José Luis Parra
En Palacio Nacional, con o sin AMLO, el manual del político mexicano no cambia: si ves nubarrones, actúa como si brillara el sol. Sonríe, da entrevistas, presume reformas, arrulla electores, y si el río suena… tú sigue en campaña. El trueno es solo escenografía.
Así se comporta hoy el oficialismo. Claudia Sheinbaum y su cohorte de estrategas de power point siguen en modo electoral mientras al norte retumba Donald Trump con su vieja canción de guerra: narcotráfico, migrantes y comercio. ¿Y si de pronto pide cabezas mexicanas en la mesa? Que nadie se espante: ya lo está haciendo. Solo que aquí seguimos en las grillas locales, aprobando reformas que no reforman nada y evitando las que de verdad incomodan.
El ejemplo más reciente: la nueva Reforma Electoral. Trae de todo —revocación de mandato, eliminación del fuero— pero le saca la vuelta a la madre de todas las batallas: eliminar las diputaciones plurinominales. Porque ahí es donde los partidos guardan a sus cachorros y compromisos. Así que sí: los mismos de siempre, ahora sin fuero, pero con fuero de facto. La impunidad sigue blindada… y no por la Constitución, sino por los acuerdos.
Y si alguien duda del clima enrarecido, que pregunte por los movimientos de la CIA en América Latina. Ya concluyeron su ciclo en Venezuela e Irán. Ahora México se asoma en el retrovisor como prioridad geopolítica. ¿Por qué? Porque hay señales de que aquí la calma es solo de pantano. Se huele la podredumbre, la violencia, la tensión. Y lo peor: la indiferencia. Cuba va en el paquete, con ciertas diferencias.
Si ya está planchada la reforma para controlar al INE, no es descabellado suponer que en 2027 no se necesite ni elección. Bastará un acta notariada.
La tentación de controlar al árbitro es vieja. Pero ahora parece tener vía libre. ¿Para qué hacer fraude si puedes definir reglas, tiempos, votos y hasta quién impugna y quién no? Con un INE de casa, ya ni siquiera hace falta el Tribunal. Los partidos son dueños de sus procesos. Y, eventualmente, de sus resultados.
En este país, cuando la tormenta se asoma, se vende como neblina. Hoy todos saben que hay riesgo real de estallido social. Y no es exageración ni estrategia de miedo: el crimen organizado ya no opera en las sombras. Opera a la vista y con poder de veto.
¿Entregarán las armas? Jamás. ¿Se replegarán? Tampoco. ¿Qué hará entonces el nuevo gobierno? ¿Convocar a la unidad? ¿Proponer un pacto nacional?
Difícilmente.
El obradorismo dejó sembrada una polarización tan profunda que hoy hasta un llamado a la concordia sería sospechoso. A la presidenta le tocará administrar un país partido y vigilado desde el extranjero. Porque sí, los gringos están viendo… y escuchando.
Donald Trump no está en campaña. Está en guerra.
Y México es parte del botín. Trump tiene un discurso sencillo: “México es un narcoestado, y vamos a intervenir”. ¿Suena exagerado? Es Trump. No necesita pruebas, solo narrativa. Y ya tiene una: cooperación fallida, gobierno complaciente, frontera vulnerable.
No pedirá favores. Pedirá nombres.
En medio de esta tormenta política y de seguridad, hay un camino que pocos mencionan: renunciar. Sí, renunciar. Que los opositores abandonen sus curules, que dejen vacíos los escaños. Que el costo de la crisis recaiga en quien tiene el poder.
¿Lo harán? No.
Porque aquí todos quieren seguir jugando, aunque el tablero esté incendiado. La prioridad no es el país, sino sus cuotas. Nadie suelta nada, ni aunque la historia pase factura.





