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Del YomKippur y rehénesTeheran al Estrecho de Ormuz

Así lo dice La Mont

 

Guerra energética: La geopolítica del crudo volvió a colocar al Estrecho de Ormuz en el epicentro de una inquietud global que, por su dimensión energética, amenaza con eclipsar la memoria traumática de la crisis del Yom Kippur de 1973. En aquel episodio, el boicot árabe contra las naciones occidentales y Estados Unidos por su apoyo irrestricto a Israel reconfiguró el orden económico mundial, introduciendo por primera vez el concepto del petróleo como un arma política . Sin embargo, la actual coyuntura en el Estrecho de Ormuz presenta una peligrosidad mayor: mientras que en el 73 el desafío era principalmente de suministros y embargo comercial, en 2026 el riesgo es una asfixia física total en un cuello de botella por donde transita una quinta parte del consumo mundial de petróleo.

El cierre de este paso no solo implicaría un desabasto logístico, sino un colapso sistémico en las cadenas de valor de una economía globalizada que es más interdependiente de lo que fue hace cinco décadas. La tensión actual sugiere que un bloqueo en Ormuz no es simplemente un “castigo” a Occidente, sino un acto de sabotaje a la estabilidad industrial global que dejaría al boicot de los setenta como un mero ensayo histórico frente a una parálisis de escala incalculable.

Amenaza: Los autores de este conflicto contemporáneo se mueven en una compleja red de actores estatales y milicias que convirtieron la seguridad energética en una moneda de cambio. Por un lado, el régimen iraní y su Guardia Revolucionaria perfeccionar la guerra asimétrica en aguas del Golfo, empleando la amenaza del bloqueo como respuesta directa a las sanciones económicas y al cerco diplomático liderado por Washington. Del otro lado, la coalición occidental y sus aliados regionales intentan mantener la libertad de navegación en un entorno donde el riesgo de error de cálculo es máximo.

Esta nueva crisis significa una escalada inmediata en el valor del barril de petróleo, impulsada no solo por la escasez física, sino por la prima de riesgo geopolítico que los mercados financieros aplican a cada barril. La volatilidad se disparó porque, a diferencia de crisis anteriores, la capacidad de respuesta de los países productores externos a la zona es limitada, y cualquier chispa en el Estrecho de Ormuz se traduce automáticamente en un incremento de dos dígitos en los contratos de futuro de crudo, impactando la inflación global de manera casi instantánea.

¿Reedición?: La sombra de la historia se proyecta inevitablemente hacia 1979, un año que cambió para siempre el equilibrio del poder en el Medio Oriente con la caída del Sha de Irán Mohammed Reza Pahlevi. La transición de una monarquía prooccidental a un gobierno teocrático liderado por el Ayatolá Ruollah Mousavo al Jomeini no solo alteró el mapa de alianzas, sino que provocó una de las mayores crisis de confianza en la historia de la política exterior estadounidense. El fracaso del presidente Jimmy Carter para liberar a los rehenes en la embajada de Teherán, simbolizado trágicamente en la fallida Operación Garra de Águila, dejó una herida abierta en la psique política de Estados Unidos y marcó el fin de su presidencia.

 

Curiosamente, tras la agitación inicial de la Revolución Islámica que llevó los precios a niveles récord, el mercado experimentó posteriormente un desplome drástico. La reacción de los países consumidores, que comenzaron a diversificar sus fuentes de energía y establecer medidas de eficiencia, junto con la entrada de nuevos productores fuera de la OPEP, generó un exceso de oferta que hundió los precios en la década de los ochenta, demostrando que incluso las crisis más profundas pueden derivar en una regulación del mercado que castiga a los propios exportadores.

Coyuntura: Bajo el escenario actual, las proyecciones sobre el precio del barril de petróleo están intrínsecamente ligadas a la duración y la intensidad del conflicto armado. Si se cumplen las advertencias del presidente Donald Trump respecto a una resolución de las hostilidades en un plazo de tres semanas, el mercado experimentaría una de las correcciones a la baja más sensibles. Un fin de la guerra en un periodo tan breve eliminaría de golpe la prima de riesgo por interrupción de suministro, permitiendo que el precio del barril regrese a sus fundamentos de oferta y demanda reales.

En este escenario de paz acelerada, el crudo podría estabilizarse en niveles significativamente más bajos al disminuir las presiones inflacionarias que asfixian a las economías europeas y estadounidense . No obstante, este optimismo choca con la realidad estructural del Golfo, donde la infraestructura dañada y la desconfianza podrían mantener una resistencia en los precios. El desplome del valor solo sería sostenible si la conclusión del conflicto viene acompañada de un acuerdo de navegación segura en Ormuz, devolviendo al mercado la certeza de que el flujo energético no volverá a ser tomado como rehén en el corto plazo por las ambiciones de los actores regionales.

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