Columna de opinión
Desvergonzado
Luis Farías Mackey
Luis Farías Mackey
La vergüenza responde a un orden social asumido que se reconoce quebrantado y al cual se reintegra por ella como expiación. Implica pues una valoración que termina expresándose en cohesión social (Byug-Chul Han 2026).
Pero vivimos tiempos de desvaloración de todos los valores que son substituidos por gentes como Noroña por “dictados narcisistas, como por ejemplo el poder, la ambición, el oportunismo, el resentimiento o la venganza” (Wurmser 1997). Principalmente por el cinismo, el escarnio y la burla a los valores de los demás, pero también, de tenerlos, de los propios: “la desvergüenza rechaza la vergüenza sentida originariamente” (Íbidem).
En otras palabras, sostiene Wurmser, para que haya desvergüenza es necesario que exista un profundo sentimiento de vergüenza: “Dado que la desvergüenza constituye un desprecio hacia sí mismo, es muy probable que el cínico ‘desvergonzado’ sea, en el fondo, una persona a la que se le ha infligido una humillación traumática, a la que se ha avergonzado de manera cruel, que inicialmente sufrió con profundo desdén hacia sí mismo y su autonomía y que ahora intenta acabar con esa humillación convirtiéndola, a lo largo de toda su vida, en lo contrario”.
La cita sigue: es allí donde el poder y la propiedad lo son todo y es de buen tono mostrarse irrespetuoso e irreverente, la manifestación de sentimientos de ternura o de veneración, de amor o de amistad se interpreta como una debilidad y motivo de vergüenza, por tal razón estas personas “han dejado de avergonzarse ante la violencia y el deshonor, ante el engaño y la exhibición sexual, pero se avergüenzan ante los sentimientos de amistad y lealtad, ante la afectuosa deferencia y la delicada discreción, que se consideran signos de futilidad y debilidad que hay que evitar (…) La vergüenza, la humillación y la agresión se alimentan mutuamente” (Íbidem).
Y se puede entender la personalidad de este tipo de sujetos, pero es imposible dejar de señalar que la política requiere de un piso firme de respeto y la alteridad de tacto y responsabilidad. Reducir el Congreso mexicano, y para efectos prácticos a México mismo, en escarnio de deficiencias y venganza de humillaciones personales no deja de ser, por decir lo menos, psicótico.
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