Rodolfo Villarreal Ríos
Pensamos y repensamos en abordar o no este tópico. Dado que no somos practicantes de religión alguna, respetamos como cada uno lleve su relación con El Gran Arquitecto y pudiera ser que haya quien, apegado a las costumbres tradicionales, se sintiera ofendido por el recordatorio que realizaremos. Dada nuestra condición de legos en asuntos teológicos, no incursionamos en asuntos espirituales. Plantearemos el tema desde una perspectiva histórica en busca de una respuesta a la duda que nos surgió hace casi una semana.
El domingo anterior, durante la celebración del Domingo de Ramos, el ciudadano Robert Francis Prevost Martínez, el papa León XIV, se pronunció en contra de “la atroz guerra en Medio Oriente”. Asimismo, “rechazó los intentos de instrumentalizar a Dios como justificación para la guerra” y, aseveró: “Dios rechaza las oraciones de los líderes que inician guerras y tienen las manos llenas de sangre”. Ante ello, evocamos episodios históricos que nos recordaron aquello de “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”.
Era el año 306 cuando fallece el emperador romano Constantius I, Flavius Valerius Constantius. Para sucederlo emergieron su hijo Constantino, Maximiano, Licinio, Galerio, Maximino y Majencio. Serían el primero y el último quienes disputarían el trono en combate militar. De acuerdo con el obispo Eugenio di Cesarea, amigo de Constantino, la noche previa a la lucha, éste se preguntaba a cuál dios pedirle ayuda. Estimaba que Majencio recurriría a la brujería y solamente con la protección divina podría derrotarlo. Optó por el dios Sol, favorito de su familia y oró pidiéndole que le revelara quien era. De pronto, en el firmamento, apareció una cruz luminosa con la frase “In hoc signo Vinces” (Con este signo vencerás). Esa noche, Constantino soñó que Cristo lo invitaba a decorar a los soldados con el símbolo de la cruz y así lo hizo. La batalla ocurrió el 28 de octubre de 312 cerca de Saxa Rubra y terminó en el Puente Milvio. Majencio se ahogó en el Tiber y Constantino entró triunfante a Roma. En 313, emitió el Edicto de Milán con el cual concedió la libertad de culto a los cristianos y el catolicismo terminaría por ser la religión oficial del Imperio Romano.
Nos preguntamos: ¿Detrás de esa postura estaba instrumentalizar a Dios como justificación para la guerra? ¿Caería Constantino entre los “líderes a quien Dios les rechaza las oraciones por que inician guerras y tienen las manos llenas de sangre”?
El 27 de noviembre de 1095, durante el Concilio de Clermont, el ciudadano Otho de Lagery, el papa Urbano II (1088-1099), pronunció un discurso en contra de los infieles. Acorde con la versión de Foucher de Chartres, esa pieza señalaba: “Pues, como la mayoría de vosotros habéis oído, los turcos y los árabes los han atacado y han conquistado el territorio de Rumania hasta la costa del Mediterráneo y el Helesponto, llamado el Brazo de San Jorge”.
“Han ocupado cada vez más tierras de esos cristianos y los han vencido en siete batallas. Han matado y capturado a muchos, han destruido las iglesias y devastado el imperio. Si les permitís continuar así por un tiempo, los fieles de Dios serán atacados aún más ampliamente”. ‘Por esta razón, yo, o, mejor dicho, el Señor, os ruego como heraldos de Cristo que publiquen esto por todas partes y persuadan a todos, sin importar su condición, soldados y caballeros, pobres y ricos, a que presten ayuda de inmediato a esos cristianos y expulsen a esa vil raza de las tierras de nuestros amigos. Esto lo digo a los presentes, pero también va dirigido a los ausentes. Además, Cristo lo ordena”.
“Todos los que mueran en el camino, ya sea por tierra o por mar, o en batalla contra los paganos, recibirán el perdón inmediato de sus pecados. Esto se lo concedo yo por el poder de Dios con el que estoy investido”. Con esas palabras Urbano II daba el banderazo para que los católicos se fueran a la Primera Cruzada (1096-1099).
Nos preguntamos: ¿Detrás de esa postura estaba instrumentalizar a Dios como justificación para la guerra? ¿Caería don Otho entre los “líderes a quien Dios les rechaza las oraciones por que inician guerras y tienen las manos llenas de sangre”?
Tras de la caída a manos de los musulmanes, en 1144, del Condado de Edesa (Urfa, Turquía), Bernardo da Pisa, el papa Eugenio III (1145–1153), emitió, el 1 de diciembre de 1145, la bula Quantum praedecessores en la cual convoca al rey Luis VII de Francia para que encabece la reconquista de Edesa. Asimismo, el papa buscó el apoyo de Bernard de Clairvaux, un monje francés cisterciense, abad de Clairvaux, personaje muy destacado en la defensa de la religión. La bula establecía que quienes participaran en la lucha, recibirían la protección de sus bienes y los de sus familias, se les perdonarían sus deudas y pecados, pero no podría ni portar ropas caras, ni hacerse acompañar de perros y halcones. De muy poco sirvió todo aquello, la Segunda Cruzada (1147-1149) resultó un fracaso tras de que no fueron capaces de concretar el asedio a Damasco iniciado en 1148.
Nos preguntamos: ¿Detrás de esa postura estaba instrumentalizar a Dios como justificación para la guerra? ¿Caería don Bernardo entre los “líderes a quien Dios les rechaza las oraciones por que inician guerras y tienen las manos llenas de sangre”?
Posteriormente, Alberto di Morra, el papa Gregorio VIII (octubre-diciembre, 1187) emitió, el 29 de octubre de 1187, la bula papal Audita tremendi. En ella, se lamenta de que, el 4 de julio de 1187, los cristianos hayan sido derrotados en la Batalla de Hatin tras de la cual, el 2 de octubre, Jerusalem caería. Señalaba que la derrota “era un castigo divino hacia la cristiandad latina, invocando una teodicea que retrataba a las fuerzas de Saladino como instrumentos del juicio de Dios, similares a los que usaban los paganos bíblicos, como los asirios o los babilonios, para castigar a Israel”. Señalaba que los musulmanes eran “paganos, no herejes cristianos”, porque, “adoran a un Dios diferente al de los cristianos y los judíos”. Todos los cristianos deberían participar en esa Tercera Cruzada ya que realizarían un acto de penitencia para aplacar la ira de “Dios, quien de otro modo habría optado por reconquistar Tierra Santa por su cuenta si así lo hubiera deseado”. Les recalcaba que Jesucristo “enseñó con su propio ejemplo que los hombres deben dar la vida por sus hermanos”.
Nos preguntamos: ¿Detrás de esa postura estaba instrumentalizar a Dios como justificación para la guerra? ¿Caería don Alberto entre los “líderes a quien Dios les rechaza las oraciones por que inician guerras y tienen las manos llenas de sangre”?
Transcurrieron once años antes de que Lotario de’ Conti di Segni, Inocencio III (1198–1216), decidiera ir a recuperar la Tierra Santa. Don Lotario no se conformaba con emitir bulas, él quería ir al frente de los ejércitos. Mediante la bula papal Post miserabile, emitida en 1198, llamó a la Cuarta Cruzada (1202-1204). En ella ofrecía a quienes tomaban la cruz que se les protegerían sus bienes mientras estaban ausentes, incluyendo la suspensión del pago del capital y los intereses de sus deudas con los judíos.
Asimismo, Inocencio III ordenó a todos los clérigos que deberían de donar un cuarto de sus ingresos. Envió emisarios al rey de Inglaterra, John, y al de Francia, Philip, quienes se comprometieron hacerle llegar fondos. El primero, inclusive, estableció un impuesto clerical en su reino. Para administrar la colecta, se nombró al arzobispo de Canterbury, Hubert Walter. Eso, no impidió que se presentaran dificultades, además de que en Inglaterra se dieron varios casos de corrupción y una resistencia a realizar aportaciones. El propósito inicial de la Cuarta Cruzada fue la reconquista de la Tierra Santa, pero este se desvirtuó y terminó con la conquista y saqueo de Constantinopla por los cruzados quienes establecieron el efímero Imperio Latino. Don Lotario no se quedaría quieto.
En 1215, convocó al Cuarto Concilio de Letrán. Estableció una serie de reformas a su Iglesia, y, en el Canon 71, convocó a una “Cruzada para recuperar Tierra Santa… de manos infieles”. Proponía iniciarla el 1 de junio. Las cosas se retrasaron y, en 1216, el papa falleció.
Nos preguntamos: ¿Detrás de esa postura estaba instrumentalizar a Dios como justificación para la guerra? ¿Caería don Lotario entre los “líderes a quien Dios les rechaza las oraciones por que inician guerras y tienen las manos llenas de sangre”?
La semilla sembrada floreció con Cencio Savelli, el papa Honorio III (1216–1227), quien al igual que su predecesor tenía dos objetivos: lograr una reforma espiritual de la Iglesia Católica y conforme a lo estipulado en el Concilio referido, recuperar Tierra Santa lo cual debería de emprenderse a partir de 1217.
Don Cencio era de talante distinto al de su antecesor y estimó que el objetivo podría lograrse a través de la bondad y la indulgencia. Pero requería fiducia y estableció que, durante tres años, el papa y los cardenales aportarían la décima parte de sus ingresos y el resto de los eclesiásticos la vigésima parte, Los obispos, bajo la supervisión de los legados papales en los distintos reinos, se encargaron de recaudar estos fondos que fueron insuficientes. Ordenó que la Cruzada se predicara en las iglesias, al tiempo que buscó incorporar el mayor número de personas a los ejércitos sin ver si eran o no aptos para ir a guerrear.
Aunado a ello, la mayoría de los gobernantes europeos estaban inmersos en sus propias guerras. Sin embargo, Honorio III estaba convencido de que el único quien podía recuperar la Tierra Santa era Federico II de Alemania. Finalmente, éste prometió zarpar hacia Tierra Santa el 24 de mayo de 1217 y, más tarde, una flota de cruzados de la región del Bajo Rin partió hacia el lugar. Conquistaron Damietta y algunos otros lugares de Egipto; pero la falta de unidad entre los cristianos, así como la rivalidad entre los líderes y el legado papal Pelagio, un incompetente, provocaron el fracaso que se produjo en 1221.
Nos preguntamos: ¿Detrás de esa postura estaba instrumentalizar a Dios como justificación para la guerra? ¿Caería don Cencio entre los “líderes a quien Dios les rechaza las oraciones por que inician guerras y tienen las manos llenas de sangre”?
La Sexta Cruzada se dio en el papado de Ugolino di Conti, Gregorio IX (1227–1241). Se iniciaría en 1227, pero cuando Federico II iba camino a Siria, enfermó en medio de una pandemia y se regresó. Enfurecido don Ugolino lo excomulgó y denominó anticristo. Ello, no impidió que, en 1128, el monarca germano partiera rumbo a Medio Oriente. En febrero de 1229, Federico II firmó un acuerdo con el nieto de Saladino, el sultán de Ayyubí, al-Malik al-Kamil. A cambio, los cristianos obtuvieron el dominio de las ciudades de Belén, Nazaret, Sidón y Torón; se les cedió buena parte del territorio de Jerusalén, a excepción de la Cúpula de la Roca, sitio sagrado para el Islam. Los cruzados reconocieron la libertad de culto de aquellos musulmanes que habitaban en ciudades cristianas. Asimismo, en marzo de 1229, Federico II fue coronado rey de Jerusalén, aunque se desempañaba como regente de su hijo Conrado. El éxito de la Sexta Cruzada provocó la ira de Gregorio IX quien desconoció el acto y volvió a excomulgar a Federico. Si don Ugolino hubiera sido aficionado a la lucha libre diríamos que era de los que gritaban “quiero ver sangre”.
No obstante, la paz que reinaba, en 1233, Gregorio IX estableció la Inquisición Papal para perseguir la herejía. Asimismo, en 1239, influido por un judío converso, Nicolás Donin, el papa ordenó confiscar de todas las copias del Talmud judío y no descansó hasta ver como 12 mil manuscritos talmúdicos quedaban reducidos a cenizas el 12 de junio de 1242 en París.
Nos preguntamos: ¿Detrás de esa postura estaba instrumentalizar a Dios como justificación para la guerra? ¿Caería don Ugolino entre los “líderes a quien Dios les rechaza las oraciones por que inician guerras y tienen las manos llenas de sangre”?
Al finalizar los diez años de tregua firmados durante la Sexta Cruzada, Ricardo de Cornualles y Teobaldo IV de Champagne se dirigieron a Jerusalén para mantenerla bajo su custodia. Sin embargo, en 1244, los turcos la saquearon, profanaron los restos de antiguos reyes cruzados y masacraron a más de 30 mil cristianos. Esto dio pie a organizar la Séptima Cruzada para recuperar Tierra Santa. El llamado lo haría Sinibaldo Fiechi, el papa Inocencio IV (1243-1254), durante el Concilio de Lyon efectuado en 1245. La dirección de los ejércitos fue encomendada, nuevamente a Luis IX de Francia quien durante tres años entrenó a 35 mil hombres. Si bien la realeza francesa recolectó fondos para la misión, la respuesta del resto de Europa fue escasa o tardía. En 1248, Luis IX partiría para atacar Egipto. La aventura terminó, en 1250, en desastre y tuvo que refugiarse en Tierra Santa hasta 1254. Entonces, sin recursos económicos, ordenó a sus soldados emprender el regreso a Europa. Para ese momento, el rey de Francia había terminado los arreglos en las ciudades cruzadas y, también, había conseguido la liberación de los todos prisioneros cristianos.
Nos preguntamos: ¿Detrás de esa postura estaba instrumentalizar a Dios como justificación para la guerra? ¿Caería don Sinibaldo entre los “líderes a quien Dios les rechaza las oraciones por que inician guerras y tienen las manos llenas de sangre”?
Cuando, en 1270, la Octava Cruzada inició, la Iglesia Católica atravesaba por una crisis suscitada tras de la muerte de Guy de Foulques, el papa Clemente IV (1265-1268), quien durante su gestión apoyaba la idea de Luis IX de ir a esa lucha. Éste decidió emprenderla, pero no tuvo repercusión alguna en Europa. El desánimo era generado por el hecho de que la lucha se trasladaba de Medio Oriente al norte de Africa, Tunez, y de ahí hacia Egipto en donde pensaban establecer un puerto de abastecimiento para ir a impedir que los mamelucos continuaran apoderados de Tierra Santa. La expedición que estuvo plagada de enfermedades y calor extremo terminó con la muerte del propio monarca francés por peste el 25 de agosto de 1270, sin obtener nada.
Nos preguntamos: ¿Detrás de esa postura estaba instrumentalizar a Dios como justificación para la guerra? ¿Caería don Guy entre los “líderes a quien Dios les rechaza las oraciones por que inician guerras y tienen las manos llenas de sangre”?
En tiempos más recientes, el 18 de noviembre de 1926, el ciudadano Ambrogio Damiano Achille Ratti, el papa Pío XI (1922-1939), emitió la encíclica Iniquis Afflictisque sobre la persecución de la Iglesia en México. Entre otras cosas señalaba que “no cabe la menor duda de que la jerarquía [eclesiástica] mexicana ha utilizado unánimemente todos los medios a su alcance para defender la libertad y el buen nombre de la Iglesia. En primer lugar, redactaron una carta pastoral conjunta a su pueblo en la que… exhortaron a los fieles, exponiendo la constitución divina de la Iglesia, a que ellos también perseveraran siempre en su religión, de tal manera que obedecieran a Dios antes que a los hombres en cada ocasión en que alguien intentara imponerles leyes que no son menos contrarias a la idea misma de la ley y que no merecen el nombre de ley, sino que son contrarias a la constitución y existencia misma de la Iglesia”.
Asimismo, indicaba que los hombres y mujeres integrantes de “…los Caballeros de Colón, u oficiales de la Federación, de la Unión de Mujeres Católicas de México o de la Sociedad de la Juventud Mexicana…, son tan valientes que, en lugar de huir del peligro, salen a buscarlo, e incluso se alegran cuando les toca sufrir persecución por parte de los enemigos de la Iglesia. ¡Qué hermoso espectáculo se ofrece al mundo, a los ángeles y a los hombres! ¡Cuán dignas de eterna alabanza son tales actos!… Además, Venerables Hermanos, y al narrar esto apenas podemos contener nuestras lágrimas, algunos de estos jóvenes han afrontado la muerte con alegría, con el rosario en las manos y el nombre de Cristo Rey en los labios”.
Con ese documento, se dio el banderazo para que los católicos mexicanos salieran a matarse en una reyerta inútil, apodada la cristiada, que duró tres años y costó la vida a 100 mil habitantes de nuestro país.
Nos preguntamos: ¿Detrás de esa postura estaba instrumentalizar a Dios como justificación para la guerra? ¿Caería don Ambrogio Damiano Achille entre los “líderes a quien Dios les rechaza las oraciones por que inician guerras y tienen las manos llenas de sangre”?
Como se puede apreciar a lo largo de este recorrido histórico, cuando no se está libre de pecado lo mejor no es arrojar la primera piedra pues esta actúa como bumerán y deja mal parado a quien emite juicios descalificatorios. vimarisch53@hotmail.com
Añadido (26.13.43) Para callar la boca de los criticones que se oponen a la “ayuda humanitaria” y los veinte mil pesos que ha enviado para mantener la dictadura cubana, ahora les dará quince mil pesos a los pescadores mexicanos que han sido víctimas del derrame petrolero causado por barcos fantasmas (¡!) y chapopoteras (¡! ¿?).
Añadido (26.13.44) Nos encontramos una nota sobre un partido de beisbol Mucha tecnología para determinar si un lanzamiento fue bola o strike, pero incapaces de llevar el conteo correcto. En el partido entre Boston y Houston, un bateador, de este último equipo conocido por su proclividad a las triquiñuelas, abanicó tres lanzamientos y aún pudo obtener la base por bolas. El umpire perdió la cuenta y nadie se percató de ello. Las llamadas Ligas Mayores al nivel de Liga Llanera o, como dicen ellos, de “una Bush League”.
Añadido (26.13.45) ¿Ya se habrá ordenado un pedido de botanas bien surtidas allá por los rumbos de la cancillería mexicana? La otrora respetada diplomacia mexicana continua en manos de aprendices.