Memoria, crisis y necesidad de renovación
Dr. Héctor San Román Arriaga
Ex Sub Secretario de Relaciones del Comité Nacional de la C.T.M
Nada revela con mayor crudeza el sentido de una institución que el contraste entre su origen y su presente.
Pocos descubrimientos son tan exasperantes como los que rebelan la genes de las ideas: Lord Acton.
Los acontecimientos contemporáneos difieren de la historia en que no conocemos los resultados que producirán. Mirando hacia atrás, podemos apreciar la significación de los sucesos pasados y trazar las consecuencias que quedaron en su tránsito. Pero mientras la historia fluye, no es historia para nosotros. Nos lleva hacia una organización histórica y quizá podremos lograr un destello de lo que tenemos delante. Diferente sería si se nos permitiera pasar por segunda vez a través de los mismos acontecimientos con todo el saber de lo que vimos antes.

¿Qué está ocurriendo hoy con la Confederación de Trabajadores de México?, hagamos una revisión crítica de su historia y de su crisis actual.
La unificación y organización de los trabajadores fue una convicción política permanente del Presidente Lázaro Cárdenas. En su concepción, la unidad obrera no era un instrumento coyuntural, sino la base de todo progreso revolucionario:
“La unificación y la organización de los trabajadores son la base fundamental para todo progreso revolucionario, y es preciso insistir en la idea hasta que quede profundamente grabada en la conciencia y en la realidad de nuestra patria”.

De ese ideario nació, en febrero de 1936, la Confederación de Trabajadores de México, tras la disolución del Comité Nacional de Defensa Proletaria. Ya no como coalición efímera, sino como gran central obrera nacional, con un proyecto que rebasaba lo gremial: la CTM se asumía como parte del destino del país, solidaria con el pueblo, defensora de la soberanía y vinculada al proletariado internacional.
El Congreso Constituyente, celebrado en la Arena Nacional los días 21 al 24 de febrero de 1936, fue un acto de unidad sin precedentes. No importaban ideologías, credos, origen social ni nivel cultural: sólo la conciencia de clase y la urgencia histórica de consolidar al movimiento obrero como fuerza social.

Este 2026 se cumplen 90 años de ese momento fundacional. Y con orgullo, representé a la CTM como legislador; en el ámbito internacional, en America, África, Asia y Europa; fui parte de aquella generación de jóvenes con espíritu de servir a la causa cetemista que fue integrado al Comité Nacional encabezado por Don Fidel Velázquez Sánchez, un líder irrepetible.
Con el paso del tiempo, la CTM no sólo creció: se volvió más consciente de sus deberes históricos. En el Séptimo Congreso Nacional Ordinario (1962), ya no se discutía sólo salario y jornada, sino el papel de la clase trabajadora en el proyecto de nación. Se hablaba de educación obrera, estudios económicos, comunicación social y derechos fundamentales: huelga, contratación colectiva, asociación, seguridad y salud en el trabajo, semana de 40 horas.
Aspiraban entonces a la Secretaría General figuras auténticas del sindicalismo: Francisco Pérez Ríos, Jesús Yuren, Blas Chumacero, Salvador Carrillo, Heliodoro Hernández Loza. El Congreso ratificó a Fidel Velázquez, y la decisión fue aceptada con disciplina y respeto.

“La lucha obrera es tan apasionante que lo estimula a uno en vez de fatigarlo”.
La unidad era el principio rector. Porque cuando el movimiento obrero se divide, surgen la corrupción, la desorientación y la pérdida de fuerza social. Aparecen los “falsos redentores”, el foquismo, el espontaneísmo sin proyecto: expresiones que fragmentan, corrompen y debilitan.
Fidel Velázquez entendió que la unidad no se impone por la fuerza, sino por la autoridad moral. Decía: “Yo creo que está prohibido para nosotros hacernos ricos a costa de la organización. La Organización nunca la he considerado mía. Es de todos”. “No se puede exponer a la organización por ambiciones personales”.
Hoy, a escaso mes del XC aniversario, la CTM atraviesa una crisis grave. Su Secretario General, Carlos Aceves del Olmo, permanece ausente desde hace más de ciento cincuenta días; su oficina está ocupada irregularmente; no hay información clara sobre su estado físico y mental; no existe certificación pública. La opacidad y la codicia han sustituido a la institucionalidad.

La Confederación no es una empresa familiar. Sin embargo, una camarilla, ligada a la familia Aceves, ha asumido el control violando estatutos y principios. No hay transparencia financiera, ni auditorías públicas como en tiempos de Don Fidel. La autonomía moral de la CTM se ha erosionado.
Recordemos:
“A las instituciones no las envejece el tiempo, sino sus actos”.
Hoy la CTM ha perdido relato, credibilidad y presencia histórica. No se ha renovado, no dialoga es ajena a los cambios del mundo del trabajo y a la realidad geopolítica. Esta sumida en Contradicciones, Claudicaciones, Desviaciones y Retrocesos. Ha olvidado su razón de ser: “Procurar el cambio social”.

La C.T.M. debe despojarse de la codicia y las ambiciones personales, hechos reprobables que; estorban su marcha ascendente y, eliminar todos los obstáculos que se se opongan al triunfo de sus postulados por la emancipación de México. Porque la cooperación que el país reclama a trabajadores manuales e intelectuales del campo y la ciudad no consiste en la celebración de manifestaciones con aplausos y vítores entusiastas, sino de la preocupación constante por marcar los actos de Unidad como un solo frente que imponga respeto frente al Estado de derecho.
Renovar no es traicionar. A veces, cuando una organización se aleja de su esencia, la mayor lealtad consiste en atreverse a cambiar.

La CTM necesita un nuevo liderazgo, sano, legítimo, con autoridad moral, experiencia y visión histórica; capaz de unir, no de administrar ruinas; de representar a los trabajadores en México y recobrar su prestigio en el contexto sindical internacional.
Porque una clase obrera dividida y claudicante no transforma: se resigna.
Y la CTM no nació para resignarse. Ni para satisfacer codicias personales porque no es cuna para riquezas malhabidas.













