Por Alejandra Del Río
Hay momentos en la historia política de un país en los que la narrativa oficial deja de ser suficiente. No porque cambie el discurso, sino porque cambia el espejo.
Y hoy, el espejo de México ya no está en Palacio Nacional. Está en las páginas del Wall Street Journal, en los análisis de The Economist, en los informes de organismos internacionales… y, paradójicamente, en las voces que desde la propia política nacional intentan advertir lo que el poder se niega a reconocer.
Los desaparecidos son la tragedia que no cabe en la propaganda; La reciente columna del Wall Street Journal lo sintetiza con una claridad incómoda:
“Mexico’s missing persons crisis has worsened under Morena, even as the government claims improvements in security.”
-La crisis de los desaparecidos en México ha empeorado bajo Morena aún cuando el gobierno presume que hay mejoras en seguridad-
La contradicción es brutal. Mientras el gobierno presume avances en seguridad, el fenómeno más doloroso —el de los desaparecidos— sigue creciendo, desbordando cualquier intento de narrativa.
Y aún más grave:
“Families of the missing don’t trust the government to investigate or even to count their loved ones accurately.”
-Los familiares de los desaparecidos no confian al gobierno las investigaciones, ni siquiera en que sus familiares son contados en las cifras de desparecidos oficiales-
Es decir, el problema ya no es solo la desaparición de personas, es la desaparición de la confianza en el Estado.
Lo verdaderamente revelador no es que exista crítica. Es que coincide desde distintos frentes.
Desde México, Alejandro Moreno Cárdenas lider del PRI, en su artículo en El Universal, ha señalado con contundencia que el país enfrenta una crisis de seguridad que el gobierno intenta minimizar políticamente, acusando una estrategia de simulación frente a la tragedia de los desaparecidos.
Su lectura no es menor: advierte que negar la realidad no solo agrava el problema, sino que rompe el vínculo entre gobierno y ciudadanía.
Pero aún más significativo es el ámbito internacional es que la Organización de las Nciones Unidas ha emitido informes y alertas sobre la magnitud del fenómeno de desapariciones en México, señalando deficiencias estructurales en su atención.
¿La respuesta del gobierno? La descalificación. La Presidenta Sheinbaum ha optado por cuestionar públicamente el diagnóstico de la ONU, minimizando sus implicaciones y rechazando la narrativa de crisis hasta en tonito burlón en sus mañaneras y ahí es donde el problema escala:
Su gobierno decide confrontar los datos en lugar de atender la emergencia, tal cual lo hace con cualquier crítica, pero los ojos del mundo están puestos sobre ella, le puede mentir al público mexicano, pero no a la inversión extranjera, ni la opinión pública internacional.
En paralelo, The Economist ha sido igualmente incisivo al señalar que el crecimiento económico de México se encuentra en niveles preocupantes, con una desaceleración que refleja algo más profundo que un ciclo coyuntural.
El problema no es solo cuánto crece México.
Es por qué no crece lo que podría crecer.
Sin reformas estructurales, con señales ambiguas hacia la inversión, sin apego a la legalidad y con una estrategia económica centrada más en la redistribución que en la generación de riqueza, el país está perdiendo una oportunidad histórica en el contexto del nearshoring.
En términos simples:
México está en la conversación global… pero no en la captación real de sus beneficios.
El fondo del problema: poder sin corrección y fallos sin concecuencias.
El Wall Street Journal introduce un elemento clave:
“Morena’s dominance has weakened institutional checks, making accountability on security failures harder.”
-El dominio de Morena ha debilitado los controles institucionales, haciendo que la rendición de cuentas sobre los fallos de seguridad sea más difícil-
Aquí converge todo.
La crisis de desaparecidos, el bajo crecimiento económico y la descalificación de organismos internacionales no son fenómenos aislados. Son síntomas de un mismo modelo:
un poder que se concentra y que, al hacerlo, pierde capacidad de autocorrección.
Cuando no hay contrapesos, no hay ajustes.
Y cuando no hay ajustes, los errores se vuelven política de Estado.
El gobierno insiste en una narrativa de transformación exitosa. Pero la realidad —documentada dentro y fuera del país— comienza a contradecirla de manera sistemática.
Y en política, hay una regla inquebrantable:
las narrativas pueden ganar elecciones, pero no pueden sostenerse indefinidamente contra los hechos.
Hoy, los hechos son claros:
- desaparecidos en aumento,
- crecimiento económico débil,
- instituciones bajo presión,
- y un gobierno que responde a la crítica descalificando al mensajero.
México no enfrenta un problema de percepción.
Enfrenta un problema de negación.
Cuando la crítica viene de la oposición, se pueden dar el lujo de ignorarla.
Cuando viene de la prensa internacional, incomoda sobre manera.
Cuando viene de organismos como la ONU debería atenderse inmediatamente.
Pero cuando todas coinciden…
Negarla deja de ser estrategia y se convierte en riesgo.
Porque los gobiernos no caen por lo que dicen de ellos.
Caen por lo que se niegan a ver.