Juan Luis Parra
Todo comenzó en La Habana. Cuando Chávez salió de prisión tras su fallido golpe de Estado, Fidel Castro lo recibió como a un heredero. No de un país, sino de un proyecto. Cuba, sin la URSS y sin petróleo, vio en Chávez una mina ambulante con discurso populista y complejo de mesías. Y Chávez no decepcionó: volvió de la isla convertido en Terminator político. Armó un partido, recorrió el país y ganó las elecciones como si llevara años en campaña.
¿Y qué hizo una vez en el poder? Lo que Castro no podía hacer ya: financiar una revolución internacional. Con los precios del crudo por las nubes, Chávez nacionalizó la industria petrolera, purgó a PDVSA (el Pemex de allá) y convirtió los ingresos en chequera ideológica. Así nacieron UNASUR, ALBA, CELAC… y un largo etcétera de estructuras diseñadas para proteger regímenes amigos, comprar lealtades y consolidar el “socialismo del siglo XXI”.
Cuba, mientras tanto, cobraba. No con inversiones, ni con desarrollo, ni con democracia. Cobraba con barriles. Las “misiones bolivarianas” eran su moneda de cambio: médicos, maestros y espías disfrazados de ayuda humanitaria. Los dólares no llegaban a los trabajadores cubanos. Iban directo al régimen de La Habana. ¿Cómo lo llamaron en el Congreso español? “Esclavitud moderna”.
Ahora bien, si alguien pensó que ese proyecto murió con Chávez, se equivocó de siglo. El chavismo no desapareció: se recicló. Y encontró en México un nuevo canal de distribución.
El petróleo sigue siendo el recurso, pero el envoltorio es otro.
Hoy, México ha superado a Venezuela como principal proveedor de petróleo a Cuba. Bajo el gobierno de Claudia Sheinbaum, las exportaciones se multiplicaron por 16. En 13 meses se enviaron más barriles que en todos los sexenios de Calderón, Peña Nieto y López Obrador juntos. Un total de 17.04 millones de barriles, equivalentes a más de mil millones de dólares, fluyen hacia una dictadura que no produce nada pero siempre cobra.
¿Y a cambio de qué? Buena pregunta. Porque no hay transparencia, no hay licitaciones, no hay lógica comercial. Lo que hay es continuidad. Una continuidad ideológica que empezó con Fidel, pasó por Chávez, Obrador y hoy se materializa en un gobierno mexicano que prefiere financiar revoluciones ajenas antes que garantizar medicinas en su propio sistema de salud.
Esto ya lo advertimos antes. En mi columna “Deudas que cruzan el Atlántico”, documenté cómo la conexión entre el partido español Podemos (financiado por Chávez con dinero del bum petrolero) y Morena (apoyado económicamente en 2018 por Podemos) no era un invento conspirativo, sino una red real, con contratos, flujos de dinero y afinidades ideológicas.
Lo que vemos ahora es la fase caribeña de ese mismo plan.
La ironía es esta: mientras la izquierda latinoamericana sigue celebrando los fantasmas del chavismo, la derecha ya tomó nota. Trump ha entendido el juego y lo está replicando. Pero con una diferencia: él manda. Su “Doctrina Donroe” no busca ganar corazones, busca imponerse y buscar el beneficio para su país.
Hoy, buena parte del continente ya viró hacia la derecha: Argentina, Chile, Paraguay, Bolivia, Ecuador, Perú, El Salvador, Honduras, Panamá, Costa Rica, República Dominicana, Jamaica. La lista crece.
Venezuela está en disputa. Petro en la mira. Y Trump ya no disimula: va por todo.
Así que no, el chavismo no murió. Se mudó. Cambió de acento, de bandera, de embajador. Y ahora despacha desde Palacio Nacional. ¿Por cuánto tiempo? Eso lo dirá el precio del petróleo. O las urnas. O Trump.





