José Luis Parra
El caudillo reapareció a su estilo: lanzando sabanazos, término utilizado en el boxeo para definir esos golpes largos, abiertos y poco ortodoxos que abundan en las peleas callejeras.
Así es Andrés Manuel López Obrador.
Pero cuidado.
El tabasqueño podrá lanzar sabanazos, pero de improvisado no tiene un pelo. Es un astuto animal político.
Por eso llama la atención la fecha escogida para reaparecer.
No fue cualquier día.
López Obrador volvió a los reflectores prácticamente cuando Claudia Sheinbaum cumple dos años en la Presidencia y México entra en una etapa constitucional distinta: ante una eventual falta absoluta del titular del Ejecutivo, ya no habría elección extraordinaria. Correspondería al Congreso designar a quien concluya el sexenio. La renuncia, por cierto, tampoco es un trámite sencillo: sólo procede por causa grave y debe ser calificada por el Congreso.
Pequeño detalle.
En política los pequeños detalles suelen ser los más grandes.
AMLO reaparece además cuando su sucesora gobierna entre dos fuegos.
Palenque y Washington.
De un lado está el movimiento que heredó, con sus grupos, tribus, aspirantes, gobernadores, senadores y las infaltables corcholatas que se empujan debajo de la mesa rumbo al 2027.
Del otro está Donald Trump.
Y ese señor no acostumbra mandar tarjetas de Navidad.
Trump acaba de endurecer nuevamente el discurso contra los cárteles y Estados Unidos llegará el 3 de noviembre a elecciones intermedias, con la totalidad de la Cámara de Representantes y una tercera parte del Senado en disputa.
Necesita resultados para presumir.
México puede ayudar a producir algunos.
Por las buenas.
O bajo presión.
Y en medio de ese tablero aparece otra vez López Obrador.
¿Casualidad?
Puede ser.
También puede ser que al expresidente no le hayan gustado algunas cosas que están ocurriendo dentro de Morena.
O las definiciones rumbo al proceso electoral de 2027.
O la forma como el Gobierno mexicano está enfrentando las crecientes exigencias estadounidenses en materia de seguridad y narcotráfico.
O todas juntas.
Son hipótesis.
Pero en política las coincidencias merecen, cuando menos, una segunda mirada.
Oficialmente López Obrador salió de su retiro para presentar su nuevo libro, Pueblo. Desde Palenque dijo estar jubilado de la política y negó aquello que sus adversarios repiten desde hace dos años:
“No soy jefe máximo ni poder tras el trono”.
Curiosa necesidad de aclararlo.
Porque cuando nadie sospecha que uno manda, normalmente no es necesario explicar que uno no manda.
AMLO además llenó de elogios a Claudia Sheinbaum. La llamó extraordinaria y hasta “la mejor presidenta del mundo”.
Demasiado cariño.
Aunque los afectos políticos tienen la extraña costumbre de aparecer cuando existen rumores de distanciamiento.
La reaparición también sirvió para algo más.
Para recordar que sigue ahí.
Vivo políticamente.
Con voz.
Con seguidores.
Con un movimiento que construyó alrededor de su figura durante décadas.
Y, sobre todo, con apellido.
Porque detrás del expresidente ya no solamente existe la historia de López Obrador.
También está su familia.
En particular sus hijos, convertidos desde hace tiempo en actores de la conversación política nacional.
Por eso resulta inevitable otra pregunta:
¿El mensaje desde Palenque estaba dirigido solamente a los mexicanos?
Quién sabe.
Washington también escucha.
Y escucha bastante.
Más todavía cuando desde Estados Unidos se ha elevado el tono contra los cárteles mexicanos y se insiste en una política regional mucho más agresiva contra el narcotráfico.
El asunto no es menor.
Es mucho lo que está en juego.
Para Sheinbaum.
Para Morena.
Para López Obrador.
Y para México.
La presidenta tiene que administrar una relación cada vez más complicada con Estados Unidos sin aparecer subordinada ante Trump.
También debe gobernar un movimiento donde el fundador sigue teniendo capacidad para alterar la conversación nacional con sólo encender una cámara desde Palenque.
Bonita herencia.
AMLO dice que no es cacique.
Ni caudillo.
Ni jefe máximo.
Ni poder detrás del trono.
Quizá.
Pero ayer bastó que reapareciera para que durante horas todos hablaran de él.
Otra vez.
Y ahí está precisamente la paradoja.
Para demostrar que ya no manda, regresó a recordar cuánto pesa.