José Luis Parra
Alfonso Durazo no se resigna. Ni al calor de Sonora ni al frío de Palacio. Desde hace semanas empezó a tantear el terreno para su mudanza a Bucareli, como si bastara con declararse listo para ocupar la silla. Su oferta: ser el pacificador del oficialismo, el operador con credenciales colosistas que pueda hablar con los rebeldes Verde y PT sin tener que sacar el látigo.
Durazo se vende como “facilitador” —vaya término— frente a una Sheinbaum que quiere la reforma electoral con todo y tijeras. No es poca cosa: reducción de pluris, quita de prerrogativas y freno al nepotismo. El corazón ideológico de un plan que, si no se entrega completo, podría parecer tan solo un capricho de austeridad con aroma autoritario.
Pero la doctora Claudia tiene enemigos en casa. El Verde y el PT no están de humor para acatar, y desde Palacio ya se afila el colmillo: amenaza de investigaciones financieras, dardos de la UIF, presión por donde más duele. Por eso Manuel Velasco anda histérico, rogando vetos como si no supiera que los favores en política se cobran al triple.
En ese contexto, aparece el gobernador sonorense con su sonrisa y su estilo tan Montessori: propone una mesa de negociación mientras le sirven café con veneno a los aliados díscolos. No es que Durazo tenga amor por la conciliación, lo que quiere es un pretexto para seguir en la mesa grande.
Porque seamos francos: a Durazo lo empujan hacia adentro de Morena, lo quieren como músculo, pero él, más bien, quiere ser cerebro. Y prefiere el mármol de Gobernación a la burocracia partidista, donde manda Andy López Beltrán, con sus números inflados de militantes y sus fracasos generacionales.
La decepción de Sheinbaum con su equipo es profunda. Luisa María Alcalde no convence. Andy no construye. El partido se achica en la discusión pública, mientras los jóvenes votan con pereza o se van a fumar otra cosa. Ante ese vacío, aparece el “activo Durazo”. Suena como último recurso, sí, pero recurso al fin.
Y como todo en este país, el chisme político viene con recado diplomático. Cuando el gobernador escuchó que Esteban Moctezuma hizo papel de florero en una reunión sobre Venezuela, no perdió tiempo. Comenzó a deslizar —en off, pero con altavoz— que Rosa Icela Rodríguez sería ideal para la embajada en Washington. Curioso: así despeja Bucareli y se abre paso, no por méritos, sino por eliminación.
¿Ingenuidad? Para nada. Durazo aprendió que en esta 4T la lealtad se premia solo si hay conveniencia. Lo demás es utilería.
Lo único cierto es que hay un fuego cruzado en Palacio: entre los que quieren aplastar a los aliados y los que temen quedarse solos. Y en medio de esa tensión, Durazo ofrece una tregua… y un espejo.
Lo mira y se gusta como secretario de Gobernación.





