José Luis Parra
Otra vez viene la “gran reforma electoral”.
Otra vez la misma coreografía.
Otra vez los mismos actores —más viejos, más ricos, más cínicos— simulando que cambian todo para que no cambie nada.
¿El objetivo? Según ellos, “fortalecer la democracia”.
¿El resultado? Más poder para los partidos. Más blindaje para los políticos. Más simulación para un sistema que solo respira cuando hay dinero público de por medio.
Y la ciudadanía… bien gracias.
La gente, harta y apática, observa desde su rincón el nuevo teatro legislativo donde se cocinará una receta indigerible para todos, menos para los que comen en la mesa del poder.
Se dice que la nueva reforma reducirá las prerrogativas a los partidos. Pero no se elimina el dinero público. Dios nos libre. La vaca no se toca, aunque huela a podredumbre. Lo ideal —aunque nadie se atreve a mencionarlo en serio dentro del Congreso— sería cortar de tajo el financiamiento público a esos cascarones de corrupción llamados partidos. Que se mantengan como cualquier negocio: con lo que vendan.
También se habla de imponer el voto obligatorio.
¿En serio?
En un país donde un voto comprado pesa igual que uno razonado, ¿de qué sirve obligar? ¿No sería mejor dignificar el voto antes que imponerlo? Si todo vale lo mismo, lo que vale es nada.
No hay reforma que funcione si no se parte del principio básico de que el sistema político está podrido. Y que reformarlo con los mismos que se benefician de él es como dejarle al coyote el diseño del nuevo gallinero.
La solución real —aunque inalcanzable— es simple: penas severas a políticos corruptos.
Pero eso no pasará.
Ni con esta reforma, ni con la próxima.
Porque este régimen —primera y segunda parte, como telenovela reciclada— nunca ha castigado a uno solo de los suyos.
La justicia, como la democracia, es una promesa electoral. Y una vez que se gana, se olvida.
Por eso no hay nada que celebrar.
Salvo que la ciudadanía despierte. Que mande al carajo su histórica flojera cívica. Que se levante, cuestione y castigue en las urnas.
Pero eso también parece imposible.
A estas alturas, la esperanza se mide en abstencionismo y la indignación en memes.
La reforma electoral —como el resto de las reformas impulsadas por este gobierno— no está pensada para transformar el país, sino para mantener el control político. Y eso incluye reconfigurar al INE, ajustar presupuestos, modificar reglamentos, rediseñar estructuras y, sobre todo, asegurarse de que el juego siga siendo de ellos.
¿Y si les sale mal el tiro? ¿Y si la gente reacciona? ¿Y si en lugar de una reforma anestésica tenemos una sacudida social?
Tranquilos: no va a pasar.
Por algo dijo Groucho Marx que “la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”.
A eso vamos.
A otra ronda de falsos remedios.
Y el enfermo, México, seguirá en terapia intensiva.





