspender las hostilidades, retirar las tropas y presentar ante el gobierno Constitucionalista que él (Carranza) representaba las quejas sobre el incidente en Tampico, mismo que sería considerado en un marco de justicia y conciliación. Wilson no respondió, impuso un embargo de armas al huertismo, y se instruyó a los oficiales de aduanas marítimas que no interfirieran con los embarques de rifles y municiones destinados a los constitucionalistas. Sin necesidad de amenazas, Carranza marcó una línea de respeto.
Pero como nunca faltan los acomedidos, el 25 de abril de 1914, los embajadores, ante el gobierno estadounidense, de Argentina, Rómulo Sebastián Naón, de Brasil, Domicio da Gama, y de Chile, Eduardo Suárez-Mújica, enviaron un comunicado al secretario de estado, William J. Bryan, ofreciéndose como mediadores para resolver el conflicto. El estadounidense agradeció el gesto, pero precisó que las relaciones con el usurpador mexicano estaban rotas. Ante ello, los pacificadores contactaron al embajador español en México, Juan Riaño y Gayangos, para que actuara como intermediario. Finalmente, a través de su ministro de relaciones exteriores, José López Portillo y Rojas (abuelo de quien ustedes recuerdan), el felón apellidado Huerta aceptó participar en las negociaciones.
A partir del 18 de mayo de 1914, en Niagara Falls, New York, iniciaron las negociaciones para buscar una transición pactada en México. Participaron los embajadores mencionados, los representantes estadounidenses, el juez Joseph Rucker Lamar y Frederick William Lehman y los huertistas Emilio Rabasa Estebanell, Agustín Rodríguez y Luis Elguero.
A pesar de que se le invitó a enviar delegados, Carranza declinó hacerlo, aun cuando más tarde nombró representantes, sin que asistieran a las negociaciones, a Luis Cabrera, José Vasconcelos (entonces el futuro sinarquista-nazi se alquilaba al carrancismo) y a Fernando Iglesias Calderón. Lo más que llegó a admitir fue que sus enviados acudieran a Bufalo, New York para conversar. Finalmente, el 24 de junio, un día después de que las fuerzas del Constitucionalismo encabezadas por Villa despedazaran en Zacatecas al ejército huertista, los negociadores llegaron a un acuerdo.
Este contemplaba que la evacuación de las tropas estadounidenses de Veracruz se pospondría. Se nombraría un gobierno provisional que declararía el armisticio y llamaría a elecciones. Se crearía una comisión para reparar los daños a los extranjeros. Los cuatro países participantes en la reunión reconocerían al gobierno provisional.
El documento se hizo llegar, el 8 de julio, al Congreso huertista y, siete días después, Huerta con su ejército destrozado no tuvo otra opción sino renunciar y partir al exilio trepado en el Ypiranga (la nave que tres años atrás transportó a quien le sobró una reelección para irse con gloria plena, el presidente Díaz Mori, excepto que ahora se llevaba a un miserable de tiempo completo). Tras de ello, Francisco Carvajal cubrió un interinato para después transferir, sin condicionamientos, el mando a Carranza Garza a quien lo esperaba en la ciudad de México Álvaro Obregón Salido. Tras de firmar los Tratados de Teoloyucan con el huertista responsable de la capital mexicana, Eduardo Iturbide (descendiente del criollo michoacano quien se sintió noble). Una vez más, Carranza actuó preservando la soberanía nacional sin hacer alharaca patriotera.
En ese contexto, continuó las negociaciones para que los visitantes no invitados se fueran de Veracruz, lo cual se materializó el 23 de noviembre de 1914. Carranza no iba a buscar echarlos a tiros, sabía bien que no contaba con los recursos para ello, pragmatismo puro.
A los que si pudo poner en orden fue a las fuerzas de la Convención encabezadas por Villa a quien, el único general invicto de la Revolución, Alvaro Obregón Salido, le puso una tunda de órdago en Celaya, el 6 y 7 de abril de 1915, con lo cual terminó el mito de la genialidad militar del duranguense. Esto, al parecer, no aclaró la visión del presidente Wilson sobre lo que acontecía en México. Por ello, el 2 de junio de 1915, lanzó un ultimátum en el cual “exigía llegar a un acuerdo entre Villa y Carranza para que obren de común acuerdo y con la mayor prontitud para el alivio y la redención de ese desolado país. Creo mi deber manifestarles que, si no pueden arreglar sus diferencias y unirse para este elevado fin en un corto periodo de tiempo, este gobierno se verá obligado a decidir cuales medios deben emplear los Estados Unidos para ayudar a México a salvarse a sí mismo y salvar a su pueblo”. Las últimas 46 palabras del párrafo pareciera que fueron pronunciadas ayer.
Dado que ya no era sino la sombra de lo que había sido, la propuesta sonó a música celestial para los oídos de Villa quien aceptó, inmediatamente, la propuesta de Wilson, pero dejaba en claro que los EUA no tenía derecho a intervenir en los asuntos mexicanos, no dejaba de asentar que habría que buscar como reunirse con los Constitucionalistas.
Estos respondieron que debería de dirigirse a Carranza quien se tomó varios días y respondió de manera indirecta bajo el argumento de haber sido objeto de “falsedades y calumnias” propagadas por la “prensa científica americana” lo cual ha dado por consecuencia que se presenten “falsos informes a los gobiernos de otros países y de manera muy especial al de los Estados Unidos”. El cierre que hizo fue de gran altura: “El Gobierno Constitucionalista se ha visto imposibilitado para hacer rectificaciones a esos informes, por carecer de las oportunidades y de los medios que traen consigo las relaciones diplomáticas establecidas entre gobiernos”. No había duda sobre quien tenía las credenciales para gobernar al país.
Durante los cinco meses siguientes, el reconocimiento del gobierno de Carranza por parte de los EUA siguió en análisis. Durante ese lapso, hubo varios que trataron de cabildear para que no se consumara. Por supuesto la curia, mexicana y estadunidense, hizo hasta lo imposible por impedirlo. Otros, como el héroe del sexenio pasado, Felipe Ángeles Ramírez, buscó que Wilson lo recibiera para que lo entronizara como gobernante de México. Olvidó que era un rescoldo de Celaya y que no encarnaba a nadie, excepto a sí mismo. Lo acabó entrevistando un funcionario de tercera en el Departamento de Estado. Por su parte Carranza, representado por su primo, Eliseo Arredondo De la Garza, negociaba el reconocimiento sin comprometer el futuro de México. Una muestra de que la consanguineidad no es obstáculo cuando va acompañada de una dosis plena de capacidad neuronal.
Finalmente, el 19 de octubre de 1915, se anuncia que Wilson reconoce al gobierno de facto de Carranza. Ante ello, una vez más, Carranza muestra su estatura de estadista. Prueba de ello es el contenido de la primera entrevista que concedió a la prensa extranjera el 11 de noviembre de 1915. El texto fue reproducido por el diario El Pueblo editado en el puerto de Veracruz. La conferencia se desarrolló en el edificio de la Aduana Fronteriza en Piedras Negras, Coahuila. Las palabras de Carranza mostraron su visión de Estado y que no era necesario utilizar el lábaro patrio como cobertor para defender al país. Veamos algunos pasajes de aquella charla con los corresponsales extranjeros.
El estadista Carranza estaba cierto de que nada podría concretarse si el gobierno no contaba con recursos para iniciar la construcción del Estado mexicano Moderno. Así, refiriéndose a los ingresos del gobierno “manifestó que durante el periodo de reconstrucción se procedería a nivelar los derechos de importación y exportación, teniéndose pensado exceptuar algunos artículos, de toda clase de impuestos, cosa que determinara el gobierno tan pronto como se fije el monto de los ingresos y se calculen los presupuestos anuales”. Nada de vender ilusiones falsas, era necesario conocer con cuanto se disponía para poder establecer políticas.
Al preguntársele si se ofrecerían privilegios a quienes provenientes del exterior estuvieran dispuestos a invertir en México, la respuesta fue concisa: “si, señores, invitaremos al capital extranjero; pero sin compromisos, ni privilegios onerosos y condiciones gravosas para la nación”. Sin aspavientos mayores, aceptaba que era necesaria la participación de capital foráneo siempre y cuando se realizara en el marco de las leyes vigentes, nada de argüir que con la llegada de la inversión extranjera habría de mancillarse el sacrosanto honor nacional, eso queda para los demagogos y Carranza Garza era un estadista, no un aspirante a liderzuelo. Tampoco estaba en contra de recibir extranjeros quienes desearan asentarse en nuestro país.
Al respecto, dejaba bien claro “que las Leyes de Reforma continuaban en vigor y que se les darían garantías a todos los extranjeros y que todas las personas que solicitaran establecerse en la república quedarían sujetas a las leyes de inmigración que excluyen a los extranjeros perniciosos, personas enfermas, etc.”. Pero ahí no paró lo relacionado con el tema de los inmigrantes, al inquirírsele sobre si “su gobierno ofrecería alicientes especiales a los jornaleros procedentes del extranjero, contestó enfáticamente: No, señores, el nuevo gobierno considera como uno de sus primeros y principales deberes ayudar en todo y por todo a los jornaleros nacionales”. Vaya palabras cargadas de pragmatismo y actualidad, primero está preocuparse en iluminar a los de casa y nada de tratar de aparecer como candiles de la calle. en los tiempos actuales, los políticamente correctos ya lo tuvieran en los linderos de la pira de leña verde, pero el coahuilense estaba en proceso de crear un estado moderno.
Sabedor que varios mexicanos hostiles al progreso estaban por allá, Carranza indicó: “En los Estados Unidos residen actualmente muchos enemigos del gobierno Constitucionalista que luchan por predisponer al pueblo americano contra el gobierno que presido”. Se refería a James Cardenal Gibbons y la curia mexicana quienes buscaba que el presidente Wilson les ayudara a retrasar el reloj de la historia en México, y nada de que, como ya nos ha sucedido, nos vayan a colgar el sambenito de apóstatas, cada cosa que afirmamos la sustentamos en información dura.
Otros conspiradores eran miembros del Partido Católico Nacional, avecindados en San Antonio, Texas, sobresaliendo Federico Gamboa y Toribio Esquivel Obregón, futuro fundador del PAN, quienes, asociados con los científicos, tenían un par de candidatos para reemplazar a Carranza. Uno era Huerta, recién retornado de Europa repleto con recursos alemanes. El otro, Felipe Ángeles Ramírez a quien siempre vieron con buenos ojos. Pero esos eran cartuchos de largo alcance, por vía de mientras los conspiradores se entretenían con ensayos.
Respecto a esto, Carranza señalaba que se trataba de “hacer aparecer al gobierno mexicano como instigador de los desórdenes iniciados en la región de Brownsville”. Se refería a los hechos que, al amparo del Plan de San Diego, llamado así por la población texana en donde surgió, mediante el cual un par de sujetos, Aniceto Pizana y Luis de la Rosa, se dieron a la tarea de cometer atrocidades, al tiempo que se decían apoyados por las fuerzas carrancistas, aun cuando no eran sino siervos del huertismo tal y como lo declaró otro inmiscuido, Basilio Ramos. Para dejar las cosas en claro, Carranza aseguro que “mientras dure en el gobierno, jamás permitiré que el territorio nacional sirva de guarida de esos malhechores, pues estoy propuesto a respetar la neutralidad…”. Así de frente, nada de apoyar a fulanos, ¿del pueblo bueno? que quisieran venderse como amantes del país para atacar a los EUA.
Cuando Villa había dejado de ser el brazo armado de la Revolución para retornar a su condición de forajido, pleno de resentimiento en contra de Carranza, decidió enviar a sus muchachitos, él se quedó de este lado, a que cruzaran la línea y atacaran, el 9 de marzo de 1916, Columbus, New Mexico. Su objetivo era crearle un problema internacional al coahuilense y, sin importarle que cien de sus Dorados perdieran la vida en la incursión, lo logró. Nuevamente, tuvimos visitantes no invitados vía la Expedición Punitiva y ahí el estadista Carranza hubo de maniobrar para que no se metieran más allá del territorio en dónde buscaban a Villa. Fracasaron y terminaron por irse. Mientras tanto, Carranza continuaba tratando de armar el país y sorteaba situaciones nada fáciles.
Una de ellas, se suscitó cuando Carranza no se fue de bruces ante la propuesta contenida en el Telegrama Zimmerman emitido a principios de 1917, mediante el cual se le invitaba a sumarse a la causa alemana y declarar la guerra a Estados Unidos. A cambio, México recuperaría el territorio de Nuevo México, Arizona y Texas. El coahuilense no compraba humo, pero si estaba consciente de que podía utilizarlo sin tener que tiznarse y así lo hizo.
Otro capítulo brillante en materia de asuntos externos fue la llamada Doctrina Carranza en base a la cual se sustentó la diplomacia mexicana durante el resto del Siglo XX bajo la premisa del respeto a la autodeterminación de los pueblos. Al respecto, recomendamos la el libro “La Doctrina Carranza” (INHERM 2018) de Rosa Isabel Gaytán Guzmán.
Aun cuando algunos lo acusaban de antiestadunidense, olvidaban que los hombres del norte conocían a sus vecinos y actuaban sin espantarse al saber como lidiar con ellos, Carranza nunca dejó de reconocer que al norte del Bravo operaban expertos en asuntos económicos que podían ayudarlo a reconstruir la Nación. No dudó en contratar a un par. Uno, Edwin Walter Kemmerer, internacionalmente conocido como “The Money Doctor”, quien era un economista versado en política financiera y monetaria. Había servido como asesor financiero a varios gobiernos, principalmente de América Latina, además, la mayor parte de su vida académica la realizó en la Universidad de Princeton. Las funciones que Kemmerer realizó en México estuvieron encaminadas a lograr la reorganización de los sistemas bancario y monetario. Otro fue el profesor de la Universidad de Columbia, Alfred DuPont Chandler Sr. quien durante su estancia en México trabajó como asesor en política fiscal. Un estadista recurre a los expertos reales sin importar cual sea su nacionalidad, el chauvinismo es para los lidercillos de plazuela.
Dado que el estadista mexicano reconocía que el futuro del Estado Mexicano Moderno requeriría de profesionales preparados, no dudó en enviar a estudiar a los EUA a un buen número de jóvenes mexicanos. Vislumbraba que de allá vendría el futuro y que el nivel de las instancias educativas de ese país era superior al de las nuestras. Pragmatismo puro.
Mientras Carranza continuaba su accionar para llevar a la practica el diseño del Estado Mexicano Moderno, plasmado en la Constitucion Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1917, en los EUA había quienes se empeñaban en que esto no se concretara. Uno de ellos era senador republicano por New Mexico, Albert Bacon Fall, quien decidió que era necesario sentar en el banquillo de los acusados a México y a su presidente. En ese momento, Carranza Garza mostró su estatura de estadista y mandó al diablo a quienes sin tener autoridad querían juzgarlo aduciendo derechos de extraterritorialidad. (El Senado estadunidense enjuicia a Mexico y al presidente Carranza. INHERM 2017. Rodolfo Villarreal Ríos https://www.inehrm.gob.mx/recursos/Libros/El_senado_estadounindense.pdf )
Para entonces, Carranza andaba entercado en que su sucesor fuera el embajador mexicano en Washington, Ignacio Bonilla Fraijo, un ingeniero egresado del Massachusetts Institute of Technology (MIT), pero poco conocido en Mexico. Sin embargo, sus pupilos más aventajados, la trinca sonorense, no estaban de acuerdo y aquello terminó en el asesinato del estadista mexicano diseñador del Estado Mexicano Moderno.
Ese final en nada se demerita el accionar del estadista Venustiano Carranza Garza quien supo cómo conducir las relaciones con los EUA sin comprometer la soberanía nacional con lo cual proveyó lecciones invaluables que seria muy recomendable que repasaran los presurosos del ahora, claro, si fueran capaces de darse un momento para la reflexión. vimarisch53@hotmail.com
Añadido (26.02.03) No recordamos que se mostraran tan indignados ante la presencia de China, Rusia e Irán en Sudamérica y el Caribe como lo hacen ahora ante la intervención de EUA en Venezuela. ¿Será que aquellos si les repartían “bendiciones” y estos no?
Añadido (26.02.04) Ya veremos si dentro de un par de meses el tal Putrefacto aparece tan gallito como en la audiencia inicial. Sesenta días a la sombra le van a sosegar la bravura.
Añadido (26.02.05) No importa la opinión de los cortoplacistas, lo mejor que pudo sucederle a la oposición venezolana fue que a su líder no le encargaran el proceso de transición.
Añadido (26.02.06) Se le terminó el parque salival al exguerrillero Petro. Por ello, antes de correr suerte similar a la de su vecino, el Putrefacto, dobló las manitas y contrito pidió audiencia para ¿rodillas en tierra? confesarse. Como muestra de que se ha redimido firmará, en donde se lo pidan, que su candidato presidencial será derrotado en las urnas. ¿Le será suficiente para lograr la absolución o es que ya le tienen lista la oración de extremaunción?
Añadido (26.02.07) A los vendedores del sueño Bolivariano habrá que recordarles que don Simón planteaba una gran America unida la cual él gobernaría con el apoyo europeo. ¿Cómo llamaríamos a eso monarquía, dictadura o coloniaje disfrazado?




