Por David Martín del Campo
Lo despertaron las explosiones. Apenas iba hilando el sueño cuando estuvieron allá, no lejos, los efectos del bombardeo. Algunos disparos acercándose, ¿dónde dejé las botas?, y los gritos en inglés de la infantería cercándolo. ¿Qué hacer? No había modo de esconderse, ¿huir adónde?, y los gritos y las detonaciones aproximándose. Así, a medio sueño, fue apresado el presidente de la República, don Antonio López de Santana, en la batalla de San Jacinto, combatiendo al ejército norteamericano que había invadido el suelo tejano.
Era el año de 1837, y el general y presidente, ya preso, fue llevado en carruaje con rejas hasta la ciudad de Washington, donde se le mantuvo cautivo durante siete meses a fin de “negociar” la sustracción de la República de Texas, que diez años después sería anexionada al territorio de los Estados Unidos.
No muy distinta fue la extracción, por así llamarla, de Nicolás Maduro en la madrugada del sábado pasado. Ahora no fueron empleados las cureñas de artillería ligera, sino una veintena de helicópteros donde arribó el centenar de comandos encargado de llevarse, vivo o muerto, al jefe de estado venezolano. Se trató de un operativo quirúrgico, sin necesidad del desembarco de tropas en la costa del Caribe, para apresar al mandatario de facto (nunca se publicaron los resultados de las elecciones del 28 de julio pasado), acusado de narco-terrorismo internacional.
El sofisticado operativo hizo recordar el caso del general Manuel Antonio Noriega, en diciembre 1989, cuando el ejército del presidente George H. W. Bush asestó el golpe relámpago que derribó al mandatario panameño (se entregó, coincidentemente, el 3 de enero de 1990), acusado igualmente de narco-terrorismo. Permaneció en prisión hasta su muerte en 2017.
Ese recurso de las “extracciones relámpago” pareciera ser una exitosa estrategia militar que está implementando el ejército estadunidense. Recuérdese el “traslado” del capo Ismael Mayo Zambada, el 24 de julio de 2024, cuando según algunas fuentes fue capturado y llevado –de Culiacán a El Paso, Texas–, en un operativo que no llevó más de cinco horas.
Como respuesta al secuestro del dictador Maduro Moros, las comunidades de venezolanos exiliados en el exterior, y que suman cerca de 9 millones de “expulsados” por la dictadura, no tardaron en celebrar el derrocamiento express del mandatario espurio… en Madrid, en Lima, en Miami, y en Tijuana incluso, dando gritos de “¡libertad, libertad!”, como si Mr. Trump les hubiera cumplido el sueño imposible.
Los idus de diciembre (y de noviembre) ya lo venían presagiando. Los ataques con drones a las embarcaciones repletas de cocaína que a todo motor surcaban las aguas del Caribe, procedentes de la costa venezolana, fueron el anuncio de lo que habría de ocurrir la madrugada del 3 de enero. Como en Los idus de marzo, de Thorton Wilder, novela que narra la muerte de Julio César en las escalinatas del senado romano, así ahora el césar tropicalizado se vuelve para preguntar: “Tú también, Delcy”, pues la presidenta Rodríguez, sustituta, ha reaccionado impávida, con la palidez de las circunstancias.
La escena ideal habría sido a un audaz Nicolás Maduro empuñando el fusil Kalashinikov, la Colt automática, enfrentando con su vida a los comandos “seals” asaltando la alcoba presidencial. Su cadáver arrastrado, cubierto con la bandera bolivariana ensangrentada, listo para inscribirse en los mausoleos del caso… pero no ocurrió así. El presidente de facto simplemente se entregó, aseguran, luego que sus escoltas cubanos (ellos sí) enfrentasen a los “marines”.
Algunos analistas aseguran que la cuestión de fondo es el petróleo. Nacionalizadas las compañías petroleras por el gobierno de Hugo Chávez, ahora la empresa PDVSA sobrevive en la insuficiencia. No es ningún secreto que China financió al corrompido gobierno madurista a cambio del suministro de crudo (Venezuela posee los mayores yacimientos del mundo), y ahora las cosas quedan en el aire.
Lo de moda será condenar a todo grito la intervención militar que “secuestró” al mandatario venezolano. Rasgarse las vestiduras, llamar a foros internacionales, comités de solidaridad con las soberanías del tercer mundo… y así. No por ello será liberado el (ex) presidente Maduro, que desde ya enfrentará a los tribunales de la justicia norteamericana. Veinte, cuarenta años podría ser la sentencia, y el buen Nicolás guardándose en el polvo de la historia.
Quizás allí, frente a los barrotes de su estrecha ventana en Rikers Island, el natural de villa Chagaruamos pedirá que le pasen capítulos de las series Kojak y Columbo, a las que eran tan aficionado en su adolescencia. Entonces asomará el pajarito, que se le presentó en abril de 2013, y que según él era el espíritu mismo del comandante Chávez. Tuiit, tuiiit, tuiiit… le chiflará, y sólo él sabrá qué le dice.




