José Luis Parra
Aplausos. Lágrimas. Globos blancos. Cámaras. Drones sobrevolando El Helicoide como si liberaran palomas y no personas destrozadas. Así comenzó Delcy Rodríguez su interinato en la presidencia de Venezuela: con un show de excarcelaciones que más parece montaje electoral que justicia poética.
La nueva presidenta —puesta a dedo por la fuerza, disfrazada de transición— ofreció al mundo un gesto de paz. ¿Qué gesto? Soltar a siete presos políticos de un universo de 806, según el Foro Penal. Lo más parecido a dar una aspirina a un paciente en coma. El número, por cierto, incluye a 86 extranjeros. Algunos ni sabían que habían sido encarcelados en nombre de la revolución bolivariana.
Entre los liberados hay opositores con nombre y apellido, como Enrique Márquez y Biagio Pilieri, colaboradores cercanos a María Corina Machado. También la activista Rocío San Miguel, cuya libertad no se explica sin el guiño de Madrid. Y es que la dama ha sido una voz incómoda incluso para gobiernos de este lado del continente, como el de AMLO, a quien incomodó con sus críticas a la militarización.
Pero no se equivoque. Esta “liberación masiva” fue vendida como gesto unilateral. Un acto de buena fe del nuevo régimen. Claro, si ignoramos que fue precedida por bombazos cortesía de Donald Trump, quien capturó al mismísimo Nicolás Maduro como parte de su reelección armada. Literal.
Trump al rescate (otra vez)
El presidente de Estados Unidos celebró la liberación como si él hubiera firmado los indultos. Dijo que es un gesto inteligente. Y lo es, si uno considera que fue él quien canceló una segunda ola de ataques militares. En buen español: “Sigan soltando gente, o seguimos soltando misiles”.
Trump, convertido en pacificador petrolero, ya se relame los labios pensando en reconstruir la infraestructura energética de Venezuela. Nada nuevo. El imperio siempre termina reconstruyendo lo que bombardea. Pero en esta ocasión se tomó la molestia de agradecer a Delcy, a Jorge, a Zapatero, Lula y hasta a Qatar. Multilateralismo con pólvora.
La paz, según Trump, se negocia con bombas en la mano y ejecutivos petroleros en la sala de espera. Un equilibrio digno del realismo mágico chavista. O de cualquier película de acción de los ochenta.
El Helicoide y su teatro del horror
Afuera del centro de detención conocido como El Helicoide, familiares esperaban. Algunos con esperanza, otros con escepticismo. Los que salieron, salieron sin garantías. Los que siguen adentro, viven con la certeza del olvido.
El Helicoide —una espiral de concreto que parece parque temático del terror— alberga desde manifestantes hasta periodistas. Casi todos sin sentencia, casi todos sin juicio. Y de ahí, en plena noche caraqueña, fueron saliendo algunos. Apenas unos cuantos. Lo suficiente para que la prensa internacional hablara de “gesto histórico”.
Y aunque no lo parezca, esto es parte de una estrategia más grande. Una que combina excarcelaciones selectivas, agradecimientos diplomáticos y aplausos cuidadosamente medidos. No están pacificando. Están negociando oxígeno. Sobre todo ahora que Maduro ya no puede ejercer ni como mártir.
Rocío, la voz que incomodó a AMLO
La liberación de Rocío San Miguel no fue casual. Presa durante casi dos años, se convirtió en emblema de la represión chavista. Pero también en dolor de cabeza para gobiernos que la preferían callada. En México, por ejemplo, denunció con datos la creciente militarización promovida por López Obrador. Su voz, más que peligrosa, era vergonzosa. Por eso su salida también tiene sabor a vendetta internacional: liberar a quien incomoda al vecino.
Su defensa —y su cautiverio— deberían alertar a quienes aquí siguen creyendo que los militares pueden hacer de policías, ingenieros, jueces y hasta políticos. San Miguel es una advertencia viviente.
Paz con metralla
Estados Unidos ya dejó claro que la fiesta no ha terminado. Aunque suspendió la segunda fase de ataques contra Venezuela, Trump ya puso en la mira a los carteles. Dijo que van tras instalaciones de fabricación de drogas en varios países. Nombró a Colombia y México. Aquí deberían estar temblando. Pero no. Aquí están en campaña.
La paz que pregonan en Caracas es, en realidad, una tregua temporal. Un intercambio entre petróleo, rehenes políticos y aplausos diplomáticos. Pero todo puede volver a estallar con un tuit.
Por eso, en la geopolítica del espectáculo, excarcelar no es sinónimo de justicia. Es apenas un acto de propaganda. Un capítulo en la novela donde el villano se disfraza de víctima, el verdugo se convierte en negociador y el invasor se vende como pacifista.
La historia juzgará. O quizá no.





