Columna de opinión
Desde la camioneta
Luis Farías Mackey
Luis Farías Mackey
El detalle lo leí de Salvador Camarena, lo dijo de paso: Sheinbaum, “siempre desde su camioneta”.
La observación me llamó la atención, las imágenes de la presidente en sus giras de fin de semana son siempre las mismas, o está sobre un templete frente a una concentración multitudinaria que se extiende hasta perderse de vista, repitiendo el único discurso que tiene, o la fotografían saludando desde su camioneta a las personas que pudieron acercársele. Cuando mucho saca el torso por la ventanilla para saludar a lo lejos a una multitud que nunca logra verse.
La reiteración de las imágenes nos dice algo, las grandes concentraciones, además del gasto del erario y basura no dejan nada, la gente termina cansada y enfadada, a la larga se siente utilizada y finalmente, como al PRI, se lo cobran en las urnas. Por otro lado, no se muestran escenas de su llegada ni salida del evento, cercana y entremezclada con la gente, lo que permite pensar que ingresa y sale sin cruzar el foro ni saludar ni escuchar en corto a algunos de los presentes.
Las fotografías sin bajarse de la machuchona expresan mucho más, no sólo no se apea para atender a las personas con disposición, atención y tiempo, sino que pone de por medio la puerta del vehículo y seguramente a su ventana únicamente se acercan quienes su cuerpo de seguridad lo permite, finalmente, en cualquier momento con un leve avance del vehículo desplaza a cualquier personaje incómodo. Forzosamente todas las toman tienen que ser cerradas, dando con ocho o diez personas a cuadro la impresión de una multitud desbordada que la corea a rabiar.
No dudo que en ambos casos haya razones de seguridad que aconsejen esa distancia, porque su ausencia de empatía y asertividad no es materia de la organización ni de la logística, pero no deja de sorprender la falta de imaginación para organizarle eventos diferentes que en ambientes controlados y seguros la muestren cercana y atenta al pueblo.
El mensaje que parece enviar es que ella es feliz siendo aplaudida, pero no interactuando y menos atendiendo verdaderamente, no sólo para efectos mediáticos, a la gente. Las madres buscadoras, por ejemplo.
El saludo de paso se enraíza hasta el origen de los viejos imperios, pasando por las monarquías y llegando hasta el priísmo, en todos los casos se movilizaba a los pobladores de caserios o pequeños poblados de la región a la vera del camino por el que habría de pasar el emperador, monarca o presidente, quien saludaba desde atrás de las cortinas de sus literas o carruajes, desde arriba del caballo, o tras la ventana de sus vehículos motorizados, en adoración, como santo en procesión.
Así que nada raro tiene que la presidente no acuda a los estadios, que se encierre con las huestes de Ixtapalapa a ver los partidos del mundial, o de plano se amuralle con la momia de su marido en un salón presidencial hecho sarcófago.
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