Magno Garcimarrero
La llamada telefónica de nuestros amigos los Smitson era de Cancún, no de Nueva York donde residen; él en su español champurrado y yo con mi inglés de película californiana, logramos entendernos.
Nos invitaban con todos los gastos pagados a pasar tres inolvidables días al “Nude Corner Hotel” de Cancún; pero como yo tenía instrucciones de quedarme de guardia en las vacaciones decembrinas, tuve que hacerme el agónico para obtener una incapacidad apócrifa que le hice llegar al director de la dependencia oficial donde trabajaba.
Ya en el avión, volando a diez mil kilómetros por hora y a cinco mil pies de altura, me di cuenta que el nombre del hotel era traducible al castellano por Rincón de los Encuerados.
– ¡Madre Santa! – le dije a mi mujer, ¡Se me hace que vamos a un campo nudista!
– ¿Y ahora qué hacemos? Preguntó ella.
La alternativa no era ni para pensarse. Entre tirarnos del avión en paracaídas o pasar cinco días en cueros, esto último resultaba menos peligroso.
Llegamos al aeropuerto donde ya nos esperaba un helicóptero, único medio de acceso al Nude Corner. En el helipuerto del hotel, un señor vestido con dos pequeñas banderas de cuadritos negros y blancos le hizo indicaciones al piloto. El aparato descendió sobre un dibujo de tiro al blanco y posándose, el piloto anunció: “fueraaa trapooos”.
En ese lugar, pisar tierra debe hacerse descalzo…hasta la nuca. Se permiten gafas, un pequeño sombrero si el sol es muy fuerte y alguna cadena de oro en cuello, cintura, muñeca o tobillo, para el caso de que el nudismo total diera algún problema de inhibición al cliente.
Se notaba que los pasajeros que iban en el mismo autogiro no eran primerizos, porque antes de tocar tierra festejaban entusiasmadamente la llegada lanzando al aire camisetas, calcetines, blusas, pantalones; de tal modo que al abrirse la puerta hicieron un descenso triunfal en plena desnudez.
Nosotros, por supuesto, nos enfrascamos consternados en una discusión respecto al punto preciso en que termina el nudismo y principia la impudicia, y dónde acaba ésta y comienza la pornografía. El final del alegato fue el entendimiento de que cada quien debe decidir su propia vergüenza y actuar en consecuencia, así que por mi parte… o cabría decir, por mis partes, salté del aparato con la natural indumentaria de una mano adelante y otra atrás, y ya abajo esperé que mi pareja decidiera su propia vergüenza.
Nuestros amigos los Smithson habían ido a recibirnos como lo indicaba la etiqueta del lugar: desnudos; así que al verlos desde lejos calculé de inmediato que no debía abrazarlos; quizá darles la mano, tal vez un saludo frío y a distancia era lo más recomendable.
Ellos corrieron hacia mí. Jamás antes los había visto desnudos, así que hundido en la confusión yo también corrí compulsivamente, pero no a su encuentro sino en sentido de huida desesperada, para esconderme tras el helicóptero; pero en ese momento el
aparato levantó el vuelo para ir por otro viaje de encuerados.
A dos metros de altura se detuvo por unos instantes y un pie lanzó a mi querida esposa por la puerta; ella dio una marometa en el aire y cayó parada. Vestía unas bonitas bermudas y una camiseta que en cualquier lugar hubieran parecido impúdicas, pero en el Nude Corner Hotel resultaban ser tan púdicos y encubridores como los hábitos de la madre Teresa de Calcuta.
Inmediatamente intervino el cuerpo de vigilancia, o, mejor dicho, los cuerpos, porque eran dos señores y dos señoras correctamente desvestidos que, con palabras muy decentes trataron de convencer a mi adorada consorte de que estaba infringiendo las normas de admisión y que, de no abandonar esas ridículas prendas, la invitarían a abordar el helicóptero de regreso.
En un campo nudista luego se echan de ver los novatos como nosotros, porque a diferencia de los veteranos, somos bicolores; esto es, algo morenos en la parte que habitualmente se exponen a la intemperie y pálidos lechosos en donde el traje de baño cubre la piel; de tal suerte que, con sólo vernos los dos tonos, todo mundo nos daba la bienvenida y nos preguntaba de qué agujero habíamos salido. Por supuesto que al tercer día ya estábamos bastante parejos de pigmentación y al último rechazábamos la pura idea de
entrar en la opresión de zapatos, calzoncillos y camisetas.
Todo iba muy bien. Nuestro regreso estaba programado para el atardecer de ese día, cuando en la remesa de la mañana, entre un grupo de caballeros veo llegar nada menos que a mi jefe.
– ¡Mi madre! Grité involuntariamente sobrecogido por la sorpresa,
recordando la falsa incapacidad médica.
-Si son puros hombres, viejo- me dijo mi compañera- no creo que ahí venga tu madre.
-Por favor mujer, hice una exclamación, no un anuncio.
– ¡Ah bueno! Por un momento creí que mi suegra nos sorprendería en estas condiciones.
-Peor aún, vieja, ahí viene mi jefe. ¿Qué hago?
-Ni te agaches, al fin que ya solo faltan seis horas para irnos y, además, lo más seguro es que, aunque te reconozca se hará el disimulado, pues si te fijas, en ese otro grupo que viene detrás, identificarás a su secretaria particular… otra posibilidad es que le digas que a quien vió fue a tu gemelo Benjas y no tú.
Seguí su sabio consejo; el hombre me miró y se pasó de largo como si nunca me hubiera visto; yo seguí a los dos grupos con la mirada; por la espalda todos eran parecidos, así que arreglé mi mente para convencerme que, efectivamente, me confundí yo.




