Francisco Villa, el afamado Centauro del Norte, a pesar de ser una figura popular, ha sido señalado por no contar con la carga ideológica de Emiliano Zapata, por sus crímenes y excesos documentados, o bien por el ataque a Columbus, que comprometió la soberanía nacional y propició la expedición punitiva del General Pershing. Pero lo que es innegable, tanto para apologistas y detractores, fue la visión al conformar la División del Norte. En esta formidable maquinaria de guerra, Villa contó con la invaluable asesoría en su organización, de Felipe Ángeles, militar de carrera y ex Director del Colegio Militar.
Este Ejército de Campaña, le permitió a Villa ser dueño del norte de México, romper con Carranza y derrotar al decimonónico Ejército Federal en acciones como las de Torreón y Paredón, así como asestar la estocada mortal a Victoriano Huerta en Zacatecas, considerada la batalla más cruenta jamás librada en suelo mexicano. El poderío de la División del Norte, puso en jaque al Primer Jefe Venustiano Carranza, quien debió instalar su gobierno en Veracruz y llevó a Francisco Villa a ocupar junto con las fuerzas zapatistas, la Ciudad de México en diciembre de 1914. Afortunadamente para la memoria histórica nacional, la Revolución Mexicana fue profusamente fotografiada y una de las imágenes más icónicas del conflicto, es aquella que muestra a un Villa sonriendo con picardía, sentado en la silla presidencial en Palacio Nacional, junto a un Emiliano Zapata de mirada impenetrable.
Para 1915, Villa se asumió como amo y señor de México. Tenía la moral alta, estaba confiado en la movilidad que le daban sus trenes para movilizar hombres y equipo, pero sobre todo en la fuerza legendaria de su caballería. En la mencionada Batalla de Paredón, librada el 17 de mayo de 1914, Villa lanzó una carga de seis mil jinetes sobre una posición de cinco mil federales. Los dragones villistas en tan solo quince minutos, cayeron sobre sus enemigos quienes no tuvieron tiempo de defenderse. Mil federales quedaron muertos en el sitio, dos mil fueron hechos prisioneros, se les arrebataron 10 piezas de artillería, más de tres mil fusiles y miles de cartuchos. La furia de la carga fue tal, que Felipe Ángeles prácticamente no tuvo tiempo de desenganchar sus trenes de artillería.
Pero volviendo a 1915, Villa tenía una piedra en el zapato, la estrella militar de Álvaro Obregón brillaba con fuerza. El joven sonorense, era no solo el brazo armado del Constitucionalismo, sino se consolidaba sin duda alguna, como la mejor espada de la Revolución. Obregón con la intención de vencer a Villa, ubicó a sus fuerzas en el Bajío, región estratégica que divide el norte del sur de México. Un Villa ensoberbecido, desoyó el consejo de Ángeles de no atacar a Obregón, lejos de sus líneas de suministros. El Centauro del Norte, estaba confiado en el poder de choque de su caballería, pretendía repetir otro Paredón, ahora en Guanajuato. Obregón por su parte organizó magistralmente su defensa. Empleó tácticas que fueron ampliamente utilizadas en los campos de batalla europeos durante la Gran Guerra.
Los soldados obregonistas, magníficos tiradores, no perdieron tiempo cavando una red de trincheras, sino que cada hombre escarbo su propia “lobera”, una trinchera individual. Los espacios entre las loberas fueron cubiertos con alambradas de púas y nidos de ametralladoras. Los soldados a su vez, recibieron la orden de hacer fuego primero sobre el caballo y después sobre el dragón. Nos es difícil imaginar el infierno al que entraron los jinetes villistas, al perder sus monturas, y estar rodeados de alambres de púas y el fuego certero de ametralladoras y fusilería.
Las Batallas de Celaya, se dieron el 5 y el 13 de abril de 1915. Durante la primera batalla, la victoria en un principio parecía estar del lado villista, incluso los obregonistas debieron ejecutar una retirada táctica. Pero para el 7 de abril, a pesar del embate de las cargas villistas, los obregonistas se impusieron y la División del Norte se replegó a Salamanca. El 13 de abril siguiente, Villa ya respuesto atacó de nuevo, pero terco, lo hizo de la misma manera. Los jinetes embistieron de manera brutal las líneas enemigas, los obregonistas emplearon de nuevo su artillería, los nidos de ametralladoras así como el fuego certero de los infantes desde las loberas. Para el día 15 de abril, a pesar de la fiereza del ataque villista, Obregón pasó a la ofensiva, al anochecer, Villa había perdido cuatro mil hombres, cinco mil estaban heridos y otros cinco mil fueron hechos prisioneros. Perdió su artillería, así como las municiones y millares de fusiles y caballos, era el fin de la legendaria División del Norte.
Villa como una fiera herida, volvió a Chihuahua donde se convirtió en un sanguinario guerrillero, hasta su rendición en 1920. Fue asesinado en 1923, cuando era un próspero hacendado. No en vano, el historiador José Iturriaga de la Fuente ha señalado certero: “Zapata murió pobre, Villa rico”.
Obregón, alcanzó los laureles de la victoria en el Bajío, pero el precio no fue menor, mientras apagaba los rescoldos del villismo en la Hacienda de Santa Ana del Conde, la mañana del 3 de junio de 1915, junto con su Estado Mayor, fueron alcanzados por una granada de artillería villista, perdiendo en el acto el brazo derecho. Se recuperó de la herida y se convirtió en el Caudillo triunfante de la Revolución Mexicana. Nunca fue vencido en una batalla, pero como Ícaro quiso volar muy alto y en 1928 cuando se había reelecto para un segundo periodo como Presidente de la República, fue asesinado por un fanático católico, en las intensas jornadas alrededor del conflicto religioso, que este verano cumple cien años de haber estallado.




