Columna de opinión
El grito que no llega al papel
Fernando Meraz Mejorado
Hay un tipo de violencia que no recorre calles ni se anuncia con sirenas: habita en el centro mismo de lo que debería ser refugio, se alimenta de la confianza y se viste de silencio. Es la herida más profunda y menos comprendida de nuestra sociedad: lo que ocurre tras las puertas cerradas del hogar. No tiene un nombre único en los libros, ni un registro que la abarque toda bajo una sola etiqueta: se desgaja en cifras dispersas, y la mayor parte de ella se hunde en lo que llaman la cifra negra, ese abismo donde caen los hechos que nadie se atreve a contar.
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Las carpetas de investigación hablan: el año pasado se abrieron 270 mil por violencia familiar, y hasta noviembre de 2025 ya sumaban más de 570 mil. Pero la verdad es más inmensa y más dolorosa: la Encuesta Nacional sobre la Percepción de Inseguridad (ENVIPE) nos dice que más del 90% de estos hechos nunca se denuncian. Es como si de cada diez heridas, solo una se atreviera a mostrarse: las otras nueve sangran en soledad, bajo el peso del miedo, la vergüenza o la falsa creencia de que “esto es cosa de familia”.
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Y detrás de cada número hay una imagen que parte el alma: el llanto ahogado de un niño que se esconde bajo la mesa mientras ve romperse a su madre; los ojos de los abuelos fijos en el suelo, petrificados, impotentes ante la furia que enloquece a quienes un día criaron con amor. El hogar, que debiera ser nido, se convierte en jaula; la sangre que debiera unir, se vuelve cadena.
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También hay secuestros que no cruzan fronteras: entre 1,300 y 1,600 se registran al año, pero la misma encuesta calcula que hay entre 80 mil y 90 mil víctimas anuales. Muchos no son llevados por extraños: son retenidos, aislados, despojados de su libertad por quienes comparten su apellido, su mesa o su historia.
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Y está la tortura: entre 3 mil y 4 mil denuncias al año, pero miles más que nunca reciben ese nombre, y cerca de mil doscientos homicidios donde la crueldad fue parte del final. El dolor no siempre deja huella que la ley sepa leer.
Hay una diferencia inmensa entre lo que saben las oficinas y lo que vive el país: el SESNSP y las fiscalías cuentan solo lo que alguien se atrevió a decir; la Encuesta Nacional Sobre Percepción de Inseguridad (ENVIPE) intenta medir lo que realmente ocurrió. Por eso es su voz tan necesaria: porque nos muestra que la violencia dentro de casa no es un secreto a voces, sino una realidad masiva que hemos aprendido a ignorar. Que cada cifra es un grito que espera ser escuchado, una puerta cerrada detrás de la cual alguien sigue esperando que alguien más diga: “esto no es normal, esto no se queda así”.
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