Magno Garcimarrero
Dentro de cada caracola
nos espera
un mar particular.
El niño va dejandolas huellas d
e sus pies sobre la arena,
pequeñas y locas
como si quisiera
hollar el último rincón del infinito.
Espirales ondeantes en torno y en retorno
miles de huellas,
cinco dedos y un talón
izquierdo, derecho.
El niño se detiene
se hunde en las arenas blancas y húmedas
vuelve a andar
pierde el equilibrio y deja en la arena la impronta de sus manos.
Allá corre
y las pequeñas marcas se hacen más espaciadas
aquí se posa y deja un hueco diminuto lleno de agua.
A veces el oleaje
borra el bajorrelieve de sus pies,
redondea los contornos,
rellena con tiempo de relojes de arena las señales.
Mas allá
al rededor de un caracol marino
se delata la traza de una danza.
El hallazgo es fortuito
pero una vez en sus manos
pone todos sus sentidos
a fin de penetrar ese misterio.
Acaricia la forma,
aprende sus colores,
distingue las texturas;
son los labios grisáceos
de donde parte
la espiral de la infinitud
lo que invita al pequeño al interior.
Introduce los dedos con cautela,
su mano no pasa más allá,
vuelve a jugar
con la curiosidad atávica,
se lo acerca al oído y oye el mar,
no un mar embravecido incontrolable,
sino un mar tranquilo miniatura,
portátil:
un mar que va con él a donde él vaya
un mar de juguete para llevar a casa,
una marina de calendario
enrollada y vuelta caracol.
Vuelve a escuchar curioso,
se asoma al interior
ve la lisura rosa
de la madrépora vuelta hacia sí misma.
El niño ha descubierto un mar a su medida,
un océano interior al que guarece
una concha rosada helicoidal.
Quiere penetrarla,
llegar al fondo sosegado de aquella caracola
volver al agua primigenia que lo llama:
presiente que no hay placer mayor.
M. G.




